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La mañana del 6 de agosto de 1945, justo a las 8:15 horas, una intensa luz blanca, segadora, cubrió la ciudad japonesa de Hiroshima, para luego quemar y desintegrar a cientos de miles de sus habitantes. El gobierno de Estados Unidos festejaba con gran júbilo el éxito de “Little Boy”, la primera bomba atómica lanzada contra la humanidad. Sesenta y cuatro años después, los sobrevivientes del genocidio aún luchan por mantener viva la memoria


Manuel Ortiz / texto y fotos

Hiroshima, Japón. Yukio Yoshioka, originario de Hiroshima, tenía 16 años cuando estalló la bomba atómica. Cuenta que ese día no tuvo clases, pues su grupo fue asignado para ayudar, el 5 y 6 de agosto, en las tareas de construcción de refugios en el centro de la ciudad, en caso de ataques aéreos. Transcurría la Segunda Guerra Mundial y Japón peleaba contra Estados Unidos.

El grupo de Yoshioka se dividió en mitades: unos trabajarían el 5 y otros el 6. Decidieron el día jugando “papel, tijera o piedra”. Yoshioka ganó y escogió el día 5; esto le salvó la vida, y se la quitó a sus amigos, a quienes aún recuerda con dolor.

El 6 de agosto muy temprano, Yoshioka salió a trabajar con su padre a las orillas de Hiroshima. “De pronto vi un resplandor cegador. Pensé por segundos que había caído una bomba exactamente en mi cabeza, pero de inmediato perdí el conocimiento. Cuando desperté, mi alrededor era un mar de fuego; escuchaba gritos y llantos por todos lados, aquello era un verdadero infierno, y uno sentía una impotencia enorme por no poder hacer nada”, narra Yoshioka.

Apenas a una millonésima de segundo del estallido, la temperatura de Hiroshima alcanzó los 3 mil grados Celsius, carbonizando lo mismo a humanos que árboles y edificios. El 80 por ciento de la ciudad desapareció.

Dos horas después, según la versión de sobrevivientes entrevistados, habían muerto aproximadamente 200 mil personas; en Estados Unidos se dice que fueron 75 mil y otras versiones en el mundo hablan de entre 70 mil y 150 mil. No hay datos exactos, pero se sabe que entre los muertos de Hiroshima también había miles de prisioneros coreanos que eran obligados a trabajar en la ciudad en condiciones de semiesclavitud. La cifra de fallecidos en Nagasaki por la bomba se estima en 70 mil.

Secuelas

Tampoco se sabe con exactitud cuántos sobrevivientes de las bombas atómicas quedan en Japón. Se piensa que de 243 mil 692, contando a los hijos de éstos, muchos de los cuales nacieron con deformidades o desarrollaron, como sus propios padres, leucemia, cáncer, deformaciones corporales y otros padecimientos físicos, que continúan cobrando vidas hoy en día. De agosto de 2007 a agosto de 2008 murieron 5 mil 602 japoneses por causas relacionadas con la bomba atómica.

Además, los sobrevivientes enfrentaron una tremenda discriminación en Japón, que duró años luego de las bombas. Sus padecimientos eran tan extraños que el resto de la población temía contagiarse con el contacto, por lo que padecieron exclusión social y laboral, obligándolos a vivir en las sombras. “Yo intenté quitarme la vida varias veces… nadie me daba trabajo, nos veían mal, me sentía muy deprimido; sobre todo por la impotencia que sentía de no haber podido ayudar a mis amigos, a la gente que veía muriéndose en la calle; deseaba haber muerto con ellos”, dice Yoshioka.

Con el tiempo se fueron creando medidas para ayudar a los sobrevivientes, incluso hay un hospital especializado en radiación nuclear en Hiroshima; pero aun así, muchos enfermos de cáncer o leucemia no han podido probar que estaban en Hiroshima o Nagasaki el día de los ataques; otros simplemente, incluso en estos días, han preferido seguir viviendo en el anonimato por temor al rechazo.

¿Por qué Hiroshima?

El 11 de junio de 1945 un grupo de 57 científicos encabezados por James Franck, premio Nobel de Física, le recomendaron al presidente estadunidense Harry S Truman no utilizar la bomba atómica (que era un proyecto secreto denominado Manhattan) contra la población civil, sino más bien hacer una demostración pública en una zona desocupada para que Japón y el mundo vieran el poderío de Estados Unidos. Truman los ignoró. Ni la sociedad estadunidense ni su Congreso se enteraron de este reporte –sostiene la investigadora Silvia González, de El Colegio de México–, debido a la censura mediática montada en torno al tema.

No obstante, la versión oficial estadunidense nunca ha dejado de justificar el genocidio, alegato que el poder destructor de las tropas japonesas era imparable. “Los japoneses de aquel entonces tenían problemas mentales. No se detenían con nada. Fue necesario arrojarles la bomba para salvar vidas estaunidenses”, dijo un fotógrafo del ejército estadunidense que participó en la Segunda Guerra Mundial. Manejaban también la versión de que Japón tenía armas de destrucción masiva, algo que nunca se logró probar.

Pero el sobreviviente Mito Kosei, exprofesor de preparatoria, historiador y ahora activista por la paz, sostiene que si Japón hubiera realmente tenido tales armas de destrucción masiva, las hubiera usado. Y afirma, como muchos analistas internacionales, entre ellos el profesor estadunidense de ciencias sociales Fleming (en su libro La Guerra Fría), que para cuando se lanzó la bomba, Japón estaba sumamente debilitado, tanto en armamento como económicamente, por lo que la guerra no podía durar mucho más tiempo y Estados Unidos lo sabía.

De acuerdo con Estados Unidos, Hiroshima fue escogido porque tenía un clima despejado con suficiente visibilidad, y porque no había prisioneros estadunidenses. Pero Kosei vuelve a desmentir, pues asegura que en Hiroshima había 12 prisioneros y que Estados Unidos también lo sabía. Este dato no aparece en el Museo Memorial de la Paz en Hiroshima, porque, de acuerdo con Kosei, las autoridades no quieren incomodar a los visitantes estadunidenses.

Hiroshima no era blanco de ataques frecuentes en la Segunda Guerra Mundial porque la ciudad era principalmente la sede de escuelas y universidades en Japón; aunque había cuarteles militares, una gran parte de la población era estudiante.

La bomba fue lanzada en Hiroshima, según Kosei y el historiador japonés Kobayashi Itaru, entre otros, porque era una de las ciudades menos bombardeadas durante la guerra, y Estados Unidos quería probar el impacto real de la bomba atómica sobre una ciudad relativamente limpia. Fue más que nada un experimento con fines políticos, afirman.

La investigación de Gar Alperowitz, titulada La decisión de usar la bomba atómica, publicada en inglés en 1995, demuestra que Estados Unidos usó el arma nuclear no para evitar la muerte de más estadunidenses, sino para mandar un mensaje mundial: “Tenemos el monopolio de este tipo de armas de destrucción masiva, y no nos tiembla la mano para usarlo contra la población civil”.

Lucha por la paz

Miyako Yano tenía 15 años cuando el resplandor de la bomba atómica en Hiroshima le cambió la vida para siempre.

Yano relata con visible angustia que por algunos años trató de borrar de su mente lo que vio y escuchó aquel 6 de agosto de 1945 en Hiroshima: “Las personas caminaban como zombis entre los escombros con la piel cayéndoseles a pedazos… lloraban, gritaban y pedían agua, agua… todos estaban desesperados por beber agua. Luego se quemaron los restos de los fallecidos; muchas madres tuvieron que prenderle fuego al cuerpo de sus propios hijos, y lo mismo pasó de hijos a padres. Era horrible, como una pesadilla”.

El recuerdo era tan doloroso que Yano optó por no volver a hablar de la bomba atómica, por hacer como si nunca hubiera pasado. Pero al ver años después las imágenes de lo que estaba pasando en la guerra entre Estados Unidos y Vietnam, Yano recordó el sufrimiento que causan las guerras, así que decidió volverse activista y luchar por la paz a través de la Federación de Víctimas de la Bomba Atómica en Hiroshima. “Luego de muchos años, comprendí que no podemos olvidarnos de lo que pasó, porque entonces el peligro de que vuelva a ocurrir algo tan espantoso seguirá latente en cualquier parte del mundo”, sostiene Yano.

Algunos miembros de esta federación, como Mito Kosei y Tomiaki Nagahara, sirven de “guías de paz” (voluntarios) en el Parque de la Paz, en donde se localiza un símbolo mundial de la tragedia, el esqueleto de un edificio conocido como Domo Atómico, conservado como quedó después de la bomba.

Joan Hinton, de 86 años, una de las científicas que ayudó a construir la bomba atómica en Estados Unidos, es ahora también una activista por la paz. El impacto que le causó ver el resultado de la bomba en Hiroshima la hizo retirarse por un largo periodo de la ciencia. “No pensé lo que iba a pasar, yo era sólo una científica, pero me siento culpable”, dijo Hinton durante el aniversario 63 de lanzamiento en Hiroshima.

En un principio, Hinton protestó en Washington por el uso que el gobierno le daba a la ciencia para “asesinar personas”, pero nadie le hizo caso. “Desilusionada” por el “innecesario” ataque nuclear, al que definió como un “crimen contra la humanidad”, se fue a vivir a China y comenzó años más tarde a levantar su voz por la paz mundial.

Los sobrevivientes

En occidente se tiene la idea de que los japoneses guardan rencor contra estadunidenses por las bombas atómicas, pero no es así.

“Antes de que Estados Unidos se mostrara afligido por los hechos, nosotros ya los habíamos perdonado. La principal razón por la que no le guardamos rencor es por el budismo”, explica Yoshioka. Kosei agrega: “El principio del budismo es generosidad, gratitud y amor. Nosotros odiamos la guerra y las armas nucleares, pero no a los estadunidenses; de hecho sabemos que muchos de ellos están interesados en conocer la verdad sobre lo que pasó y se sienten apenados”.

El problema es la “ignorancia” de los hechos, sostiene Kosei: “El pueblo estadunidense tiene un gran desconocimiento sobre su propia historia, porque se la han ocultado, lo han engañado, por eso creo que este pueblo, al igual que el japonés, ha sido víctima de sus propios gobernantes. Al pueblo japonés, por ejemplo, nadie le preguntó si quería ir a la guerra; ésa fue decisión de unos cuantos, como sucede siempre en las guerras”.

Para Kosei, Barack Obama representa la esperanza de un “pequeño cambio”, pero recalca: “El sistema sigue siendo el mismo, es intervencionista y bélico. Por eso, repito, nada tenemos contra el pueblo estadunidense, pero estamos en contra de sus sistema político y económico, al igual que estamos en contra del actual sistema político de Japón; ninguno de los dos es honesto”.

Pero perdonar y olvidar no es igual. Kosei sostiene que resulta fundamental conocer la historia para promover la paz. Relata, con notable enfado y preocupación, que en el mismo Japón las nuevas generaciones desconocen lo que pasó en Hiroshima. Afirma que se jubiló de maestro de preparatoria dos años antes de lo debido, porque el sistema educativo japonés no les permite a los profesores profundizar en la enseñanza de lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. Algunos escritores argumentan que esto se debe a que Estados Unidos, en concordancia con el emperador japonés y las autoridades de la isla, estuvo involucrado en la creación de los planes de estudio con el fin de ocultar parte de lo ocurrido. “Los alumnos aprenden fechas para pasar los exámenes, pero la mayoría carece de capacidad analítica y no es capaz de argumentar sobre hechos históricos como la bomba atómica”, expone Kosei.

Guerra Estados Unidos-Japón

Estados Unidos declaró la guerra a Japón el 8 de diciembre de 1941, luego de que éste atacara por sorpresa, el 7 de diciembre de ese año, la base militar de Pearl Harbor (en Hawai, colonia estadunidense). Hasta ese momento Estados Unidos no se consideraba formalmente parte de la Segunda Guerra Mundial (1935-1945), sin embargo, participaba activamente apoyando con suministros a los países en conflicto con Japón.

Los cuatro sobrevivientes entrevistados no justifican el genocidio en Hiroshima y Nagasaki, pero reconocen que Japón ha cometido errores históricos por la postura bélica del pasado, y ha agredido a otras naciones, como a China, Corea y a Estados Unidos, con los ataques a Pearl Harbor.

“Nosotros, los sobrevivientes de la bomba atómica, hemos visto la guerra como perpetradores y como víctimas. Entendemos el sentimiento de quienes sufren por las guerras, y sabemos de la peligrosa arrogancia de los perpetradores de las guerras. Las guerras destruyen los derechos humanos, el derecho a la vida y la libertad de conciencia. Mis sentimientos me dicen que cualquier intento de cambiar la constitución para permitir guerras tiene que ser frenado”, dice Yukio.

Amenaza latente

El artículo 9 de la Constitución japonesa se opone a la incursión armada de Japón en las guerras. Pero según pacifistas en Japón, en los últimos años Estados Unidos, con la complacencia de autoridades japonesas, entre ellos el expresidente Junichiro Koizumi, ha ejercido presión sobre Japón para que modifique dicho artículo y vuelva al terreno de combate, pero ahora como aliado.

El vecino Corea del Norte podría ser uno de los futuros contrincantes de Japón. Las relaciones, de por sí históricamente conflictivas entre estos dos países, han llegado a puntos críticos durante 2009, luego de que en abril el régimen del gobierno norcoreano volviera a realizar pruebas nucleares subterráneas y por aire en el Mar del Este (Mar de Japón). Tanto Japón como Corea del Sur han tomado dichas acciones como una amenaza a sus territorios, y han pedido a la comunidad internacional, por medio de la Organización de Naciones Unidas, que se efectúen sanciones al respecto.

“Lo que está haciendo el gobierno norcoreano es estúpido”, comenta Kosei. Pero sostiene que “Japón no debe caer en provocaciones ni debe dejarse llevar por los intereses del gobierno estadunidense. El mundo entero debe abandonar el discurso bélico, comenzando por Estados Unidos, que es el país más armado del mundo y, por tanto, el más peligroso”.

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