El sueño guerrillero del Negris

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Sierra de Atoyac, Guerrero. _¡A ti, chamaco, te acusan los ricos de andarles mandando anónimos con la gente de tu organización!, soltó la metralla el comandante del Ejército Mexicano. Dicen que los amenazas de muerte. Te vamos a mandar a las Islas Marías para que te eduques, para que escarmientes, allá, con los criminales más peligrosos.

Juan Carlos González Alarcón, texto y fotos / Tercera y última parte

—No, no es cierto, mi comanche. ¡Yo no haga nada!

—¡Cállate cabrón! ¡Y no me faltes el respeto!

—Le voy a explicar pues, déjeme hablar, no me censure.

—Aquí los únicos que hablamos somos nosotros, hijo de la chingada.

—¡Ustedes mandan los anónimos para hacer creer a la gente que es uno! ¡No se hagan!

—Cállate carajo. ¡Ahorita te vamos a capar! ¡Ahorita te vamos a violar!

—No, no, ¿qué pasó?

—¡Pongan a este cabrón sobre la mesa!

—¡Sí, mi comandante!.


Las detenciones de jóvenes idealistas

El Negris, feliz de disfrutar de sus vacaciones como estudiante de la Normal de Ayotzinapa, se disponía a contemplar la variedad que ofrecían en el burro, en el centro de tolerancia de su tierra, con varios de sus compañeros de lucha democrática.

Todos dispuestos a distraer la mente en algo más cercano a los sentidos, algo más palpable, que les revitalizara el cuerpo a continuar entregándolo al ideal por aquellos sueños aún intangibles de justicia, democracia, libertad en los pueblos de la entidad suriana y del país… cuando llegaron los soldados cortando cartucho en el centro de la pista.

Ante las miradas pétreas, los cuerpos paralizados de las mujeres semidesnudas, las respiraciones contenidas de los clientes calenturientos, las bocas abiertas de los músicos con los güiros y las guitarras en las manos, los cuicos sacaron de ahí a los jóvenes, a empujones, y se los llevaron al cuartel militar.

Durante el camino, el Negris recordaba que ya había caído preso una vez -con varios de sus camaradas- por andar pegando propaganda durante la madrugada, “propaganda pacífica, reivindicativa de los derechos civiles del hombre”.

“Entonces, sólo nos recriminaron por manchar las paredes de las casas –recordaba el joven, paso a paso titubeante, temeroso; junto a aquellas frases como balazos dentro de su mente–. ¡Cuánto cuesta volver a pintarlas, jóvenes!, no sean burros, eso que hacen es ilegal, a todas luces está fuera de la ley, recapaciten, no andes metidos en esto, no sean pendejos, están jóvenes, ¡mejor dedíquense a estudiar!, ¡sean hombres de provecho para la sociedad!”.

El Negris  iba demasiado preocupado. Tenía presente que aquella vez fueron simples policías municipales quienes los habían agarrado. La mayoría de ellos eran muy conocidos en el pueblo. Los llevaron a su cuartel y ahí los encerraron en unas celdas. No los golpearon, no les dieron ninguna calentadita antes de que se acostaran. Tampoco los torturaron psicológicamente. Los dejaron dormir pacíficamente.

Al otro día, tempranito, los fue a sacar el profesor Lucio Cabañas Barrientos, quien los orientaba por las tardes sobre política y economía, y les hablaba sobre las luchas libertarias, democráticas que se estaban dando en otros lugares del mundo, como en Cuba, Rusia, Checoslovaquia, Polonia, Bulgaria, China.

Pero ahora era diferente, habían caído en manos de los militares que “quién sabe cómo serán con los presos, cómo tratarán a los ciudadanos que ellos suponen un peligro para el gobierno, para la paz social, ¿serán unas bestias los sardos?”.

Los encierros traumatizadores

—No, no, no me caparon, ni me violaron, afortunadamente, aclara el Negris  suspirando al rememorar aquellos pasajes de su vida de espíritu revolucionario.

Al otro día me dejaron salir, a eso del mediodía, bien desvelado, ojeroso, con dolor de cabeza, pues no me dejaron dormir con sus amenazas, sus fregaderas, sólo me maltrataron con insultos los canijos, sólo me torturaron psicológicamente.

Yo creo que ahorita, a mi edad jamás haría algo así, agrega el entonces integrante del Club de Jóvenes Democráticos de Atoyac de Álvarez. Eso de andar de brigadista, junto a mis compañeros, repartiendo volantes reivindicativos de los derechos civiles de las mujeres y hombres libres de este país, o haciendo pintas o pegando pósters con engrudo en las paredes y postes con las consignas más sentidas de la gente: ¡Libertad a presos políticos! ¡Muera el mal gobierno! ¡Mueran los corruptos del gobierno! ¡Mueran los explotadores del pueblo! ¡Mueran los ricos explotadores de los pobres!

Por ejemplo, nosotros íbamos a ver a Lucio Cabañas al campamento a la hora que fuera, ora de día, ora de noche, porque conocíamos todos los caminos de la sierra como la palma de la mano, gracias al excelente entrenamiento de su maestro, el coronel Antonio Palox Palma, quien con planos, fotografías -tomadas por satélite-, cartografías sobre el pizarrón, nos indicaba, rincón a rincón, las mejores rutas para desplazarnos entre los cerros, las barrancas, los arroyuelos.

El ejército a la caza de guerrilleros

Eran como las diez de la mañana. Los oficiales y jefes del Ejército Mexicano almorzaban carne de venado, con salsita picosa, frijoles hervidos, queso fresco y crema de chiva, en la casa más grande del poblado. Se encontraban en los limítes de San Rosa, el último bastión del municipio de Coyuca de Benítez.

De pronto se escucharon ráfagas de disparos cabalgar veloces los montes, las barrancas, las pozas de agua.

—¡Ya llegó el compadre!, dijo el mayor.

—¡Y viene bravo el canijo!, respondió el coronel.

Todos se tiraron al suelo pecho tierra, desenfundando sus pistolas, templando del susto, apuntando hacia la puerta. El profesor Desidor Silva Valle también se puso tembloroso, pero más por lo que veía. No podía creer que esos militares bien armados, bien protegidos, temieran a su amigo, el profesor Lucio Cabañas.

El maestro de primaria, sin embargo, se quedó sentado en la silla, recargado a la mesa, en medio de la sala, saboreándose el taco de exquisita carne de venado, imaginando al guerrillero con sus botas viejas, ropas raídas, sombrero de palma gastado, morral deshilachado, su rifle de ráfaga automático M2 en las manos.

Además de su pistola con cachas de oro y plata .38 súper, que siempre portaba atrás, sujeta perfectamente entre el pantalón, amarrado bien el cinturón, porque nunca le gustaba traerla a un costado o en el frente, seguido de unos 100 guerrilleros perfectamente armados con su kalashnikov.

Por ser así de auténtico, de natural, de sincero, lo seguía la gente, reflexionaba su amigo el Negris  al ponerle una cucharada más de salsa de jitomate a su taco.

Repentinamente, como si fuera un fantasma, se plantó en el marco de la puerta un soldado que, bastante lampareado por la claridad del sol, hizo de manera automática el clásico saludo militar de la mano derecha en la sien y el choque  de las botas con los talones. Luego, no bien reconoció las figuras humanas tendidas en el suelo, y las pistolas que le apuntaban. ¡Levantando los brazos!, dijo casi gritando.

—¡Soooy yyyooo! ¡Mi mayor, mi coronel, mis capitanes! ¡Soooy yyyoo!

—¿Qué pasó?, preguntó el mayor, el hombre de más edad.

—¡Con la novedad de que uno de los presos que teníamos trató de huir y lo tuvimos que quebrar como si fuera conejo!

—¡Bien hecho, teniente!, contestó el coronel poniéndose de pie, al tiempo que se levantaban los demás militares, vestidos con sus típicos trajes color verde, enfundados con sus clásicas botas negras, altas, gruesas.

Según el reporte minucioso del guacho, algo torpe en el hablar por el susto de ver tantas pistolas apuntándole en la frente, al que habían matado era un campesino al que le habían encontrado marihuana y amapola en las bolsas del pantalón.

—Anoche lo torturamos mi mayor, mi coronel, mis capitanes, sin lograr que abriera la boca. Se hizo el mudo. Y, quizá, cansado del tormento, se le hizo fácil pedir permiso hace un rato para ir al baño, ir al baño es un decir, porque iba a hacer sus necesidades a la intemperie, a los cuatro vientos, en el cerro, ustedes lo saben bien. Entonces trató de escapar el santito, se puso a correr como liebre entre los árboles y matorrales. Pero nosotros tenemos copados kilómetros a la redonda, vigilancia por todos lados, como ustedes lo han ordenado, mis superiores. Así que nos fue fácil cazarlo como a un venado de cinco astas.

Alguien lo había denunciado, tal vez, por envidia, porque el señor tenía buen ganado, buenos caballos, buenas armas, escopetas de repetición, salones de seis tiros, y vestía bien, se llamaba Adán González. Era mi compadre, comenta el Negris.

Era la época en que daba clases en aquel pueblo, enfatiza el profesor Desidor Silva. Un día bajábamos a caballo a Xaltianguis. Veníamos todos los maestros de Santa Rosa, San Miguel, San Cristóbal, Santa Bárbara, donde nació el que fue rector de la UAG, Marcial Rodríguez Saldaña. Veníamos en alegre cabalgata. Y al llegar a Xaltianguis vimos un retén de judiciales. Entonces Adán se me acercó para enseñarme su nueve milímetros.

—Me van a quitar esta preciosura, no es posible, mejor guárdemela en su portafolio, por favor, a ustedes los maestros no los registran.

Se la guardé, y, en efecto, a nosotros los maestros no nos registraron nada, y a ellos sí, a todos esculcaron de los pies a la cabeza, zapatos, botines, huaraches, pantalón, camisa, camisola, chamarra, sombrero.

Después de ese hecho me agarró confianza, según él, y me dijo que a partir de entonces ya era su compadre, así de sencillo. Unos días después me comentó: “Compadre, júntese un dinerito, unos 10 mil pesos para entrarle al negocio de la hierba”. Pero no acepté.

Lucio se enamora a primera vista

—Profe, entretenga a estas chamacas, déles clases por las tardes, para que no anden de ociosas; ya no las aguatamos en las casas, dijo un padre de familia al único mentor de la única primaria de la comunidad.

Una de ellas, Chabela, de unos 16 años de edad, era hija de don Camilo Ayala y de doña Camerina Nava, personas respetables en el pueblo que tenían ganado, caballos, una buena casa, comían bien.

El profe consiguió unos libros de secundaria y se puso a enseñarles cosas elementales, cotidianas, a sus alumnas casaderas. Por ejemplo, lo que era un metro lineal, un metro cuadrado, el porcentaje. También les leía algunos cuentos breves, de los que había editado José Vasconcelos.

A veces el profe releía, acostado en la hamaca de su casa, después de dar clases a sus alumnos de primaria, como años anteriores, aún emocionado, pasajes de Así se templó el acero de Nicolai Ostrvsky, la novela autobiográfica ambientada en los terrenos del comunismo.

Igualmente repasaba partes de Filosofía para principiantes, Economía para principiantes, de autores rusos, de las obras de Niquitín, los discursos del Che, los de Fidel Castro, los libros de Marx, Lenin, Engels.

—¡Que ya te vayas a comer dice mi mamá y mi papá! -de pronto lo interrumpía la jovencita Chabela, de piel blanca, ojos claros, verdes como las esmeraldas, de cabello negro largo como una fresca cascada, muy bonita, demasiado atractiva.

Y ahí se estaba parada, en el marco de la puerta de la sala, observando al Profe, hasta que éste le decía desesperado:

—Ya voy, anda vete, gracias, ¿qué estás viendo? -casi la corría, confiesa el Negris. Porque yo entonces no pensaba en “esas cosas”, estaba chamaco. Yo andaba tras mis ideales de libertad, justicia, en la sociedad, en el mundo.

Luego llega Lucio, le presento a mi alumna, que era una verdadera ninfa, y en un par de horas se enamoran. Él va a decirles a sus padres que ama a su hija, y ella que también a él. Entonces se la lleva a la guerrilla.

La mujer del guerrillero

Después de andar un buen tiempo en la sierra, Chabela se enfermó, se engranó mucho. Como no estaba acostumbra a condiciones antihigiénicas, a carencias de comida, de comodidades, pues nunca había vivido como las auténticas campesinas, su cuerpo no aguantó los rigores de la sierra.

Lucio decidió que la bajaran a Atoyac, la ocultaran en la casa de mi padre, donde vivía, donde rentaba Félix Bautista Matías. El Lucio de abajo, como le llamaban, porque precisamente el calentano, profesor de primaria igualmente, Félix Bautista, era el encargado de organizar abajo todo lo de la guerrilla. Mandaba armamento a los guerrilleros, enlistaba a la gente que quería incorporarse al movimiento; la enviaba al campo guerrillero.

A Chabelita la atendió de inmediato mi padrino, el coronel español Antonio Palox Palma, y la terminó de curar el hijo que tuvo con la prima de Lucio, Paula Cabañas, Toñito, su retoño mexicano.

Chabela nunca supo que estuvo en casa de mi padre, la casa que heredé de él, revela el Negris.

La detención sorpresiva

Luego de detenerlo junto a su hermosa acompañante en La Quebrada, a la tenue brisa del océano Pacífico, taparle los ojos con un trapo, maniatarlo con violencia, meterlo en la cajuela de un coche, lo llevaron a un lugar que no podía identificar el profesor. Quizá lo tenían encerrado en una casa clandestina, de las muchas que habilitaba el ejército mexicano ¿para los interrogatorios, para las torturas, para los ahorcamientos, para los fusilamientos?

Al parecer a Gloria Verber Galeana, novia de Lucio Cabañas Barrientos, la tenían encerrada en otra pequeña habitación. El profesor no escuchaba su voz.

Sometieron al profesor a un despiadado interrogatorio. Querían saber todo su historial, desde el día en que nació en Atoyac. Le querían sacar de las tripas todos los datos sobre su persona, todas las conexiones que tuviera dentro de la guerrilla; los nombres de sus compañeros guerrilleros, de todos los rojillos que anduvieran de subversivos, y fuera de la guerrilla con organizaciones sociales de todo el país y de otras partes del mundo, con los gobiernos de las naciones comunistas, Cuba, Rusia, Checoslovaquia, China.

—¿Quiénes son tus padres? ¿Cuántos hermanos tienes? ¿Primas, primos, tías, tíos? ¿Dónde estudiaste la primaria? ¿Quiénes fueron tus maestros? ¿Quiénes fueron tus compañeros de la primaria? ¡De todos los grados! ¡También de la secundaria!

—¡Son un montón! Ya no me acuerdo, discúlpenme.

—¡No te hagas pendejo, pinche guerrillero!

—En serio, tengo mala memoria.

—¿Cuáles eran tus calificaciones en la secundaria? ¿Cuánto sacabas en español? ¿En matemáticas? ¿En civismo? ¿Cómo se llamaban tus maestros? ¿Cursaste inglés? ¿Cómo se llamaban tus compañeros cerebritos? ¿Llevaste taller de electricidad, de mecánica automotriz o de carpintería? ¿Qué deporte practicabas? ¿Tuviste alguna novia en la secundaria? ¿Cómo se llamaba?

“El pinche interrogatorio con esta bola de cabrones ya lleva horas. Creo que he estado aquí encerrado tres o cuatro días. Y no me dejan en paz. Ni me dan de comer bien estos desgraciados. A pan amargo y agua hedionda me tienen. Y no me quitan el trapo de los ojos. ¿Pues qué quieren estos desdichados?”.

—¿Y bueno tú por qué estás tan negro?

—Pues ése es mi color. Y me siento muy orgullo de haber nacido así.

—¿Y por qué no te rasuras, pinche?

—Pues no me dio tiempo. Salí a las prisas.

—¿Y por qué andas en el monte, pinche negro?

—Pues porque me gusta disfrutar de la naturaleza, del canto de los pájaros, el arrullo de los ríos entre las rocas, la eterna serenata del viento a su paso por las ramas de los árboles.

—¡Qué naturaleza ni qué ríos, ni qué serenata del viento, ni qué la fregada, no la chingues, pinche negro cabrón!

—¡Tú eres un rojillo materialista que no cree en Dios! ¡Te vas a condenar al infierno por ser comunista! ¡Tú eres un pinche guerrillero!

—¿Cuál guerrillero señores? ¡Con esta cara que tengo! ¡Ni que la tuviera de malhechor, de criminal, de judicial! Quítenme el trapo para que vean mis ojos sinceros.

—Te va a cargar la chingada ahora mismo. Qué ojos ni qué nada.

—¿Cuál chingada? No sean léperos, no sean mal hablados. No mal utilicen el bonito idioma español. No lo vulgaricen. ¡Yo soy profesor, señores!

—¡Eres un pinche guerrillero!

—Soy profesor de primaria, doy clases a niños guerrerenses, a lo mejor a un hijo de sus compañeros, o a uno de un familiar suyo.

—¡Eres un pinche guerrillero comunista!

—¡Soy un profesor pacífico!


El intento por salvar el pellejo

“Ahora me acuerdo, de puritita chingadera lo traigo, sí, sí aquí en la bolsa de mi pantalón, este documento que me dieron de parte del Inspector de la Secretaría de Educación en que se asienta claramente que en mi calidad de profesor de primaria gozo de mis merecidas vacaciones de tal a tal fecha”.

—Vean este documento, por favor, señores.

—¡A ver qué volante llamando a la revolución traes aquí, hijo de tu pelona!

La respuesta que obtuvo el profesor fue que horas después lo trasladarían a otro lugar, donde lo mantuvieron a puro golpe, a puñetazo limpio. Donde cayeran los trancazos, en la espalda, en el pecho, en la barriga, en la nuca. Él nomás se agarraba la cabeza con las dos manos y se encorvaba. A los pocos minutos caía al suelo, y entonces empezaban a patearlo. Y ahí, lo mismo, donde cayeran las patadas, no les importaba a sus inclementes verdugos.

En la primera oportunidad se levantaba como podía. Y otra vez a recibir los puñetazos. Y así lo tenían, de pie o tirado en el piso, propinándole tal tormento bestial.

Cuando finalmente vieron, varias horas más tarde, que casi no respiraba, tendido en el suelo, todo ensangrentado, y a lo mejor también porque ya estaban cansados sus verdugos, uno dijo:

—Ahora sí te vamos a matar pinche guerrillero hijo de la chingada. ¡Ya estás preparado!

—Sí, mejor, de una vez, por favor, ya no aguanto más.

—¡Vamos a matar a este cabrón comunista!

—Sí, gracias. Ya no se tarden más, ni un minuto más. Ni modo, señores, hasta aquí llegaron mis ideales democráticos, mi lucha por ayudar a los pobres de este país, de este estado. Ya llévenme a tirar al océano como a tantos otros. Gracias por su buena voluntad.

Por tantos golpes, el hambre, las malpasadas, el desvelo, el profesor no sabía ni lo que decía, pensó que eso era lo mejor, que de una vez le quitaran la vida.

“Pero no les pido clemencia a estos desgraciados, malvados torturadores”.

¿El océano sería su tumba?

El profesor no supo por dónde lo sacaron, todo moribundo, ensangrentado, dolorido de los huesos. No tenía fuerzas ni para dar un paso, ni de abrir los ojos, tan débil que estaba. Después de llevarlo cargando como si fuera tanque de gas en el hombro derecho, varios hombres, de turno en turno, lo acomodaron recargado a una piedra, en un paraje boscoso, oscuro.

—De aquí le vamos a tirar. Es un buen blanco. Se alcanza a percibir su silueta a la débil luz de la luna.

—Sí, mejor, aquí hay que quebrarlo de una vez, para qué lo vamos a tirar al mar. Está más lejos y es más pinche lío llevarlo en el helicóptero. ¡Acomódenlo bien, cabos!

—¡Sí, mi teniente!

—Aquí que hallen su cuerpo. Será un trofeo de guerra para el ejército mexicano.

La salvación para la historia personal

El profesor sintió que alguien le desamarraba las manos.

Y ahí me dejaron, solo en el monte, bajo el peso de la oscuridad tupida de nubes. Me dolía todo el cuerpo, la cabeza. Como a la hora reaccioné, me quité el paliacate y la tela adhesiva que cubrían mis ojos. Vi el brillo de la luna creciente, los guiños de las estrellas. Calculé que serían como las cuatro de la madrugada, por la posición de la Osa Mayor, según me había aleccionado el coronel Palox, experto conocedor de la mecánica celeste, de la astronomía.

No escuchaba ni un ruido entre los cerros. Ni rastro de los cabrones de mis verdugos. Empecé a caminar hacia donde me orientaba mi olfato de arriero, ¡y las estrellas!

A los minutos me topé con la carretera. Luego pasó un autobús con el letrero Ciudad Altamirano.

¿Estaré entre Iguala y la cabecera municipal de Pungarabato? Aún estaba bien desorientado. Me senté a esperar otro camión. Después de una eternidad, pasó uno con el letrero Ciudad de México.

¡Ah, jijo! Entonces Acapulquito está para allá. Así que comencé a caminar rumbo a la brisa del océano Pacífico. Durante mi andar me alcanzaba uno que otro carro, pedía un aventón pero nadie se paraba, quizá por verme todo sangrado, casi cayéndome.

Finalmente, con los primeros rayos del sol en el horizonte, llegué a Las Cruces. Vi a un taxista y le dije, oye, llévame a mi casa, no traigo dinero aquí, pero allá mi amá te va a pagar.

Y sí, me llevó. Así llegué a mi casa todo jodido, con las costillas rotas, con la sangre coagulada en la cara, en el cuello, en los brazos, en las piernas. En cuanto se enteró Lucio, me mandó decir que si me quería desquitar me fuera a la brevedad con él. Le mandé decir que primero iba a reponerme y que luego iba a considerarlo.

Me habían dejado cerca del 42. Ese oficio que llevaba en la bolsa del pantalón me salvó la vida. Creo que los militares investigaron bien si tal documento era real, verídico, legal.

—¿Y qué le pasó a la novia de Lucio Cabañas?

—Perdí contacto con ella. Nunca supe qué le hicieron, a dónde la llevaron, si la torturaron, si la violaron. Y siempre he tenido curiosidad por saber si la interrogaron, ¡durante cuatro días!, como a mí. Después supe que más que andar detrás de mí, andaban detrás de ella por ser novia de Lucio. ¡Pero qué chinga me pusieron los soldados!

—¿Y tuvo algún hijo Lucio con Gloria Verber?

—Ninguno. Ella sólo iba a verlo de vez cuando. La mujer de planta del comandante fue Chabela.

—¿Y tuvo Lucio otras amantes?

—El que sabe perfectamente eso es el comandante Man, ojalá pueda localizarlo, y ojalá él le despepite todo lo que sabe. Será muy interesante conocer todo lo que atesora él en su alma. Parece que hay un hijo por ahí de Lucio Cabañas Barrientos.

—¿En dónde está?

—El que sabe perfectamente es el comandante Man, le insisto. Ojalá pueda platicar con él. Va a ser determinante para conocer más verdades sobre la guerrilla y sobre el mito de Lucio Cabañas. Porque todo mundo sabe que nomás tuvo una hija. Pero una vez el comandante Man me dijo que él sabe que tuvo un hijo, que él sabe como se llama la mamá, de dónde es, toda la historia completa, porque Lucio se lo confesó todo antes de que lo mataran.

—¿Será de los Caminos del Sur la mamá?

—Parece que sí.

—¿Dónde vive el hijo de Lucio Cabañas?

—¡Parece que en la isla caribeña!

—¿En Cuba?

—En otra ocasión le platicaré sobre la mamá de Lucio Cabañas, que murió en la miseria, de una enfermedad curable, allá, en San Martín, ante una hermana de ella; sobre su esposa, Chabela, quien parece que vive en el norte; sobre otros sobrevivientes de la guerrilla que viven en la pobreza, como la Hormiga, el Domingo; cientos de excombatientes, luchadores que pelearon porque llegara a estas tierras el desarrollo, el progreso.

—¿Valió la lucha de Lucio Cabañas?

—Precisamente, para contrarrestar la lucha armada, el gobierno tiende la red eléctrica, abre caminos, hace hospitales, levanta los postes del teléfono, mete líneas telefónicas a los pueblos, llega el IMECAFÉ a comprar café. Bueno es un abanico de beneficios que llegan gracias a la guerrilla, gracias a Lucio Cabañas Barrientos.

Tanto fue así que varios militares, amigos míos, me decían que el mejor gobernador de Guerrero había sido Lucio Cabañas, por los beneficios que trajo consigo a la Costa Grande. Muchos militares le tenían mucho respeto a Lucio, y mucho miedo.

—¿Y la hija de Lucio, Micaela?

—Por ahí anda. Si un día la llega a conocer, notará el parecido que tiene con Lucio, vil copia del profesor, del comandante, sus mismos rasgos, de labios gruesos, ojos negros, morena.

—¿Qué le dejó la experiencia de la guerrilla?

—Fíjese que cuando uno está joven cree, quizá por su falta de preparación, de experiencia en la vida, que el cambio está a la vuelta de la esquina. Así lo pensaba yo. Por eso me entregué en cuerpo y alma al movimiento. Con el paso del tiempo, uno se da cuenta que es incierto el cambio de progreso que uno anhela.

El Negris  recapitula, algo nostálgico: “Después de que matan a Lucio Cabañas en 1974, me voy del estado, perdí contacto con todos mis camaradas, evité cualquier posibilidad de que me relacionaran con la guerrilla para que no me fueran a agarrar, por eso me cambié el nombre, me inventé otra identidad, otros orígenes, otra vida”.

El profesor de primaria confiesa que “todos los que participamos en la guerrilla teníamos miedo a hablar, pero ahora ya es tiempo de soltar todo lo que sabemos, eso ya pasó hace muchos años. Es importante dejar nuestro testimonio para que los jóvenes de ahora conozcan la verdad sobre aquella realidad violenta del estado”.

Finalmente me despido del Negris, agradeciéndole su tiempo, sus valiosas confesiones. Él cierra la puerta de madera de su casa con un grueso candado y comienza a caminar por la calle solitaria.

De pronto voltea a los lados y ya no siente como antes, meses antes, años antes, durante toda su vida, que alguien lo persiga a cada paso. Esa desagradable sensación de sentir, a cada minuto, la sombra de un uniforme militar, las pisadas de unas botas militares reptar por sus espaldas.

Ya no camina temeroso, nervioso, ya no experimenta ese despiadado acoso permanente de su propio pensamiento, la sensación de que en cualquier momento podrían aparece agentes de la CIA, o del gobierno federal, o de la judicial o militares para someterlo a un torturante interrogatorio de horas, ¡de tardes y noches!, ¡de días!

Ya no le rondan como fantasmas aquellos años violentos de Guerrero. Se ha librado del más terrible trauma de su existencia. Ha desechado de su mente las escenas de los enfrentamientos, los heridos, la corredera y caída de la gente a diestra y siniestra, los balazos como intensa lluvia sobre su cabeza, los gritos de dolor de las mujeres, los jóvenes, los niños.

El Negris reflexiona: “Me he curado justo al contarle a un periodista mi verdadera historia personal”. Avanza hacia el monte, alegre, revitalizado. Entre la tupida vegetación, los ayacahuites majestuosos, las parotas frondosas, los soberbios pinos, se dirige hacia el corazón de la sierra, a terminar de despojarse de su pasado idealista, iluso, honesto, heroico, quizá digno de recordar, considera, sobre el papel, entre las hojas de algún libro.

Su imaginación, su alma y su espíritu vuelan libres junto al canto de las aves, la plegaria de los ríos, las oraciones del viento hacia las nubes blancas, el cielo con brazos de mar.

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