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Una franja de caseríos localizada a lo largo de la zona oriental del canal Anzaldúas en Reynosa, Tamaulipas, sirve como cinturón de seguridad de los cárteles del narcotráfico. En su mayor parte, las casas de esta zona están construidas con láminas y tarimas de desecho de las maquiladoras cercanas. Los predios no tienen servicios y el único acceso a ellas es un camino accidentado de terracería que se vuelve imposible de transitar en tiempo de lluvias.


Aquí, niños entre seis y 10 años de edad no van a la escuela y deambulan en ese camino junto al canal. Algunos se la pasan en casas que funcionan como almacenes de fusiles y droga. Cuando crecen, la primera aspiración de estos niños es convertirse en sicarios de los narcotraficantes. Y algunos lo logran. Por cada jale se ganan 600 dólares, 13 veces más que el salario mensual de un obrero de las maquiladoras. No es mucho dinero, pero los adolescentes parecen estar contentos con él y con las herramientas que les han dado: pistolas escuadra, granadas, un fusil, un auto y droga.

Los barrios conocidos como ejido Los Cavazos, La Nopalera, La Unión y Flor de Mayo, en Reynosa, forman varios de los enclaves semiautónomos de la delincuencia organizada en la frontera norte, como los llama Max G Manwaring, profesor de estrategia militar del Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos.

Estos vecindarios construidos de manera precaria a lo largo del canal están controlados por la delincuencia organizada. La Guardia controla el acceso. Los narcos reclutan a los niños, distribuyen drogas entre los varones, las mujeres y los menores de edad y, de vez en cuando, llevan taquizas de pollo y carne para mitigar el hambre y la miseria de esas comunidades.

La zona está prácticamente olvidada por el gobierno de México, a pesar de que está a unos metros del Puerto Seco que impulsó el expresidente Vicente Fox en 2006 y a unos kilómetros del cuartel general de la Zona Militar de Reynosa. Las patrullas de la policía municipal o de la Secretaría de Seguridad Pública no entran en la zona. Simplemente no se atreven. Aunque el Ejército está controlando los puentes internacionales de Reynosa, los convoyes militares sólo llegan a estos vecindarios de manera ocasional. Amparados por el olvido, la negligencia o la complicidad gubernamental, estos enclaves del narcotráfico tienen años de existir y están consolidándose día con día.

El problema es enorme. México tiene más de 233 enclaves similares en toda la geografía nacional, dice Manwaring en su nueva publicación titulada Una nueva dinámica en el ambiente de seguridad del hemisferio occidental: Los Zetas mexicanos y otros ejércitos privados. Manwaring ofrece una perspectiva interesante del funcionamiento y estructura de este grupo de la delincuencia organizada.

La estructura de dirección de Los Zetas está integrada por círculos concéntricos, asegura Manwaring. El primero es una estructura de comando pequeña, pero flexible, pues permite cambios rápidos de dirección sin la rigidez de una estructura vertical. Su función principal es proveer de apoyo estratégico y operacional a una red de células compartimentalizadas a la manera de una organización guerrillera urbana. Las segunda y tercera capas de liderazgo están integradas por jefes que controlan proyectos o zonas específicas. Después sigue una amplia gama de células o clicas que forman subgrupos: Los Halcones, que controlan las zonas de distribución; Las Ventanas, que vigilan las zonas operacionales; Los Manosos, que se encargan de adquirir las armas, municiones y equipos de comunicación; Las Leopardas, que cumplen labores de inteligencia y son prostitutas entrenadas para extraer información de sus clientes, y La Dirección, que se encarga de interceptar teléfonos y seguir personas y vehículos sospechosos.

Esta estructura permite a la organización criminal funcionar y reproducirse en áreas que el gobierno ha prácticamente abandonado o en las que nunca ha tenido presencia. Aquí es particularmente evidente la inutilidad de la fuerza militar como el enfoque único para atacar el narcotráfico. Cuando la tropa llega, los narcos se escurren, desaparecen. Cuando se va, vuelven a la carga. Sin embargo, ahí permenece constante la miseria económica que empuja a los padres a hacerse de la vista gorda cuando uno de sus hijos se une al narcotráfico. Otras zonas del canal Anzaldúas no viven esta situación y algunas son zonas residenciales. Pero cuando la carretera paralela se va hacia el sur y el canal sigue su camino hacia el Este, entonces comienzan a aparecer los caseríos pobres a lo largo del canal y con ellos las condiciones propicias para operar con niveles adecuados de seguridad para el narcotráfico.

Manwaring afirma que la solución a este problema no se dará con el poder duro del Ejército ni con el poder blando de la policía. La solución estará más cercana cuando el gobierno emplee todos los elementos del poder nacional que estén a su alcance para desmantelar las condiciones de mantenimiento y supervivencia de los cárteles del narcotráfico.

Eso implica desarrollo económico, empleo para las familias, regularización de tierras, creación de escuelas, programas de desintoxicación, construcción de clínicas, apertura de medios de transporte, cursos de capacitación para el trabajo. Quizá se necesite más un ejército de educadoras, maestros de primaria, médicos y sicólogos para derrotar al narco que un contingente de tropas que gastan combustible, se engarzan en tiroteos de forma indiscriminada y terminan retirándose sin haber causado mella al narcotráfico.

Las tropas del Ejército están buscando enfrentar a un enemigo que, al igual que las guerrillas clásicas, busca camuflarse en la población, mezclarse y disolverse en ella cuando convenga y se presente la necesidad. Los cárteles están convertidos en un Estado alterno, ellos imponen su propia ley y deciden el monto de los impuestos que la gente tiene que pagar. Toda aquella actividad económica que no está regida por las leyes de Hacienda entra automáticamente en su dominio. Para los soldados mexicanos, la guerra carece de frente, todos los espacios son campos de batalla y no hay distinción visible entre los civiles y las tropas del enemigo.

Los esfuerzos para acabar con el narcotráfico son evidentes, pero aún es claro que persiste la falta de un carácter integral en el combate a las drogas. El gobierno sólo está usando el elemento militar del poder nacional y descuida los elementos sociales, políticos y económicos para combatir los cárteles. Sin esos elementos, la gente, que por alguna circunstancia vive en los enclaves del narcotráfico, está a merced de la delincuencia organizada.

Cada golpe a los cárteles y cada detención de miembros con alguna importancia dentro de la organización criminal son resueltos con una extraordinaria capacidad de adaptación y flexibilidad por parte de los grupos criminales. Y para ellos no importa si Los Halcones, La Guardia o Las Leopardas pierden la vida o son detenidos. Siempre habrá un reemplazo que saldrá de los enclaves. Mientras no haya una presencia del Estado en esas comunidades, el gobierno ahí será la delincuencia organizada.

*Especialista en fuerzas armadas y seguridad nacional, egresado del Centro Hemisférico de Estudios de la Defensa, de la Universidad de la Defensa Nacional en Washington

jlsierrag@yahoo.com

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