El retorno de Espino

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Luego de la derrota electoral del Partido Acción Nacional (PAN) en julio pasado, ha vuelto a la escena política nacional su expresidente Manuel Espino Barrientos, cuestionado personaje proveniente de grupos ultraderechistas, quien ahora pretende erigirse en gran ideólogo de la derecha católica continental, que ha encabezado en la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), y por lo que está difundiendo su nuevo libro: Volver a empezar.


Pleitos de familia

A raíz de la debacle panista, César Nava se ha acercado a diferentes fuerzas y personajes, como Espino, cuyo libro se presentó en septiembre de 2009 en la sede del PAN, a la que éste llamó “la extensión de mi hogar”. Acerca de Nava, dijo: “Tengo la esperanza de que contigo volveremos a empezar una nueva época de gloria y de éxito para el PAN, significada por la unidad, el respeto y el trato como iguales, entre quienes formamos este gran partido demócrata cristiano”.

Divididos no por cuestiones ideológicas sino por pugnas de intereses, los panistas buscan reconciliarse ante el riesgo de perder los comicios de 2012, donde enfrentarán a un Partido Revolucionario Institucional que muchos mexicanos miran con nostalgia, luego de conocer lo que representa el PAN en el poder.

En 2005 el yunquista Manuel Espino llegó a la presidencia de su partido en una coyuntura similar, cuando los panistas tuvieron que aceptar su dirigencia para el periodo comprendido hasta 2008, con tal de estar unidos ante el inminente triunfo de López Obrador en las elecciones de 2006. Finalmente, Espino tuvo que dejar prematuramente ese cargo, luego de sufrir los embates de la jauría calderonista dentro de su propio partido, y fue reemplazado por Germán Martínez, que a su vez renunció luego de la derrota panista de 2009.

Espino, a quien el oficialismo presentaba como el único dirigente de la ultraderecha en el PAN, se refugió en su cargo de presidente de la ODCA, al que llegó con ayuda de los grupos radicales del exilio cubano de Miami, y de otros sectores ultras.

Dos Espinos

El polémico duranguense se dio a conocer hace años por su estilo agresivo, vulgar, que en 2006 lo llevó a insultar a Elena Poniatowska y a hacer alarde de su experiencia en materia de peleas callejeras (en una entrevista que en aquel tiempo concedió a La Jornada). Espino, que nunca mostró grandes principios éticos, fue uno de los promotores de la guerra sucia contra Andrés Manuel López Obrador, apelando a las formas más bajas de la agresión verbal.

El año pasado, publicó el libro Señal de alerta. Advertencia de una regresión política, para atacar al priista Manlio Fabio Beltrones, de quien decía con envidia: “Se ha hecho de un poder con el que intimida y apoya a Calderón, el cual deriva de los privilegios y cortesías políticas que le ha dispensado el presidente” (Señal de alerta, Planeta, México, 2008, p. 29).

Ahora, como presidente de la ODCA, donde se agrupan partidos derechistas de una región en que el clero católico ha gozado de gran influencia, Manuel Espino trata de aparecer, pese a sus carencias en el plano cultural, como gran ideólogo del catolicismo militante.

Volver a empezar. Un llamado a la perseverancia desde la democracia cristiana (Grijalbo, México, 2009) parece, o es, obra de otra persona diferente del autor de Señal de alerta. En “su” nueva obra, Espino se aleja de su anterior forma de expresarse para adoptar un lenguaje pretencioso, grandilocuente, abundante en generalidades, galimatías y lugares comunes, y donde evita las alusiones personales.

Viejas ideas, nueva hipocresía

Recurriendo profusamente a citas de Juan Pablo II, Ratzinger y otros pontífices, de autores franquistas, opusdeístas, ideólogos panistas y filopanistas, el libro expresa las posturas tradicionales de la derecha católica latinoamericana: que la religión en su versión más conservadora forma parte de la identidad nacional, de lo cual se desprende el rechazo del Estado laico, del ateísmo, del agnosticismo, y de los derechos sexuales, que contradicen la moral de la abstinencia.

Son concepciones a las que siempre han recurrido las fuerzas conservadoras. Así, los apologistas de la Inquisición justificaban la persecución contra los disidentes religiosos, alegando que atentaban contra la unidad y tradiciones nacionales.

Por su parte, el panista enfatiza que “patria” se refiere a los padres, a la herencia familiar, a las tradiciones, y que las “devociones religiosas populares” forman parte de ella. Es decir, quien niega la religión niega la patria.

Recurriendo al discurso de la “libertad religiosa”, entendida como la imposición de leyes para beneficio del clero, Espino ataca el Estado laico y defiende aspectos como la educación religiosa, con la consigna derechista del supuesto “derecho de los padres” para educar a sus hijos conforme a su religión (capítulo IV “Banderas de la democracia cristiana”, pp. 131-194).

Como en otros escritos conservadores, encontramos en Volver a empezar el rechazo del aborto, de la diversidad sexual, del divorcio y de la desnudez, a cuya exhibición muchos panistas llaman “pornografía”.

Pero Espino expone esos planteamientos de manera muy hipócrita. Por ejemplo, acerca de los homosexuales dice: “No podemos dejar de reconocer esa cualidad esencial (la dignidad humana) en aquellos que tienen un comportamiento antisocial o delictivo, ni en personas que tengan proclividad a conductas que no son aceptables en nuestra cultura o en nuestra ideología. Es el caso de hombres y mujeres que se asumen y comportan como homosexuales o como bisexuales; ellos son seres humanos con dignidad que merecen respeto…” (p. 42). Según él, la conducta homosexual no es aceptable, “en nuestra cultura”, sin aclarar por qué y a qué cultura se refiere, pero quiere hacerse pasar por muy progresista al reconocer que los homosexuales son seres humanos: sólo faltaba que lo negara.

Incorpora además ideas de las nuevas corrientes derechistas como la supuesta importancia de la “lucha contra la inseguridad”, centrada en la defensa de los intereses de los más ricos.

Como testimonio de su propia falsedad, escribe: “Nuestro deber como políticos humanistas es evitar que haya más pobres” (p. 173). Pero partidos como el PAN, al que pertenece Espino, están despojando inmisericordemente a los pobres en beneficio de los multimillonarios y de la jerarquía católica, y se oponen a las políticas de ayuda a los ancianos y a los más desvalidos, alegando que son “populismo”. Como todos los políticos tramposos, Espino está dispuesto a proclamar exactamente lo contrario de lo que hace. Con su juego político ha perjudicado a los que menos tienen y se ha beneficiado a sí mismo, pero se proclama defensor de los pobres, pues esto último no le cuesta un centavo.

Sin pudor alguno, Manuel Espino, el mismo que alentó la guerra sucia en 2006, como se puede constatar en las hemerotecas y en páginas web, ahora se proclama en su libro, una y otra vez, enemigo de esas prácticas: “Los ciudadanos están asqueados de las guerras de insultos y diatribas que sustituyen al debate y la propuesta…” (p. 33). No hay que “pervertir”, afirma, “la conciencia democrática (…) mediante la guerra sucia de diatriba y denuesto en contra de los adversarios o competidores, prácticas que desprestigian la política y rebajan la calidad ciudadana” (p. 104).

Dice estar impregnado de un “idealismo” que no está en su propia historia, sino sólo en sus autoelogios. Según él, escribió su nuevo libro “desde el idealismo, a veces soñador, que me fue inculcado por mis jefes y maestros políticos”, “para desafiar el desdén a los valores humanos que denigra a hombres y mujeres de todas las naciones”(p.216). ¿Puede concebirse más altruismo, menos apego a lo terrenal que el que proclama el inescrupuloso panista?

Afirma haber pasado “largas jornadas corrigiendo párrafos” para darle valor a su libro, y a pesar de ello, a lo largo de sus 222 páginas encontramos parrafadas como esta, que Espino dice inspirada en Castillo Peraza: (…) que la política no es asunto de reflectores sino de reflexión, y sólo fracasa si fracasa la palabra; que el cambio de gobierno no debe desaparecer lo que cambia” (p. 13); (…) la acción sin eficacia es estéril, lleva al activismo sin resultados… (p. 67). Sin duda, mucho se esforzó para llegar a conclusión tan profunda. Y pontifica esgrimiendo este galimatías que encubre la defensa de privilegios para el clero: “(…) el ejercicio del poder político no puede hacerse desde la imposición o desde la negación de la fe, tampoco desde una especie de centralidad entre el confesionalismo y el laicismo que comparte algo de ambos, o desde una supuesta neutralidad que ignora lo religioso” (p. 179).

*Maestro en filosofía con especialidad en estudios acerca de la derecha política en México

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