Derrota de Calderón

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Pocas personas votaron el pasado 5 de julio y de ellas sólo una minoría lo hizo por el Partido Acción Nacional (PAN) –partido que desde el poder impulsa proyectos contrarios al bienestar de las clases populares y al Estado laico.

Pese a la insistente publicidad del gobierno de Calderón, centrada en el autoelogio, y a supuestas encuestas según las cuales el presidente espurio goza de una aceptación sin precedentes en el país, la verdad es que no está con su gobierno la gran mayoría de los ciudadanos, formada por quienes se abstuvieron de votar, anularon su voto o votaron por otros partidos.

Así, el partido, que desde 1939 ha representado a la reacción nacional, la que fue afín a los cristeros, a los fascistas, a los gobiernos militares de Surámerica, ahora ha perdido incluso algunos de sus principales bastiones, como Guadalajara, Zapopan y Querétaro, entre otros.

La derrota electoral de la derecha mexicana viene a sumarse a hechos como el triunfo de Obama en Estados Unidos y el de la izquierda en El Salvador, que señalan el declive de la derecha religiosa en el continente.

Una derrota del PAN será siempre un triunfo del pueblo de México y del Estado laico; pero en la actualidad un triunfo de alguno de los otros partidos, donde abundan los políticos oportunistas, no es garantía suficiente de un avance social e ideológico.

Una gran parte de la población, como se reflejó en las votaciones, anhela volver a un pasado, que en muchos aspectos era mucho mejor que la realidad que se vive con Calderón y su partido. En los gobiernos priistas, hasta antes de De la Madrid y de Salinas, había cierto apoyo, no ciertamente el óptimo, pero sí real, a los sectores populares, mediante instituciones como el Seguro Social y con el apoyo a la educación pública.

No eran gobiernos abiertamente confesionales, plutocráticos y militaristas, como ha sido el de Calderón. Sin embargo, la clase política priista ha ido cambiando; con tal de conservar sus beneficios, se fue “empanizando”, al grado de apoyar, como se ha visto en los últimos meses, a la jerarquía católica, implantando en varias entidades leyes para encarcelar a las mujeres que abortan.

Si bien no hay partido peor que el PAN, actualmente no se puede esperar mucho del Partido Revolucionario Institucional (PRI), dados los hechos, en lo que concierne a la defensa del Estado laico y del bienestar popular, pero la posible salida del PAN del poder, en 2012, será una ganancia para todos, excepto para los pocos que se han beneficiado con él: empresarios voraces y abusivos, jerarcas católicos, grupos ultraderechistas y políticos de ese partido, al igual que políticos convenencieros, que han vendido su apoyo al PAN.

Entre ellos se cuentan los Chuchos, principales responsables del debilitamiento del Partido de la Revolución Democrática y enemigos de la corriente popular encabezada por Andrés Manuel López Obrador, expresión que pese a tener en contra prácticamente a todos los sectores del poder económico, incluyendo a las cadenas televisivas, logró un simbólico triunfo en la delegación Iztapalapa.

La derrota panista acarreó la renuncia del dirigente nacional de ese partido, Germán Martínez, luego del consabido berrinche de Calderón, pese a que la campaña del PAN se basó en elogiar a este último, exhortando a la población a apoyarlo en su ficticia lucha contra el narco (como si ése fuera el gran problema de la mayoría de la población). Quienes dentro del poder confiaron en la supuesta popularidad de Caderón, cayeron en su propia trampa, confiando en las mentiras de la propaganda oficialista.

En 2006, la derecha anhelaba que el pueblo se desmovilizara, que no saliera a las calles a protestar por el fraude, ni exigiera a las autoridades respeto a sus derechos políticos. Paradójicamente, a tres años de esa maniobra mediática, el resultado le ha sido adverso al PAN, frente a su enemigo histórico, el PRI, que en 2006 fue su aliado en el fraude y que ahora, con más fuerza social que la derecha confesional y manejando la ilusión de la vuelta a un pasado mejor, logra imponerse en las urnas con el apoyo de los pocos ciudadanos que votaron.

El fraude de 2006 fue una derrota del pueblo de México y de la pretendida democracia; la derrota del PAN en 2009 ha sido, a fin de cuentas, un triunfo de México, pero el triunfo del PRI beneficiará, directamente, ante todo a los políticos profesionales vinculados a ese partido, que cuidan primordialmente su acceso a la riqueza y al poder. La plutocracia y el clero han tratado de garantizar que los priistas cuidaran sus intereses, pero el PRI no es su partido, como lo es el PAN.

Ante esa situación, en 2012 se presentan escenarios que van desde la llegada del PRI al poder hasta un posible golpe militar al estilo de Honduras, donde la ultraderecha se mantuvo en el poder pese a no contar con reconocimiento internacional ni con otro apoyo que el del ejército, el episcopado y empresarios conservadores. Así podría mantenerse el PAN en el poder, incluso si perdiera dentro de tres años los comicios presidenciales.

*Maestro en filosofía con especialidad en estudios acerca de la derecha política en México

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