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Después de andar a salto de mata durante muchos años, sin poder revelar su verdadera historia personal, el Negris decide, finalmente, hablar a Contralínea Guerrero de los más valiosos tesoros que oculta en su alma. Aquellas vivencias compartidas con los principales protagonistas de la guerrilla: Lucio Cabañas y Antonio Palox Palma.


Juan Carlos González Alarcón / fotos

Sierra de Atoyac, Guerrero. ¡Disparen a matar!, fue la orden que se escuchó como un trueno, como un veloz buscapiés, entre la gente.

La erupción volcánica de balas dispersó en segundos a la multitud. Las rocas de fuego perseguían a los manifestantes en frenética carrera a diestra y siniestra.

Un campesino cayó al suelo a los pies de su esposa, bañado en sangre por el frente de la camisa blanca. La señora, con cinco meses de embarazo, no lo podía creer. Lo oyó lanzarle, bajo una mirada implorante, su último aliento, salido de su boca chorreante en sangre, ¡cuida a nuestro hijo!

La señora, movida por el hervidero mental de sentimientos encontrados, de dolor, desamparo, pensamientos de venganza por lo que le hicieron a su marido, de supervivencia, ¡debía proteger a toda costa a su criatura que llevaba en el vientre!, dio media vuelta para encarar al salvaje agresor.

Sacó de su regazo, entre su rebozo, un puñal bien filoso. Fue a clavárselo directamente en el pecho al judicial asesino. Dio el primer paso para huir de ese holocausto.

Otro judicial le disparó a ella, con su fusil, por la espalda, sin mostrar misericordia alguna. La señora cayó muerta, de frente, sobre la tierra, ante el disparo certero. El hombre se acercó al cuerpo inerte. Con su bota derecha volteó el cadáver. Vio dos lágrimas recién escurridas de los ojos desorbitados de la mujer embarazada. Sacó su revólver y lo descargó, sin piedad, perforándole el vientre a la señora indefensa. Después, con su rifle, le dio el tiro de gracia en la cabeza.

La matanza

Eran como las diez de la mañana cuando llegaron los judiciales a la escuela primaria Juan Álvarez, con la consigna, la misión exclusiva, irrenunciable, de imponer –a fuerzas– como directora a Julita Paco Piza.

Entonces el Negris, junto con varios amigos y compañeros del Club de Jóvenes Democráticos, entre ellos el entusiasta Juan Fierro García, fueron a ver al profesor Lucio Cabañas Barrientos, quien daba clases a niños de primer grado en la primaria Modesto Alarcón.

?Ya llegaron los judiciales a la Juan Álvarez, profesor. ¿Qué se va a hacer?, expresó el Negris.

?Luego voy, adelántense. Voy a dejarles unos ejercicios a mis alumnos. Que hagan algunas planas.

Como a la hora llegó el maestro Lucio Cabañas a la plaza del pueblo. Se colocó debajo de un tamarindo que había enfrente del ayuntamiento de Atoyac de Álvarez. A través del micrófono del aparato de sonido dijo a la concurrencia que lo esperaba desde hacía rato, indignado a rabiar:

?Vamos a pedir el retiro inmediato de los judiciales porque vulneran los derechos de todos. Ellos no tienen por qué venir a imponer a una directora. No tienen por qué entrometerse en un asunto que sólo compete a las autoridades de educación. Ya basta de tantos atropellos en contra de los más indefensos. Ya basta de tantas injusticias que comete el gobierno.

La multitud empezó a corear la demanda más sentida entre la población, ¡muera el mal gobierno!, ¡muera el mal gobierno!, ¡muera el mal gobierno del PRI!

Los judiciales se abalanzaron entre la gente con ganas voraces de apresar a Lucio Cabañas. Los campesinos lo impidieron al protegerlo tras una gruesa muralla humana. Enfurecidos, cortaron cartucho de sus fusiles y empezaron a escupir el veneno de sus balas. Dispararon a mansalva contra la gente inerme.

El Negris estaba junto al profesor Lucio Cabañas, debajo del tamarindo. Permanecía con el cuerpo nervioso, las piernas temblorosas, por lo que atestiguaban sus ojos asombrados, indeciso si corría o no corría como todo mundo. Dudaba en correr porque a todo aquel que veían en fuga, hombre o mujer, joven o anciano, le tiraban como si fuese un suculento conejo o un sabroso venado.

El joven, jefe de redacción de El machete costeño, modesto periódico de dos hojas, prefirió tirarse al suelo, pecho tierra, aunque sus labios probaran el amargo, sucio sabor de la tierra. Sus tímpanos querían estallar al chiflido demencial de las balas que zumbaban por encima de su cabeza a mil por hora.

A pocos metros cayó abatido un señor, sangrante del estómago, a los pies de una mujer embarazada. El Negris reconoció de reojo a doña María Isabel. La vio sacar un cuchillo oculto entre su rebozo. Puñal que clavó en el pecho del asesino. La mujer se disponía a huir cuando un feroz balazo impactó en su espalda.

El judicial que le había disparado por atrás, vino a checar el cuerpo que cayera como gruesa tabla en la tierra. De un puntapié lo volteó, desenfundó su revólver y sin ningún miramiento le perforó la barriga con todas las balas de la carga. Después, con su fusil, le dio el tiro de gracia en la cabeza.

El asesino suspiró en paz. Lanzó la mirada enloquecida hacia donde yacía el Negris. El joven cerró los ojos instintivamente. Contuvo la respiración durante varios segundos, como cuando iba a bucear al río o al mar. Inmovilizó todo el cuerpo, de los pies a la cabeza. Se hizo el muerto. Oyó, a escasos segundos de la asfixia, las pisadas de unas botas alejarse más y más. El profesor Lucio Cabañas había desaparecido desde no sabía qué tiempo.

El levantamiento en armas

?No, no, a mí no me lo contaron, sucedió así, yo estaba ahí, junto a Lucio, abajo del tamarindo, recalca Desidor Silva Valle, el Negris.

?Así pude ver cómo los judiciales masacraron al pueblo, agrega el profesor de primaria. Yo presencié los hechos, estuve ahí tirado, haciéndome el muerto, que si descubren que estaba vivo, que respiraba, también me hubieran cosido el pellejo a balazos. ¡A mí no me lo cuentan, no me lo cuenta nadie!, la masacre ocurrió en tiempos del gobernador Raymundo Abarca Alarcón.

Después de la masacre, de que se fueran los judiciales, satisfechos, según ellos, de haber cumplido impecablemente con su misión, el único que llegó a atender a los heridos fue el médico militar Antonio Palox Palma, con su clásica bata blanca, su maletín negro de piel, sus zapatos también negros de cuero. Luego nos reunimos, entre lo oscuro y claro del día desfalleciente, en la casa de la maestra democrática Hilda Flores Solís. Ahí el profesor Lucio Cabañas nos anunció:

?Ya el único camino que me queda es la lucha armada, compañeros. El gobierno no respeta a la gente, no oye sus reclamos. El gobierno y los gobernantes no entienden de razones de justicia, de libertades, de derechos. Se me cierran los caminos constitucionales. ¡Hoy nos levantamos en armas! ¡Hoy nos vamos a la sierra! ¡Viva el pueblo!

?¡Viva! ¡Viva!, coreaban los hombres armados con escopetas, salones, pistolas, revólveres que seguían a Lucio.

En ese atardecer se terminó la lucha pacífica de los ciudadanos democráticos, cívicos, respetuosos de los cauces legales, institucionales. Iniciaba la lucha armada de los hombres valientes de Guerrero en la tupida sierra suriana. Era turno, la hora del surgimiento de los guerrilleros patriotas en defensa del pueblo.

Forjador de guerrilleros

?Yo vivo en Atoyac, no por el dinero que gano por mis consultas, porque aquí no se gana nada en este pueblo, joder, sino gracias al dinero que ahorré siendo ministro de Salud en Venezuela, dinero que pude traerme de allá, pasta que gané honradamente. Aquí quiero ayudar a la gente de estas tierras. A pesar de los gilipollas antipáticos corruptos del gobierno.

Así me hablaba, como para desahogarse, Antonio Palox Palma, coronel del Ejército español, excombatiente en su país, partidario del bando republicano contra la dictadura franquista.

Me enseñaba orgulloso sus trofeos de guerra, sus medallas obtenidas en el campo de batalla, como él bautizara a sus heridas de bala, por aquí en el brazo derecho, por acá en el brazo izquierdo, aquí en las espinillas. En verdad estaba todo agujereado el coronel, como coladera de baño público.

Es todo un personaje Antonio Palox Palma, enfatiza el Negris. Usted es el primero que escribe sobre él. Porque la historia en general, más la oficial, lo tiene olvidado. Mucho se ha escrito sobre la guerrilla que encabezó Lucio, pero nadie lo ha mencionado a él. No le han dado su valor y el lugar que le corresponde en la lucha armada al coronel Palox junto al profesor Lucio Cabañas Barrientos.

?¿Por qué será esa indiferencia de quienes han escrito sobre aquellos años convulsos en Guerrero?

?Quizá porque no han investigado, por flojera. Palox es importantísimo, porque él fue quien le dio las ideas sobre la guerra de guerrillas a Lucio Cabañas. En pocas palabras, quien lo preparó a conciencia, fue su maestro pues. Por ejemplo, Palox, entre lo mucho que me enseñó a mí, y a Lucio, fue a tirar con rifle, en todas las posiciones posibles. Sus preferidas eran de hincado y de maromas. Y enseñaba con el ejemplo, él lo hacía primero. Era un excelente tirador. Con tiro de pistola les daba mero en el centro a las monedas de 50 centavos que le lanzaba al aire.

?Leyó la historia novelada sobre la guerrilla de Carlos Montemayor, Guerra en el paraíso, ¿cree que en ella hacen falta muchos datos?

?Por supuesto. Datos como los de Palox hacen mucha falta. Y faltan muchas cosas, muchas precisiones. Por eso yo le insisto que entreviste al comandante Man. Él es pieza fundamental para que dé más luz sobre la verdad de la guerrilla. Ojalá pueda dar con él algún día. Quién sabe dónde andará escondido. Y ojalá que cuando lo encuentre, él quiera hablar con usted, porque es de ese tipo de gente muy cerrada, igual de tupida que la sierra cafetalera.

Profesor sin plaza

?¿Así que nunca pudo recuperar su plaza de profesor, nunca más dio clases en primaria?

?Me fue imposible. Fíjese que acabo de leer el libro Doña Perpetua, de Elba Esther Gordillo, y ahí mientan a ese cabrón de Moisés Armenta Vega como unos de sus allegados más cercanos, a quien hiciera ella diputado federal y dirigente de una sección del SNTE en el Distrito Federal. Aquel cabrón que no me quiso ayudar a recuperar mi plaza de profesor de primaria. Un excompañero de la Normal de Ayotzinapa. Por ahí anda ese tipo en la ciudad de México.

?Y esos que fueron sus compañeros, aquellos que anduvieron en la lucha armada y que se acomodaron bien en la Universidad Autónoma de Guerrero, ¿no le ayudaron, no lo invitaron a trabajar en la UAG?

?No, no. Ni fui a verlos ni le pedí nada a nadie. Me dediqué a conseguir trabajos temporales. Así fui sobreviviendo año tras año, hasta hoy.

Maestro del profe Lucio

Llegó a México expulsado del gobierno de Venezuela, donde era ministro de Salud, por haberse inmiscuido en el movimiento subversivo del guerrillero Douglas Bravo.

Palox era, por naturaleza, y por formación socialista recibida en la URSS, proclive a las luchas en defensa de la mayoría, de los campesinos, de los obreros, de los más pobres, de los más necesitados. Cobraba poco por sus consultas, la verdad, casi eran pagos simbólicos, porque era muy humanitario, no quería arrebatarles a sus pacientes el poco dinero que llevaran.

De un herido, de un golpeado, de un caído, de un balaceado, ¡Palox!, no había mejor médico que Palox en toda la región. Era, gracias a su experiencia en el frente de batalla en su país, el médico más capaz en ese terreno. Y como en toda la costa por esos años había muchos baleados, muchos heridos, siempre tuvo chamba, siempre estuvo ocupado, ejerciendo a gusto su profesión. Siempre tenía la sala de su casa llena de heridos. Se hallaba como pez en un río cristalino de la Sierra atoyaquense.

A veces escuchaba, en un tocadiscos medio viejo, las canciones de protesta del catalán Joan Manuel Serrat. Las poesías hechas canciones de los poetas Antonio Machado, Miguel Hernández, Federico García Lorca, este último fusilado por la dictadura de Franco, simple y sencillamente por ser maricón.

Palox, de pronto, al oír melodías tradicionales de su amada España, interpretadas por Turina, Granados, Falla, el más grande guitarrista del siglo XX, y Andrés Segovia, se ponía a llorar. Quizá su época de niño hambriento en algún pequeño poblado, o de adolescente en permanente lucha por sobrevivir en una sociedad que no gozaba de libertades, perseguida cada día por las voraces botas militares de una dictadura.

Eso me impresionó mucho, ver a mi coronel Palox como una dolorosa, ahí, solo en su casa, lejos de su añorada nación, junto al tocadiscos, mientras contemplaba uno de sus bonitos cuadros al óleo dibujados, pintados con sus propias manos de artista, que también dominaban a la perfección la técnica médica de la acupuntura china.

Claro está que lloraba en mi presencia por la confianza que me dispensaba y sólo cuando estaba solo, cuando oía tales canciones y se ponía a escarbar el pasado más doloroso, más traumático, más infernal que viviera en la península Ibérica y que aún archivaba en lo más profundo de sus entrañas.

Luego se acercaba a un baúl, una vez repuesto del esporádico ataque nostálgico, a sacar su tesoro más preciado, más valioso que las perlas, esmeraldas, rubíes, diamantes, su Guerra de guerrillas, con dedicatoria, de puño y letra, de su autor, el Che Guevara.

Con el libro en las manos, que a nadie dejaba ver, menos prestar para que se lo llevaran a leer a su casa, me contaba sus conversaciones y encuentros con Ernesto el Che Guevara y Fidel Castro en La Habana, una vez que triunfó la revolución comunista.

Ellos lo veían con mucho respeto, no tanto por su edad, pues eran más jóvenes, sino porque Palox era gran amigo, además de compatriota, del maestro de ellos, el general Bayo, quien los había entrenado, preparado física y mentalmente para iniciar la revolución en Cuba.

?¡Esos barbones cojonudos nos veían con un reverente, santificado, respeto, a Bayo y a mí!, me confesaba Palox.

?Por eso el Che me puso esta dedicatoria en su libro, qué coñazo, léela. Porque reconocía en mí a un experto conocedor de revueltas sociales, civiles, militares, ¡hostias!, pero qué digo, me consideraba un maestro en las estrategias de la guerra, de cualquier tipo de guerra, más en la guerra de guerrillas. A ti, mi ahijado, te lo puedo dejar leer sólo aquí, frente a mí.

Autor Palox de Tempestad en el Caribe, como me dijo alguna vez, confiesa el Negris.

?Libro que no obstante aparece en las bibliotecas del mundo bajo la autoría del general Alberto Bayo y Giroud.

?¿A poco ya lo rastreó usted?

?Sí, lo encontré en la biblioteca de la UNAM, también en la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, España. Al menos que Bayo se lo haya pirateado a Palox.

?Pues podría ser. Lo que sí me consta es que mi padrino Palox tenía muchas facetas, era un estuche de monerías. Además de acupunturista era un excelente pintor.

?¿Se acuerda cuáles era los temas de su pintura?

?Mucho, pintaba al Quijote de la Mancha.

?¿Y al Sancho no?

?No, tal vez el Sancho le traería malos recuerdos. Pintaba puro al Quijote, con su yelmo de bronce, su lustroso casco tipo bacinica, lanza bien larga sujeta por la mano derecha, montado en su caballo viejo y flaco como él. Aparecía la triste figura en los campos de España, con unos molinos de viento en la retaguardia. Bueno, tanto era su amor por el Caballero Andante que hasta en la fachada de su casa lo pintó. Ahí el Quijote, vestido de traje militar del Ejército español, daba la bienvenida a sus visitantes y a sus enfermos.

El Negris hace una ligera pausa, se acomoda mejor en el sillón, toma un resuello bastante prolongado, trae a la superficie de su conciencia más estampas memorables de su juventud.

Las huellas del coronel ibérico

Hace mucho tiempo escribí mucho sobre este revolucionario español, en previsión de los ataques que el olvido propinara a mi memoria, expresa el profesor Desidor Silva, egresado de la Normal Rural de Ayotzinapa.

Estaba a unos 10 años de distancia de la guerrilla. Ahí había registrado las pláticas que tuve con él, las pláticas que él tuvo con el Che y Fidel Castro, las pláticas que sostuvo con el general Bayo. Pero no encuentro las hojas del cuaderno de doble raya.

Cuando se dio a la fuga Palox Palma, luego arrió con toda la familia, con su retoñito mexicano, Toñito, y su mujer, Paula Cabañas, prima de Lucio Cabañas. Todos se fueron a Venezuela. Allá tenía Palox muchos amigos revolucionarios y no revolucionarios.

Así me lo expresó en una carta que recibiera a los pocos días de su desaparición: “Voy con destino a Venezuela, a preparar más guerrilleros, a sembrar la semilla de otra revolución al estilo de la cubana. Me espera un joven muy prometedor, muy receptivo a las nuevas ideas que cambiarán la realidad de nuestra tan avasallada América Latina, de nombre Hugo Rafael Chávez Frías. Ojalá florezca la revolución socialista en Guerrero y en México. Mucha suerte, ¡joder!”.

Fíjese que hace poco me entregaron una carta firmada por las nietas, por los nietos de Palox. Quieren que les cuente cómo fue la vida de su abuelo en México, en Guerrero, en Atoyac, en la sierra, en la costa.

Ellos quieren que les mande decir qué tanto hizo su abuelo por estas tierras surianas. Cómo vivía, cómo se comportaba en la sociedad, cómo era con la gente más pobre, en suma, ¡qué hostias hacía su abuelo en un pueblo de un país del Tercer Mundo, joder!, como hablaba él. Tienen mucha curiosidad sus descendientes, herederos de una gran fortuna, en saber qué chingaos hacía aquí su abuelo. Con tanta lana que tenía oculta en el país sudamericano.

La captura del maestro idealista

El hombre contemplaba, junto a su atractiva acompañante, las caricias del espumoso mar, allá abajo, sobre las rocas cafesosas de los acantilados. Volaban parvadas de golondrinas que se perdían entre el cielo oscurecido gradualmente. Felices disfrutaban, el hombre y la joven, después de meses de no poder verse, de tal encuentro clandestino. Alegres testimoniaban la lenta caída del sol rojizo sobre el horizonte, más allá de las nubes grisáceas, por el abismo del Océano Pacífico. Se encontraban en el mundialmente famoso símbolo del puerto, La Quebrada.

?¡No se muevan hijos de la chingada! ¡Porque si no aquí mismo los quebramos!

El profesor sintió la boca de una pistola en la espalda. Alzo los brazos. No protestó, no dijo nada. Su acompañante, una hermosa joven, experimentó lo mismo. También levantó los brazos sin exclamar nada, sin oponer la más mínima resistencia.

El profesor de primaria supo que hasta ahí pulsaba su vida. Tantos años de lucha democrática, de sueños, de ideales por cambiar las estructuras corruptas del gobierno, tantos años de lucha por que ya no existiera la pobreza en los pueblos guerrerenses. Se lo llevaban sin darle oportunidad de despedirse de sus familiares, de sus amigos, de sus compañeros guerrilleros. Sintió no poder atestiguar con los meses, con los años, las consecuencias benéficas del levantamiento en armas. Si algún día las tendría. Siempre quiso convencerse, mediante obras concretas de desarrollo y progreso a lo largo y ancho de la entidad suriana, del ejercicio de libertades, del respeto de los derechos de los hombres, de la aplicación honesta de la justicia, para todos por igual, si había valido la pena entregar la vida a la causa revolucionaria. Albergó la titilante esperanza de que sólo fueran a darle una calentadita.

?¡Ahora sí ya se los llevó la chingada, cabrones! ¡Pinches guerrilleros! ¡Comunistas hijos de la chingada!

De inmediato vendaron al profesor con un trapo, le amarraron las manos y los pies con una reata, lo manearon perfectamente. Ni pudo ver el rostro, la mirada, de sus captores. Si eran judiciales o soldados del Ejército mexicano. Luego, como si fuese iguana, lo metieron en la cajuela de un carro.

Lo mismo hicieron los hombres, en escasos segundos, con la acompañante del profesor. Sin embargo, a ella la metieron a la cajuela de otro coche, a la joven Gloria Verber Galeana, novia de Lucio Cabañas Barrientos.



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