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—¿Qué pasó con la Tatis? –Pregunté al veterano policía investigador de asuntos de seguridad nacional.

—No la podemos ubicar. Hace poco ella participaba en la caravana de motociclistas que por las noches salen a echar carreras por Paseo de la Reforma, desde Tepito a la Fuente de Petróleos… Desapareció…

—¿Estará escondida o la retienen?

—Lo ignoro. Todos los de su círculo cercano han sido agredidos y perseguidos, desde que la banda de Los Tiras comenzó a perder elementos por el secuestro del joven Martí y por otros casos…


Era la cuarta vez que me encontraba con el veterano investigador para hablar del caso. Nos citamos para comer. Me contó cómo fue engrosando su expediente original de la Tatis, desde que sus primeros resultados los entregó a diversas autoridades de seguridad a fines de junio de 2008. Ya había pasado más de un año de eso y el expediente había crecido cuatro veces o más.

Retomábamos su conclusión inicial de que en el secuestro de Fernando Martí Haik, ocurrido el 4 de junio de 2008, había participado una mujer que no era la Lore, sino otra más joven, más clara de piel y pelo, más alta, voluptuosa, diestra en el manejo de vehículos y armas de fuego, de nombre Maricela Peralta Gutiérrez y con los apodos de la Mari o la Tatis.

Por lo que allí me relató, también supe que su expediente de investigación se fue llenando de dramas y violencia desde que trascendió que ella había aceptado entregarse y rendir testimonio para protegerse de los cómplices del secuestro –algunos policías en activo– que la amenazaban: su padre fue reencarcelado, su primo baleado dos veces, su tía falleció cuando se ocultaban del acoso; esa parte de la familia perdió propiedades y estabilidad durante meses. Luego recuperó algo de sosiego. Ella, la Tatis, decidió concentrarse a vivir en el área de Tepito y cuando parecía que ya había ganado confianza y animosidad, al grado de unirse a uno de los clubes de motociclistas del barrio, desapareció.

Todo eso parecía confirmatorio de que Maricela Peralta sí había participado en el secuestro y que la banda encabezada por policías en activo trataban de acallarla al igual que a todo el que supiera su historia.

Yo sabía que esa otra historia de la Tatis estaba contada parcialmente. José Reveles, el reportero investigador había publicado notas breves en El Financiero y un ensayo en su libro Las historias más negras (Editorial Random House, abril 2009).

Me quedaba claro que muy pocos saben de la secuela de violencia que esta historia desató después.

Esta historia de la Tatis, es un caso que ya cumple casi año y medio y no ha tenido desenlace por las confrontaciones y descoordinación intencionada entre la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal con la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Seguridad Pública federal, no sólo porque así actúan habitualmente, sino también porque Marcelo Ebrard podría salir lastimado políticamente de reconfirmarse la veracidad de este expediente y exhibir que algunos de sus detenidos originales como culpables del secuestro del joven Martí podrían haber sido fabricados, como el Apá (fallecido el pasado 13 de noviembre) y la Lore.

El expediente

Yo me enteré circunstancialmente de la existencia del “Expediente Tatis” en noviembre de 2008.

Un exfuncionario de la procuraduría capitalina me platicó que sabía de la existencia de una investigación privada que ubicaba a una mujer distinta a la Lore como secuestradora del joven. Me aseguró que él no conocía el expediente pero sí que ya tenían una copia Fernando Martí, el padre del joven asesinado, y Marcelo Ebrard, jefe de gobierno de la ciudad de México, al que se le hizo llegar con la mediación de Ignacio Morales Lechuga.

Era necesario verificar la versión. Acudí entonces al despacho que tiene Morales Lechuga, como notario público, y él me confirmó varias partes de ella y me precisó otras. Fue franco y llano. Reconoció haber aceptado una copia del primer expediente y que no mostró reticencia a su verosimilitud porque conocía que el jefe de la investigación “es un elemento serio y responsable”. Me dio su nombre completo.

Después, según sus datos, él mismo citó a Fernando Martí padre y le presentó al policía investigador para que le entregara su copia y una versión verbal más amplia de las razones y procedimiento de la investigación.

De allí, en ese otro encuentro, salió la iniciativa de entregar los avances de la investigación al jefe de gobierno capitalino, pero finalmente se optó porque recibiera una copia el entonces procurador capitalino y él decidiera entregarla o no a Marcelo Ebrard.

Con esas y otras acciones, Morales Lechuga respaldó virtual y prácticamente la investigación y al equipo que la seguía realizando. Tenía varias razones para hacerlo.

El exprocurador general de la república, hoy semirretirado de cargos públicos, pero presente en asociaciones de abogados, en la Escuela Libre de Derecho y asesorías especiales, entre otras para la esposa del presidente de la república, tenía amistad con Fernando Martí y por otro lado conocía, de muchos años –según me contó–, al policía investigador desde que fue coordinador de políticas de seguridad pública en la Secretaría de Gobernación. Sabía que éste se había destacado como jefe de uno de los grupos de antiinsurgencia desde la desaparecida Dirección Federal de Seguridad, hoy Centro de Investigación y Seguridad Nacional. Ambos mantenían relaciones y vínculos amistosos por medio de exfuncionarios y altos mandos de varios cuerpos de seguridad, tanto estatales como nacionales.

La investigación existía y el equipo que la realizó estaba encabezado por un grupo serio. Sin embargo, yo debía obtener una segunda confirmación del “Expediente Tatis” para poder relatar periodísticamente la historia. Busqué hasta encontrar un amigo común con el jefe de tal investigación.

En ese encuentro, resultó que tres años antes ya nos habían presentado durante una comida con un general militar y varios comandantes policiacos. Esta vez nos reunimos con el amigo común. Se volvió a presentar y se identificó plenamente. Pidió que su nombre no fuera expuesto en escritos de prensa. “Ya es legal no revelar las fuentes de periodistas”, me dijo para reforzar su petición. Me relató que antes ya lo había encontrado otro periodista, José Reveles, y que incluso habían ahondado por su cuenta en algunas de las aristas del expediente.

Después nos vimos dos ocasiones más, el policía investigador, el amigo común (del que también guardo su identidad). En una de ellas también estuvo José Reveles, el reportero, que había juntado más datos y se preparaba a presentarlos en su libro. Para el cuarto encuentro, agosto de 2009, el policía investigador me mostró el expediente más completo, me dio un par de fotos del expediente y actualizó con la información que Reveles no había publicado.

La Tatis los abandonó

El expediente indica, con detalles, que el 4 de junio de 2008 el joven Martí fue interceptado, no detenido en un retén. Él viajaba en el mismo vehículo con su chofer Jorge Palma y su escolta Christian Salmones cuando se les atravesó una camioneta X-Trail, color arena, placas 145 VCC. Atrás se colocó una patrulla de la Procuraduría del Distrito Federal con placas 2911.

Los interceptores fueron seis: dos agentes de la Agencia Federal de Investigación (AFI), un judicial capitalino, dos “civiles”, hombre y mujer. En el expediente fueron identificados con los nombres de Iván Cárdenas (uno de los federales), Gabriel Ricardo Rojas Cervantes, el Gabo (el judicial capitalino), Fabián y Jorge N (hermanos) y Maricela Peralta Gutiérrez.

La Tatis era parte de los custodios en una casa de seguridad desde el día del rapto. El joven Martí, ya en cautiverio, mostraba deficiencias respiratorias, constantes ataques nerviosos y llantos incontrolables. Eso desesperaba a uno de los custodios y comenzó a colocarle una bolsa de plástico en la cabeza para que se calmara. Pero se le pasó la mano y el joven “murió por accidente” casi a los tres días de haber sido secuestrado.

Cuando ocurrió el fallecimiento, alguien de la banda decidió continuar con las negociaciones para cobrar el rescate, pero la Tatis decidió dejar la casa y alejarse del grupo. Y como temía que la perseguirían, pidió refugio con familiares en la colonia Morelos. Apenas había pasado una semana del rapto.

Policías judiciales en la zona la ubicaron al igual que a sus familiares que la protegían y comenzó el acoso. Cambió de refugio. Buscó que le dieran protección oficial en la procuraduría capitalina, pero no lo conseguía. Fue entonces cuando el grupo de investigadores que habían laborado en inteligencia federal se enteraron, la contactaron, le consiguieron una morada temporal, les contó la historia. Éstos corroboraron, buscaron domicilios e identificaron al resto de los participantes del secuestro y buscaron la forma de que se presentara, con garantías, a las autoridades.

Una de las primeras copias del expediente fue entregado a un alto mando de la Secretaría de la Defensa Nacional. El general a cargo, después de conocer el expediente, dijo al policía investigador: “Preséntenmela aquí –en el campo militar número 1– y yo me encargo que la autoridad la declare y la proteja”.

Pero cuando se hacían los preparativos para que rindiera su testimonio ante Ministerio Público, ocurrió la detención y presentación pública de la Lore, como la mujer que, según los retratos hablados, había participado en el rapto. Entonces la Tatis reculó porque supuso que ya no había razones para que “el grupo” la persiguiera, ya que se habían detenido a otros culpables e incluso a una mujer muy parecida a ella. Pero su historia fue creciendo en violencia y drama.

La Lore es Lorena González Fernández, una oficial activa de la Secretaría de la Policía Federal Preventiva. Fue detenida en agosto de 2008, como otros presuntos secuestradores del joven Martí, por pitazos y declaraciones al parecer prefabricados. Ella, recurrentemente ha declarado que el día del secuestro se encontraba en Acapulco.

Pero los problemas para la Tatis no menguaron. Su padre Rafael Peralta Benítez fue encarcelado porque se le revivió una acusación de secuestro; otros tíos fueron acosados hasta que una tía materna murió y los restantes de esa familia perdieron propiedades y se refugiaron en Michoacán.

Los autores materiales de la persecución respondían a uno de los posibles jefes de la banda de secuestradores. Ella lo supo cuando uno de sus primos fue agredido por “madrinas” y luego para defenderse tuvo que armarse y enfrentar a balazos al Douglas, pistolero tepiteño cercano al jefe Viscuy.

El jefe Viscuy no es otro que el policía capitalino José Ricardo Sánchez Vascoit, del que José Reveles averiguó que pertenecía al V63, un grupo especial de agentes adscritos a la zona Morelos-Tepito de la delegación Venustiano Carranza, subordinado de José Luis Romero, uno de los siete presos por el secuestro del joven Martí.

El caso Martí oficialmente se ha enredado más en lugar de esclarecerse. Las autoridades judiciales del Distrito Federal están empeñadas en mostrar que los autores son la llamada banda de La Flor, a la que pertenecería la Lore, a pesar de que las autoridades federales han detenido a otros llamados los Petriciolet que confiesan ser los responsables y que no conocen al Apá ni a la comandante federal, porque la mujer que participó es más joven, alta, clara y voluptuosa.

Yo hice mi chamba

—¿Se aclararía todo si se probara la historia de la Tatis? –le pregunté en agosto de 2009 al veterano policía investigador.

—Quizá no todo. Pero si quedaría clara la identidad de la mujer que participó en el secuestro del niño Martí.

—¿Por qué no hicieron algo quienes conocen el “Expediente Tatis” en la Defensa Nacional o en la Procuraduría General?

—Lo ignoro. Yo lo comuniqué a quien debía hacerlo. Pero en lugar de que se investigara, comenzaron los acallamientos

—¿Y se enteraron los mandos de la Secretaría de Seguridad Pública Federal a la que pertenece la comandante acusada del secuestro?

—Así es. Hace poco me pidieron que me encontrara con Luis Cárdenas Palomino, coordinador de Inteligencia para la Prevención del Delito. Se mostró muy interesado. Recibió una versión electrónica del expediente. Ofreció darle seguimiento.

—¿Y?

—Lo ignoro.

—¿Pero sí tienes una hipótesis del porqué nadie profundizó en seguir las pistas de esta joven?

—Yo supongo que esta banda del Viscuy, Los Tiras, ha fingido ser la de La Flor, y que es la misma del grupo de los Petriciolet. Incluso el detenido como confeso vio la foto de la Tatis –no la de la Lore– y dijo que sí, que ésa es la que participó con ellos.

Pero eso ya no me corresponde averiguarlo, ni saber si el Apá tiene que ver o no. Yo ya paré la investigación. Hice mi chamba. Tampoco sé dónde está la chava. Desapareció.