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Somalia se debate entre la pobreza más extrema y la cruda violencia. Aunque la descomposición económica, política y social de la nación se gestó desde hace décadas, nunca como en la actualidad se encuentra al borde de la muerte de miles de personas. Las responsabilidades no sólo pasan por la incapaz clase política local, sino por la internacional, que poco ha podido hacer en décadas

Tatiana Martínez Hernández / Prensa Latina

Somalia perece ante el vacío de poder central desde 1991 y la guerra interminable que mantiene en vilo a su débil gobierno, exacerba la pobreza y contribuye a incentivar los actos de piratería en sus costas.

El caos reina hoy en la muy dividida nación del cuerno africano, que la naturaleza castigó con una sequía extrema y el capitalismo impactó con su crisis que perpetúa la miseria hiperbolizada por los violentos enfrentamientos entre radicales islámicos y el gobierno.

Anarquía y guerra

Luego del derrocamiento en 1991 del mandatario Mohamed Siad Barre, la nación más pobre del continente se deshace en una guerra intermitente e interminable que dura desde hace casi 20 años.

La anarquía es la máxima que domina en Somalia, el país carece de gobierno central permanente y los intentos por conformar la unidad nacional fracasan por rivalidades entre diferentes grupos y regiones que declaran su autonomía: Somalilandia, Puntlandia y Galmudug.

Durante una aparente tregua, renunció en diciembre de 2008 el designado presidente de transición Abdulahi Yusuf Ahmed, quien fracasó en su intento de gobernar por cuatro años esa nación con costas en el Golfo de Adén.

El 31 de enero último, Sharif Sheik Ahmed fue electo presidente del Gobierno Federal de Transición (GFT) en una reunión del Parlamento celebrada en el vecino Djibouti.

Su designación sembró esperanzas para alcanzar la paz en la región, teniendo en cuenta que se trata del líder de la oposición islámica moderada, Alianza para la Nueva Liberación de Somalia.

Sin embargo, las milicias extremistas islamistas iniciaron una feroz ofensiva contra el GFT al que acusan de ser aliado de Occidente, mientras el mandatario imputó de “imperialistas” a los insurgentes y denunció que entre ellos existe presencia militar extranjera, con efectivos y municiones para respaldar a los rebeldes.

Desde el 7 de mayo las fuerzas de Al Shabaab e Hizbul Islam comenzaron la embestida contra el gobierno y ocuparon gran parte del territorio nacional, incluyendo áreas de Mogadiscio, la capital.

Sheik Ahmed recibió de inmediato el respaldo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Unión Africana y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo de África del Este, entidades que han hecho reiterados llamados para el cese del fuego.

Aunque se mantiene hasta 2010 la presencia de la Misión de Paz de la Unión Africana en Somalia, lo cierto es que no ha podido detener el avance de la oposición.

Durante los ataques insurgentes ha perdido varios de sus miembros, entre ellos su segundo jefe en una reciente explosión de dos coches bomba en el aeropuerto capitalino.

El clímax de extrema violencia se registró en junio pasado cuando los insurgentes asesinaron a cuatro altos funcionarios.

Las víctimas fueron el ministro de Seguridad Interior, coronel Omar Hashi Aden; el legislador Mohamed Hussein Addow; el jefe de la policía capitalina, Alí Said Hassan, y un exembajador en Etiopía, Abdi Karin Lakanyo.

Tal es la ingobernabilidad, que no se pudo concretar la declaración de estado de emergencia decretada por el presidente el 22 de junio, al no contar con el apoyo mayoritario del Parlamento, debido a la fuga de sus miembros hacia el exterior.

De un total de 550 diputados sólo quedan 280 en el país, por lo que ese órgano legislativo no tiene el quórum requerido para aprobar el decreto de estado de emergencia nacional que propusiera Sharif Ahmed.

La situación se complica

Con el argumento de la búsqueda de terroristas de Al Qaeda en cualquier rincón del mundo que su omnipotencia le permita, Estados Unidos fija su mirada en Somalia y ello complica aún más el conflicto en ese país, que se deshace y fenece por la violencia, la sequía, la guerra y la piratería.

La presencia militar estadunidense en varios continentes y sus aspiraciones de incrementarlas son tema conocido y condenado por las fuerzas progresistas defensoras de la soberanía nacional.

Sin embargo, las nuevas declaraciones de la administración de Barack Obama aseguran un cambio de política hacia el llamado continente negro y en especial hacia Somalia.

El bombardeo estadunidense del pasado 15 de septiembre a un convoy rebelde en el Sur somalí segó la vida de Saleh Ali Saleh Nabhan, presunto jefe de la red Al Qaeda en la región y centró la atención de los principales medios noticiosos del mundo.

Esta operación ensangrentó aún más la celebración del ayuno religioso o Ramadán, y el grupo extremista islámico Al Shabaab urgió a realizar una venganza internacional contra Estados Unidos y el GFT somalí a través de la Yihad (Guerra Santa).

“Llamamos a todos nuestros hermanos combatientes en el mundo para que acudan en nuestra ayuda para poder vengarnos de Estados Unidos y los intereses occidentales en la región”, exhortó uno de los líderes de Al Shabaab en rueda de prensa.

Un atentado mediante dos coches bomba con emblemas de la ONU a la base de la Misión de la Unión Africana en el aeropuerto de Mogadiscio tuvo lugar al día siguiente de ese exhorto.

Piratería

Somalia tiene también una importancia geoestrategia para el control de la navegación en el Golfo de Adén y el norte del Océano Índico, escenarios de actos de piraterías en pleno siglo XXI, tema ampliamente divulgado en los grandes medios de prensa según la jerarquía y procedencia de los capturados.

Aunque la toma de rehenes y secuestros de barcos son actos reprobables, éstos son propiciados por el alto nivel de ingobernabilidad en el país, el nivel de pobreza extrema y de manera particular el rechazo de la población al vertimiento en sus aguas jurisdiccionales de residuos tóxicos, entre ellos nucleares, destacan analistas.

Estos nuevos piratas, que alguien pudiera asociar a aquellos estereotipados por el parche en el ojo y el loro en el hombro que existieron en los siglos XVI-XVII, no son exactamente lo que dicen algunos medios de prensa, estiman expertos en la región.

Somalíes dedicados a la piratería –como medio de vida– aseguran que su objetivo es llamar la atención del mundo hacia su empobrecida región y utilizar, en provecho de sus comunidades, la remuneración exigida para liberar embarcaciones y rehenes.

La zona se ha convertido en la más peligrosa para el amplio trasiego de navíos que utilizan el estratégico corredor naval de África Oriental.

Allí un buque de inocentes pasajeros coincide con poderosos navíos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que justifica su presencia para socorrer a posibles víctimas de la piratería.

Embarcaciones de guerra de Estados Unidos y sus aliados pudieran desviar sus acciones hacia tierra y arrasar terminantemente con los asentamientos de los piratas en las ciudades costeras somalíes, coinciden estudiosos.

Situación humanitaria

Miles de civiles somalíes continúan huyendo del conflicto interno y pasan a engrosar las filas de alrededor de 400 mil desplazados, víctimas de los enfrentamientos armados desde 1991.

La guerra continuada durante varios años ha entronizado una aguda crisis política y social, que genera miles de víctimas, procedentes de los sectores más pobres de la población, sin hogar ni alimentos para sobrevivir.

Según un reporte del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, casi 4 millones de personas necesitan ayuda alimentaria en Somalia y las previsiones auguran un mayor deterioro de la situación.

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