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El economista estadunidense John Kennet Galbraith escribió alguna vez que “la gente privilegiada siempre prefiere arriesgarse a su completa destrucción antes que renunciar a cualquier beneficio material proveniente de su ventajosa posición. La miopía intelectual, a menudo llamada estupidez, es sin duda una de las razones. Los privilegiados consideran que sus privilegios, por muy atroces que puedan parecer a otros, son un derecho solemne, básico, otorgado por dios. La sensibilidad del pobre a la injusticia es una cosa trivial comparada con la del rico. Así fue el antiguo régimen. Cuando la reforma desde arriba se volvió imposible, la revolución desde abajo se hizo inevitable” (La época de la incertidumbre, Ed. Diana, México, 1979).

La discusión presupuestal entre los actores directamente involucrados –Felipe Calderón, los legisladores priistas, panistas, “verdes” y de Nueva Alianza, así como los grandes hombres de presa– fue esquizofrénica. Fue como la travesía de un barco cargado de necios que parece navegar por aguas impulsadas por el viento y que corre a estrellarse contra su destino, precisamente porque los necios de la tripulación no lo creen así. Al final del proceso parlamentario se impuso la conjura de los necios contra los intereses de la mayoría y de la nación. Rápidamente abandonaron su fingida mesura, su pudor “republicano”. Se olvidaron de la “patria” y el “interés nacional” y como atropelladas hordas, encabezadas por las catervas priistas, se abalanzaron con obscena y devastadora voracidad sobre el dinero público, en cabal sintonía con la “miope estupidez” a la que se refiere Galbraith.

Quizá no exista algo más grotesco e injurioso para una sociedad que un histriónico “político moderno”, el cual se clasifica a sí mismo a la par o muy por encima del hombre rico, que se presenta como un benefactor público, que habla con almidonado éxtasis de su preocupación principal, supuestamente el servir al pueblo de una sociedad libre, y se comporta como el depredador más despiadado. Algunos dicen, con argumentos escasamente convincentes, que las costumbres del capitalismo han mejorado en el tiempo. Lo que sí es claro: que eso no sucede con la moral de los políticos y los empresarios. Por el contrario, ésta ha empeorado y su quiebra se manifiesta con toda su crudeza en épocas de crisis económica y política y de descomposición social como ocurre en México.

El capitalismo mafioso, de amigos, mostró una insolente e ilimitada audacia. Nada se obtuvo del proceso legislativo y que se esperaba de quienes se dicen “representantes” del pueblo: 1) que arrojaran a la basura la fracasada la ortodoxia fiscal (el autismo estatal, el equilibrio fiscal, logrado por medio de mayores impuestos al consumo, las privatizaciones y el recorte del gasto público social y productivo, corresponsables del estancamiento económico, la crisis, el desempleo, la miseria y la pobreza), a favor de la instrumentación de una ambiciosa política fiscal anticíclica (reducción del parasitario gasto público corriente destinado a los partidos y la administración federal y estatal, imposición de enérgicas sanciones a los corruptos y depredadores, fuerte expansión del social y de inversión para fomentar el empleo y acelerar la reactivación; el fomento del consumo e inversión privados con el alza salarial, mayores subsidios, drástica reducción del costo del crédito y apoyos a sectores estratégicos; baja de los gravámenes a los sectores medios y de bajos ingresos y aumentos a los de altas percepciones, imposición a las operaciones financieras, eliminación de la consolidación fiscal, menores exenciones, revisión de los regímenes especiales, y el uso del gasto estatal deficitario en el corto plazo y en el nivel necesario para estimular el crecimiento); 2) la recuperación de la activa rectoría estatal en el corto y largo plazos, el replanteamiento de la relación Estado, mercados regulados y sociedad; 3) el saneamiento y fortalecimiento del Estado a través de una reforma fiscal progresiva, basada en los impuestos directos e indirectos, la despetrolización y el creciente gasto, y la sustitución del neoliberalismo por un proyecto de desarrollo socialmente incluyente y democrático.

A Calderón, los priistas, panistas y grandes empresarios, los nuevos Santa Anna –poco les faltó gravar a perros, gatos, puertas, ventanas– sólo les interesaba sacrificar a la población con más y mayores impuestos para subsanar la caída de la recaudación, sin sanear a fondo la estructura de ingresos y gastos, ni eliminar los privilegios ni la inequidad fiscal. Con desvergonzado desplante autoritario y clasista, nada les importó que esa medida reducirá su consumo y su calidad de vida, que aumentará la pobreza y la miseria, que se retrasará la reactivación y se mantendrá el alto desempleo, que acrecentará el descontento y rencor en contra de ellos. Al cabo, dios ama a los pobres y por eso hizo tantos: para que sean brutalmente explotados, “flexibilizados” y precarizados, según las leyes económicas capitalistas, saqueados con los impuestos y futuros desechos humanos (del 70 por ciento al 80 por ciento de los trabajadores carecerán de pensiones). Son 13.2 millones de desocupados abiertos (2.9 millones), desocupados disponibles que abandonaron la búsqueda de empleo (5.4 millones) y subocupados (4.8 millones), más 12.4 millones de “informales”. Son 70 millones de pobres y miserables. También ama, en particular, a las elites pecadoras porque goza muchísimo redimiéndolas. El arrepentimiento y la redención hacen maravillas en el ánimo de dios y sus pícaros.

Su miseria ética y orfandad intelectual, liderada por el de Los Pinos –quien, sin desdoro, recién confesó en público que no lee ni en defensa propia, salvo los resúmenes “ejecutivos” y los discursos e informes de sus escribanos–, les hizo pasar por alto que, por ejemplo, la Revolución Francesa, la toma de la Bastilla, en 1789, el símbolo del absolutismo y los privilegios de la nobleza, el derrumbe del antiguo régimen al que se refiere Galbraith, fueron desencadenados, entre otros factores, por el despilfarro de la corte real que llevó a la crisis financiera de la monarquía y la exacerbación de los impuestos a una sociedad afectada por un desigual sistema tributario y agobiada por la pobreza. El turno de los ofendidos llegó como un vendaval revolucionario. Simbólicamente, la fría y “trivial sensibilidad del pobre” cayó como relámpago sobre los aristocráticos cuellos de Luis XVI y otros notables, en la plaza de la Concordia de París.

Pero eso no fue lo peor. El reducido gasto total y el programable (será menor en 0.3 por ciento respecto de 2009) que se ejercerá en 2010 y el manoseado reacomodo de las partidas realizado por la mayoría de los diputados (les quitaron recursos a unos renglones para dárselos a otros) no eliminaron el sesgo favorable a la recesión propuesto por Calderón. Lo más grotesco del esperpéntico espectáculo público fue la encarnizada disputa por el 3 por ciento de los egresos (100 mil millones de pesos), su trofeo de guerra, entre priistas y panistas, que renunciaron a la flema legislativa para convertirse en degradados chacales y buitres. De manera alucinante se arrojaron y pelearon furiosamente sobre ese despojo presupuestal para usarlo en su provecho tribal. La nueva mayoría priista hizo valer su derecho de pernada y se quedó con la mayor parte del dinero que saquearon de nuestros bolsillos. Aunque reducidos, a Calderón y los panistas les tocó la manga ancha de las subvenciones para repartirlos –y manipularlos– entre los miserables generados por el sistema, los neoliberales y los clérigos estatales, ante el horror de David Ricardo, el reverendo Thomas R Malthus y Herbeth Spencer, quienes elogiaban el ascenso de las selectas clases privilegiadas y consideraban inútil ayudar a los fracasados, condenándolos impávidamente a muerte. Ellos, en especial Spencer, se indignaban ante la limosna pública y privada porque interfieren desastrosamente en el mejoramiento de la especie, la “selección natural”, la “supervivencia del más apto”, el darwinismo social. Pero Spencer, como Calderón, no era un mesías severo: terminó aceptando que la caridad no era del todo mala. Prohibirla violaba las libertades de quienes la ejercen y enaltecen sus nobles y religiosos corazones. La redención conforta a su dios. Míseramente, algunos perredistas como Vidal Llerenas recibieron las piltrafas que Calderón y priistas y panistas decidieron arrojarles afrentosamente.

Parte de los despojos repartidos correspondían a la compañía Luz y Fuerza del Centro. Fue el pago de Calderón al trabajo sucio realizado por los priistas, que legitimaron el bestial asalto realizado por el michoacano en contra los trabajadores electricistas activos y jubilados, sus familias, al menos 176 mil personas; la sociedad, la Constitución, el estado de derecho. La Corte y los medios de desinformación, Televisa y TV Azteca, principalmente, también les tocará su parte al participar en el linchamiento.

La disputa presupuestal evidenció el envilecimiento, la descomposición y la corrupción de los partidos, las elites y el sistema. La negociación dejó de basarse en los intereses y las necesidades de la sociedad, el desarrollo y la nación. Fue sustituida por la lucha entre los más fuertes, convertida en botín para satisfacer intereses y ambiciones particulares, de grupo y de clase. Ellos pervirtieron el proceso legislativo. Al actuar palaciegamente, al margen y contra la sociedad, destruyeron los últimos vestigios de dignidad, representatividad y credibilidad.

La recomposición política después de las elecciones es más que evidente. El monopolio del poder absolutista y vertical ejercicio por el Ejecutivo priista pasó a la historia, sin demolerse las estructuras autoritarias y corporativas, la sumisión legislativa, judicial y de las organizaciones sociales. El fin del partido hegemónico, la alternancia y los nuevos equilibrios de poder no arrojaron la democratización del presidencialismo. El panismo padece el agobio de los gobiernos divididos, débiles, faltos de oficio, ineficientes, incapaces, inescrupulosos, con problemas de representatividad y credibilidad, el ascenso de nuevos grupos como el empresarial que avanza en su control del Estado y el sistema político.

Asimismo, mostró la recomposición, el refortalecimiento del priismo y la feudalización de los partidos y la política. La muerte del Ejecutivo, como señor de horca y cuchillo del sistema, disgregó el poder y posibilitó la emergencia de los caciques estatales, cuya fuerza alteró el equilibrio del sistema: les permite abusar de los poderes metaconstitucionales, imponer sus intereses y sus ambiciones sobre sus partidos, la sociedad y la nación. A ellos se debe que los priistas hayan resucitado de su estercolero histórico; a las redes clientelares que han reconstruido su oscuro y corrupto manejo del dinero público, la violencia ejercida en contra de la oposición, la manipulación de los poderes locales y electorales. A escala nacional es claro el retroceso político, la ausencia de los contrapesos democráticos, de mecanismos institucionales de participación social, de control y sanción de las desmesuras, de la legalidad, en los estados y municipios. La barbarización es desmesurada. Las elecciones que revivieron al priismo no fueron determinadas por sus decisiones racionales, sino por los votos de castigo, lo que representa otra involución política.

Los gobernadores fueron los principales triunfadores. Gracias a su presencia en el Congreso alcanzaron la mayor tajada presupuestal adicional para 2010 y la usarán a su libre arbitrio, para los 11 procesos electorales que se llevarán a cabo, porque priistas, panistas, “verdes”, Nueva Alianza y Calderón eliminaron los controles legales en el empleo de los recursos que, de por sí, nunca han funcionado. En la lucha por las gubernaturas y la Presidencia, todo se vale; premiarán y solaparán la corrupción.

Entre los caciques ganadores, sobresale un extraño personaje escaso de ideas nacionales, huérfano de principios democráticos, pero dilatado en ambiciones imperiales. Se llama Enrique Peña, que lucha en contra de Manlio Fabio por convertirse en el delfín de la oligarquía. Los otros caciques tendrán que consolarse con abultar sus fortunas. El capitalismo de amigos es generoso con la corrupción. Hasta se divierte con las ardillas que se roban los nogales.

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