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La incipiente multipolaridad se expresa mediante los regionalismos creativos. El mundo se desglobaliza a pasos acelerados y opera en la dirección de las regiones, con la emergencia de nuevos polos de poder con sus respectivas esferas de influencia.

En nuestro libro premonitorio de 2007, Hacia la desglobalización, habíamos detectado el economicismo –mejor dicho el “PIBismo”: la obsesión geoeconómica por el Producto Interno Bruto (PIB)– de las regiones, desde el ascenso irresistible del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), ahora una realidad, pasando por el Consejo de Cooperación del Golfo (las seis petromonarquías árabes), hasta el bloque de 10 Naciones del Sureste Asiático (Asean, por su acrónimo en inglés).

Tal tendencia geoeconómica que suple al pernicioso financierismo anglosajón, hoy totalmente desfondado, se ha acentuado en forma dramática debido a la decadencia pasmosa de Estados Unidos que se encuentra prácticamente quebrado –si hacemos caso al Reporte Wegelin (el banco suizo fundado en 1741, 48 años antes de la Revolución Francesa) que expone que la deuda impagable de Estados Unidos sería en realidad de 600 por ciento (¡así, con tres dígitos!) de su Producto Interno Bruto. Recordamos que el PIB de Estados Unidos anda en 14 millones de millones de dólares (Trillones en anglosajón).

Estados Unidos empieza a pagar muy caro su decadencia acelerada: dos aliados relevantes operan su graciosa retirada (Japón y Turquía); Ucrania, hija pródiga de Rusia, está a punto –si se afirman las tendencias próximas electorales en sus elecciones presidenciales– de regresar al hogar paterno.

No es poca cosa. Tres países pivote se alejan de Estados Unidos y se acercan ostensiblemente a Rusia y a China, desde el punto de vista geopolítico y geoeconómico, como expresión notable del nuevo orden multipolar de características desglobalizantes y regionalistas.

Los regionalismos, que epitomizan la desglobalización multipolar y el fin de la globalización unipolar, se consolidan en imitación de la Unión Europea (hoy todavía el primer lugar del PIB global con 18 millones de millones de dólares, trillones en anglosajón) y su poderosa divisa común, el euro: desde la Unión de Naciones Suramericanas, pasando por el Consejo de Cooperación del Golfo de las seis petromonarquías árabes, hasta el Grupo de Chiang Mai (el Asean-10 más tres, que incluye a los dos gigantes del noreste asiático: China y Japón, sumados de la potencia emergente de Corea del Sur).

En este contexto hiperdinámico de reajuste global que tiende a una nueva multipolaridad, que suple a la fenecida unipolaridad de Estados Unidos, cabe destacar la asombrosa solicitud pública del recientemente entronizado primer ministro japonés, Yukio Hatoyama, para crear la “Comunidad del Este Asiático” (CEA), lo cual expresó en una entrevista antes de su aplastante triunfo electoral con su Partido Democrático sobre el Partido Liberal pro estadunidense, que había gobernado durante medio siglo prácticamente ininterrumpido a Japón.

El diagnóstico de Hatoyama es correcto: Estados Unidos no es más la superpotencia unipolar. La globalización ha llegado a su fin, realidad ineludible a la que Japón, estancada desde la década de 1990, no tiene más opción que adaptarse.

En similitud a Francia y Alemania –dos viejos enemigos históricos desde el siglo XIX hasta la mitad del siglo XX: no tuvieron mejor opción que aliarse para crear el núcleo duro de la Unión Europea–, hoy las circunstancias geoeconómicas y geopolíticas obligan a Japón y a China (sin duda, más al primero) dejar atrás sus atavismos y querellas del pasado si desean construir un nuevo andamiaje que los posicione como un polo de poder relevante, que se subsume en el diseño nipón de la CEA, que va más allá del economicismo y su “PIBismo” (la obsesión por el PIB) y contempla la unión también política y militar, lo cual naturalmente podría tomar una generación para su gestación, si es que no antes, debido a la caída abrupta de Estados Unidos.

Japón se acerca a China y se aleja de Estados Unidos sin abandonarlo abruptamente. Los asiáticos son más proclives al largoplacismo que el cortoplacismo efímero de Estados Unidos. Las circunstancias determinarán los gradientes de acercamiento y alejamiento de Japón, que operará una política menos dependiente de Estados Unidos, como se ha develado en las duras negociaciones para el abandono de la base de Okinawa por el ejército estadunidense, lo que ha irritado a “Bob” Gates, el secretario del Pentágono, que todavía no se acostumbra a la mentalidad independiente del primer ministro Hatoyama.

Como era de esperarse, la prensa anglosajona desestima la creación de la CEA y coloca en relieve toda clase de obstáculos que, si bien existen, no significan que sean insuperables. Entre el principal escollo, a juicio de la prensa anglosajona, resalta la colisión cosmogónica mercantilista del proyecto chino –que desea el formato del Asean-10 más tres (con China, Japón y Corea del Sur)– con el diseño supuestamente nipón del Asean-10 más seis” (que agrega a países periféricos: India y de la anglósfera, como Australia y Nueva Zelanda).

Ko Hirano (The Japan Times, 3 de octubre de 2009) aduce que China se encuentra “inquieta” del llamado “formato japonés”, que incorpora a actores lejanos en lugar de centrase meramente en el Asean-10 más tres”, más maleable para los intereses de Beijing.

Yoko Nishikawa (Reuters, 24 de octubre de 2009), durante la cumbre del Asean celebrada en Tailandia, reveló que el flamante primer nipón Hatoyama dejó entrever la necesidad de “un papel de Estados Unidos” en la CEA, que habría que definir. En forma significativa, según Nishikawa, ninguno de los 10 miembros del Asean reclamó papel alguno para Estados Unidos, lo cual apunta a que Japón desea, más bien, disminuir las fuertes tensiones con Estados Unidos que a exigir su inclusión en la CEA.

Mientras se sopesa el tipo de “papel” que jugaría Estados Unidos –a quien antológicamente no le queda más que el del aguafiestas perturbador y balcanizador–, en forma impactante, Rusia ha mostrado interés en la audaz iniciativa del primer Hatoyama para crear la CEA (Breitbar.com, 27 de octubre de 2009).

Sería un grave error de juicio, primero, incrustar forzadamente a Estados Unidos en la CEA y, segundo, dejar fuera a Rusia que, guste o disguste, es la primera potencia nuclear asiática, y se ha acercado asombrosamente a Japón en la fase creativa del samurai Hatoyama.

El pasado 10 de octubre China, Japón y Corea del Sur celebraron en Beijing la segunda reunión “trilateral asiática” –con un comercio intrarregional del 53 por ciento–, donde sus líderes se comprometieron explícitamente al “desarrollo de la CEA, en similitud a la Unión Europea”.

La trilateral asiática ostenta más del 50 por ciento de las reservas globales y un PIB conjunto del 16 por ciento global; dicho en forma desmenuzada, China y Japón detentan el primer y segundo lugares de las reservas de divisas globales (respectivamente, 2.3 millones de millones de dólares, trillones en anglosajón, y 1 millón de millones de dólares), mientras Corea del Sur ocupa el octavo lugar con 254 mil 250 millones de dólares. En cuanto a la medición del PIB global, expresado por el “poder de paridad de compra” (léase: el poder adquisitivo), hasta finales del año pasado (CIA,World Factbook) –lo cual naturalmente cambiará dramáticamente en las cifras del cierre de 2009–, Japón ocupaba el segundo lugar mundial (4.92 millones de millones de dólares), seguido en tercer lugar por China (4.4 millones de millones de dólares) y en el quinceavo lugar Corea del Sur (947 mil millones de dólares). Cabe destacar el crecimiento económico de los 10 países del Asean, que con una población de 570 millones alcanzaron el año pasado un PIB combinado mayor a 1.1 millones de millones de dólares (que equivale prácticamente al PIB de Corea del Sur, con un poco menos de la quinta parte de su población). Es evidente que el gigantismo multidimensional de China y de Japón absorberá a Corea de Sur y a los 10 países del sureste asiático del Asean.

Sea lo que fuere, el llamado “formato chino” de la CEA –es decir,”ASEAN-10 más tres”– representa la cuarta parte del PIB global, superando ya ligeramente a Estados Unidos (23 por ciento) y acercándose aceleradamente a la Unión Europea (31 por ciento).

Pese a que Japón se encuentra estancado desde la década 1990 (debido a su embriaguez especulativa que luego la arrumbó en un letargo del que todavía no sale), las tendencias apuntan al ascenso espectacular del proyectado por la CEA, en su “formato chino” (a nuestro juicio, más viable), mientras Estados Unidos y la Unión Europea decaen dramáticamente; lo que en su conjunto avala fehacientemente el nuevo orden geoeconómico multipolar.

Con o sin la CEA, el centro de gravedad geoeconómico y geofinanciero se ha desplazado al Este asiático, lo cual tendrá profundas implicaciones y repercusiones en la geopolítica, debido a las múltiples derrotas militares de Estados Unidos en el “Gran Medio-Oriente”.

Mas allá del ultrarreduccionismo vulgarmente mercantilista, en caso de asentarse en la próxima generación, la CEA constituirá uno de los principales polos de poder global a escala multidimensional, que ya lo es desde ahora y antes de conformarse como un grupo cohesivo a carta cabal, desde el punto de vista geoeconómico y geofinanciero, lo cual, Estados Unidos, como Sansón rapado, intentará dislocar militarmente. ¿Podrá?