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Los narcotraficantes invaden pueblos y ciudades, pisotean identidades y enferman el ambiente social al convertir el territorio en campo de combate, secuestros, levantones, escaramuzas, desapariciones, muertes, ejecuciones. Los crímenes son sádicos, crueles y degradantes: iglesia de Durango

Durango, Durango. Por el cierre de la frontera de México, el narcotráfico se ha replegado a los estados del norte. En consecuencia, desde hace dos años, la inseguridad y la violencia que origina se difunden más por el país. Esto recuerda los años de la mafia de Sicilia o de Chicago, dice Héctor González Martínez, arzobispo de la Arquidiócesis de Durango.

“Los grupos de narcotraficantes le estiran a la cobija, cada quien para su lado, queriendo repartirse el control del territorio. Cada semana se sabe de balaceras, de amenaza de bombas y explosión de granadas, de levantados, de ejecutados y cobro de denuncias. ¡Lástima que muchos tengan oídos sordos o ya se vayan acostumbrando!”, se queja.

En la glosa de su Cuarto informe, el gobernador Ismael Hernández Deras reconoce que las ejecuciones en Durango han aumentado en 600 por ciento, que la coloca como la segunda entidad en el país con el mayor número de asesinatos de ese tipo, según las estadísticas de la Secretaría de Seguridad Pública local.

El arzobispo –el mismo que declaró en una entrevista con la prensa local al término de la misa del pasado domingo 12 de abril que “adelante de Guanaceví vive Joaquín Guzmán Loera, el Chapo– durante la homilía, dio a conocer un somero diagnóstico del narcotráfico, pero los reporteros “se fueron por lo mediático”, dice el vocero de la Arquidiócesis de Durango, Víctor Solís.

Desde el púlpito de la catedral del estado, Héctor González leyó un extenso artículo sobre el narcotráfico en el país y en particular en el estado, a la manera de exhortación pascual. También se refirió a la exhortación pastoral sobre el mismo tema que pronunció el 6 de agosto de 2008.

El sacerdote describió: “Algunos grupos aparecen como antagónicos, destacándose en discutir directamente a sus contrincantes las ‘plazas’ y los distribuidores: van por los contrarios, los levantan, los ocultan, los masacran, los descabezan y los exponen en la vía pública. A veces, algunos, de nómadas se van haciendo sedentarios, asentándose en poblaciones grandes y pequeñas. Otros se posesionan del control de los pueblos, suplantando a las autoridades legítimamente constituidas, sintiéndose sus protectores: obligan a la gente a pagar un tributo.

“Paralelamente, existen partidas que se valen de la confusión, dedicadas a extorsionar a ricos y pobres. Consiguen direcciones y haciéndose pasar por Zetas, por La Familia Michoacana, La Línea u otros, telefonean y exigen cantidades en efectivo, pero también en especie, inclusive vehículos o bienes muebles. Los párrafos anteriores no agotan la descripción del fenómeno; la situación no ha mejorado, se vuelve más confusa.”

Pueblos en sicosis

Contrario al discurso oficial del gobernador Ismael Hernández Deras de que Durango es una de las ciudades más seguras del país, el sacerdote denuncia que “la gente de los pueblos se siente desorientada, desconcertada y en sicosis; sin autoridad competente que ponga orden a tan crítica situación que casi se vuelve caótica”.

Algunos pueblos, agrega, “se defienden acudiendo a los templos, cavando fosas en el paso de los caminos o alrededor de los poblados, turnándose por casas para dormir juntos, hasta el extremo de dormir en las azoteas para descansar o vigilar. La gente se siente desprotegida de sus autoridades, que no han mostrado capacidad y competencia para restablecer la paz pública”.

Esta situación prevalece, dice Héctor González –quien desde el inicio del conflicto en Chiapas es miembro de la Comisión Episcopal de Reconciliación y Paz– en la ciudad de Durango, en Santa María del Oro, San Bernardo, Guanaceví, Tepehuanes, Santo Papasquiaro, El Salto, Guadalupe Victoria, Ramón Corona, Vicente Guerrero, Cuencamé, Súchil, Chalchihuites, San Andrés del Téul.

Agrega que la gente clama por la ayuda de sus pastores, quienes se encuentran en una situación parecida, pues también ellos han sido presas de la inseguridad y la extorsión. Reconoce que “la religión no es un recurso meramente estratégico para proteger a la población”.

Ante ese panorama, llama a que, “con la seguridad de que también nosotros tenemos poder, contrarrestemos el narcotráfico, cuidemos nuestras familias, nos organicemos solidariamente, acudamos a las autoridades”.

El arzobispo alerta a las autoridades para que “tomen en cuenta que la gente desconfía. Percibe que las denuncias se filtran, llegando hasta los mismos captores o agresores, quienes luego se vengan”, y los exhorta a que atiendan “seriamente las quejas de la gente”. A pesar de la desconfianza, los convoca a superar el miedo y a que “acudan a la denuncia anónima, haciendo de ello la cultura de la denuncia civil”.

Sin embargo, el religioso se pregunta: “Y todo esto, ¿para qué? Habrá quien vea esas situaciones como irrelevantes o sin remedio; habrá quienes no tengan confianza en el recurso de Dios”.

Narcotraficantes, nuevos conquistadores

Ocho meses atrás, el 18 de agosto de 2008, el arzobispo publicó una carta abierta a los ciudadanos duranguenses y zacatecanos, pertenecientes a la Arquidiócesis de Durango, sobre el narcotráfico y sus consecuencias, a la que tituló: “Narcotraficantes, nuevos conquistadores”, y en la que condena a este flagelo social y perdona a los narcotraficantes.

En la carta, dirigida a quienes “han sufrido en su persona, en su salud o en su familia las consecuencias de las adicciones, como la muerte, la soledad, la viudez o la enfermedad”, responsabiliza al narcotráfico de la inseguridad y la violencia “que se difunden por pueblos y ciudades de la arquidiócesis”.

El narcotráfico, dice, “es más grave cuando el cultivo, su transformación y comercialización provocan la lucha violenta entre grupos de distribuidores, derramamiento de sangre y muerte, inseguridad, ingobernabilidad, trastoque del orden social, sicosis, orfandad, viudez, desprotección familiar y afectación al ambiente; sádicos crímenes, refinada crueldad y degradados sentimientos humanos, con lo que se pierde todo sentido del honor y de la dignidad del prójimo.

“Desde hace 50 años sabíamos del narcotráfico y de hechos violentos en lugares de la arquidiócesis, pero a últimas fechas este cáncer social en vez de sanar ha empeorado; ahora, nuevos actores discuten el control para distribuir drogas por más y diferentes rumbos del territorio. Los narcotraficantes, en grande y en pequeño, están invadiendo pueblos y ciudades de nuestra arquidiócesis, apoderándose de ellos como nuevos conquistadores, pisoteando nuestra identidad y enfermando el ambiente social.

“En años pasados, sabíamos de la siembra de enervantes, de su transporte desde Centro y Suramérica hacia Estados Unidos, y de su comercialización allá. A últimas fechas, Durango, sin dejar de ser camino real de sur a norte, también se va convirtiendo en campo de consumo al narcomenudeo, promovido e impulsado por ventanas clandestinas, picaderos, casas de consumo, expendios y puchadores.”

Ahora, continúa, “los cárteles de siempre y los nuevos grupos del sur en disputa aquí, allá o acullá, convierten el territorio duranguense en campo de combate, secuestros, levantones, escaramuzas, desapariciones, muertes, ejecuciones y descabezados. Y no importa que las ejecuciones sean entre quienes la deben en la competición delictuosa.

“Junto a estos efectos aparece la avaricia de los narcotraficantes por enriquecerse rápida e ilícitamente. Profanando la tierra con la siembra de estupefacientes se estimula el afán de acaparar rápidamente riqueza, dinero extranjero, inmuebles, vehículos último modelo y armas de alto poder.”

González Martínez condena esta situación y llama a vivir en paz y a combatir las causas profundas que originan la violencia y el narcotráfico. “Todos estamos moralmente obligados a construir la paz social. Es un gran pecado contra la moral social provocar la inseguridad pública y la violencia con ataques directos a personas o alterando el orden con fintas, escaramuzas, correos electrónicos, balaceras y ejecuciones. Durango no es tierra de nadie ni está disponible para quien la quiera tomar”.

De la misma manera, considera que el uso creciente de drogas debe reflejarse en una respuesta del Poder Legislativo, para que aumente el catálogo de sustancias prohibidas o sujetas a mecanismos estatales de control.

Perdón

El arzobispo, licenciado en teología y en historia eclesiástica, nació el 28 de marzo de 1939 en Miguel Auza, Zacatecas. Habla español, italiano y alemán. En Roma es ordenado sacerdote el 1 de diciembre de 1963 y el 26 de febrero de 2003 es nombrado arzobispo de Durango. En la carta abierta exhorta a los grupos de narcotraficantes a que abandonen su camino “de sangre y muerte”.

“Ante el contraste de la violencia y muerte en que andan ustedes inmersos, (espero que) les llegue a la conciencia el reclamo bíblico de Dios a Caín: ¿Dónde está tu hermano? El camino de las adicciones es un camino equivocado, que enferma y debilita el cerebro y el cuerpo humano, dejando a la persona adicta como una piltrafa humana, que con frecuencia termina en muerte. Es claro que el camino de la droga y de la violencia es camino de sangre y muerte.

“Quiero asegurarles que Dios ama a cada uno de ustedes, como hijos nacidos en el bautismo… Por tanto, quiero decirles que la iglesia les ama y se interesa por su bien material y espiritual, incluyendo el bien supremo de su salvación; la Iglesia ora e intercede por ustedes: Dios les mueva a cambiar y les perdone.”

Movilizaciones

Durante una movilización ciudadana en contra del narcotráfico y la violencia en la entidad, que se realizó en la ciudad de Lerdo el 1 de agosto de 2008, el arzobispo se pronunció por la reconciliación y la paz y ofreció sus condolencias a familiares y amigos de los policías Fernando Madrid Ramírez, Roberto Rodríguez Banda, Celestino Castro Villa y Luis Jesús Carranza Rojas, así como dos civiles asesinados por el crimen organizado el 28 de julio.

En esa ocasión, Héctor González expresó que “por muchos años nos hemos quedado sorprendidos, pasmados y callados ante la aparición y el desarrollo del narcotráfico y recientemente seguimos igual ante el incremento del consumo local entre hombres y mujeres, adolescentes y jóvenes, trabajadores y desempleados”.

A los concurrentes les dijo que, “ante la escasa e insegura información que se puede obtener, parece que a causa de la delincuencia organizada en Durango han caído 25 policías, 11 agentes de otras corporaciones y nueve elementos de la Dirección Estatal de Inteligencia.

Inseguridad y violencia institucionalizadas

“A lo largo de 50 años hemos visto brotar en nuestra tierra el cáncer del narcotráfico como la siembra, su distribución y comercialización hacia el norte, acompañado de sucesos violentos. Poco a poco, estos males se han propagado por nuestra patria chica.

“Este mal, en su ruta de la frontera norte del país, avanza, asienta sus reales en esta tierra. Su distribución se ha hecho consumo interno y se torna plaza discutida; es preocupante el aumento de la distribución de enervantes.”

El arzobispo manifiesta que la disputa por el territorio duranguense se ha tornado violenta con repetidos sucesos por todos los rumbos y cita como ejemplos lo ocurrido frente a La Parrilla, en Canatlán, Villa Unión, Nuevo Ideal, en el fraccionamiento Jardines de Durango, en lugares zacatecanos cuyas parroquias pertenecen a la arquidiócesis; en esta ciudad y en Gómez Palacio; levantones en Durango y en Santiago Papasquiaro.

“No se vale que digan: ‘Hemos llegado para quedarnos’, porque Durango no es tierra de nadie para que la tome quien quiera. Durango tiene un orden pluricentenario de vida personal, familiar y social. Tampoco se vale decir que el pleito es entre la competencia por el mercado en grande o en pequeño; ofende a nuestros sentimientos cristianos que se cometan en nuestra tierra crímenes crueles, prepotentes e impunes.

“No se vale incursionar prepotentemente y hacer escaramuzas por caminos, bulevares, carreteras y pueblos, sembrando zozobra y sicosis. No queremos vivir en la inseguridad y la violencia institucionalizadas en donde comandos y caravanas alteran el ambiente social.”

Las causas profundas

El arzobispo concluyó su alocución con argumentos políticos y propuso atacar las causas que originan el narcotráfico: “Vivimos en una sociedad de política representativa, en donde las personas constituidas en autoridad actúan por elección popular; pero también se ha de actuar por política participativa, en donde todo ciudadano o fiel cristiano hemos de tomar y cumplir la parte de responsabilidad que nos corresponde”.

Victor Solís, vocero de la Arquidiócesis de Durango, famoso por su admiración por Batman –despacha en una oficina repleta de figuras, fotografías, pósteres y juguetes con la figura del personaje–, refiere que, luego de la declaración del arzobispo, la iglesia vivió una crisis mediática que revela que “a veces todo lo que uno diga puede ser usado en su contra”. Reconoce que es “una rica experiencia para aprender a ser prudente y ponerle candaditos a las cosas. Nunca está uno preparado para eventualidades”.

Con especialidad en ciencias de la comunicación por la Universidad Gregoriana de Roma, Víctor Solís –quien dice que el arzobispo aún no está en condiciones de dar una entrevista–, explica que Héctor González “suelta lo que piensa de manera coloquial, muy simple y valiente. Ante la contingencia mediática que se dio a nivel nacional con la frase de ‘adelante de Guanaceví por ahí vive el Chapo’, de manera literal, escandalizó a mucha gente”.

En entrevista, cuestiona: “¿Quién se atreve a tocar esos temas? Nuestro arzobispo ha sido muy valiente, prudente, pero ha sido también muy veraz al solidarizarse con el sentir del pueblo de Durango”. Advierte que el mismo Héctor González aclaró, en su momento, el contexto en que dio esa declaración.

Se refiere a la aclaración que el arzobispo hizo pública el 19 de abril de 2009, siete días después de la referencia al Chapo, cuando dijo:

“El sustento de mi expresión se basa en lo que es del dominio público, de lo que el pueblo habla y de lo que yo escucho de feligreses y ciudadanos en los recorridos por ciudades, pueblos y comunidades del estado. Hablan desde su experiencia de sufrimiento e impotencia de superar la inseguridad y la violencia. También, según su experiencia de oportunidades, la gente afirma que él estuvo aquí, allá o acullá. Este conocimiento puede parecer ingenuo, acrítico o fantasioso, pero es conocimiento de contacto pastoral directo. De todas maneras, me disculpo ante quien se haya escandalizado con una frase escueta, basada sobre todo en el sentir de la gente que habla con su pastor.”

Y es que, dice Víctor Solís, en los pueblos de Durango y Zacatecas la gente vive con mucho miedo, a pesar de que hay esfuerzos, como la presencia del Ejército Mexicano, de las policías nacional y estatal, ahí está presente. Queda la interrogante de cuándo irá a terminar y cómo.

Dice que México es un mosaico de realidades, donde el narcotráfico “es un punto común que a los ciudadanos nos desconcierta, nos atemoriza, nos hace entrar en sicosis y en esquemas de vida que no habíamos pensado”.

Acusa que “gobiernos van y vienen y seguimos igual; hay un retroceso en la seguridad. La situación real de la Arquidiócesis de Durango en torno a la inseguridad es de desconfianza en las instituciones. El arzobispo no se enfrasca en un solo tema para engancharse, no se trata de eso, es un elemento (el narcotráfico) que está ahí presente en el marco de una realidad que no podemos tapar con un dedo”.

Agrega que el comentario del arzobispo sobre el narcotráfico “es un tema que no cualquiera lo hace. Don Héctor lo hizo y lo hace frecuentemente, motivándonos a que nos pronunciemos a estar con nuestro pueblo e iluminar como pastores con la verdad. Lo único que se tiene que imponer es la verdad, de ahí en fuera, nada; obviamente que se pisan callos, hay pisotones, hay quien brinca, pero nada más”.

Finalmente, el vocero de la arquidiócesis acusa a Televisa de haber manipulado una entrevista que le hizo durante esos días, pues la descontextualizó y sólo transmitió cuando dijo que el arzobispo “había hablado de manera temeraria”.