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Susana Ugarte Soler/Prensa Latina

Canberra, Australia. La explosión de la nueva influenza en Australia, con unos 4 mil casos confirmados, ha provocado un giro en la mirada oficial hacia los aborígenes, reconocidos como el grupo más desfavorecido de la población y, por tanto, vulnerable ante el ataque del virus A/H1N1. Los indígenas de la isla-continente, llegados de Asia hace unos 30 mil años y diezmados durante la colonización europea, suman actualmente unos 400 mil, el 2.2 por ciento de los casi 22 millones de habitantes del país.

Empero, el olvido y la desatención cobra inesperados tributos, y ahora la preocupación resulta extrema, a punto de llegar al miedo, porque el agente patógeno de la gripe encuentra las mejores condiciones de propagación en una minipoblación que subsiste en condiciones con frecuencia paupérrimas.

En algunos casos, los asentamientos de los antiguos pobladores australianos son más cercanos al Tercer Mundo que a la aventajada sociedad industrial.

Sus asentamientos, establecidos en número considerable al borde de primitivos caminos y a cientos de kilómetros de los centros de salud, se caracterizan por las desvencijadas casas, siempre súperhabitadas, y además carentes de higiene y de agua corriente.

En esas comunidades abundan las enfermedades crónicas, los niños son numerosos y resultan escasos los servicios médicos, factores determinantes para hacerlas especialmente susceptibles a la nueva gripe viral, señalan epidemiólogos dentro y fuera del país.

En el territorio norte, los aborígenes representan el 30 por ciento de los australianos, en total unos 200 mil, según los datos oficiales.

Los casos de contagio diagnosticados bordean los 200, de ellos la mayor parte son indígenas, refieren facultativos de hospitales de Darwin y de Tennant Creek, donde son internados aquéllos con mayores complicaciones.

Llegadas las postrimerías del veraniego junio, el Real Servicio Médico Aéreo emprendió la evacuación de los aborígenes infectados por el virus hacia esos centros. Las autoridades sanitarias alertan la presencia de otras patologías base, como la diabetes, hepatitis y la consecuente obesidad mórbida.

La titular federal de Salud, Nicola Roxon, reconoció la urgencia de hacer llegar a esos confines suficientes dosis de Tamiflu y otros medicamentos apropiados, en un intento de combatir el mal o al menos controlarlo, dijo.

La primera de las muertes reportadas a escala nacional fue precisamente un joven de 26 años enfermo del corazón, pulmones y riñones, procedente de una remota comunidad de 300 individuos del desierto norteño.

Algunas realidades

De acuerdo con la Asociación Médica de Australia, la expectativa de vida de los aborígenes es 17 años menor que la del resto de la población, y son tres veces más proclives a las insuficiencias coronarias.

Ellos lideran la mayor tasa de contagio del A/H1N1 a nivel nacional: 35 enfermos por cada 100 personas en el territorio norte.

La mayoría de los australianos, un 90 por ciento, descienden de europeos, sobre todo británicos.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de la isla se cuadruplicaron mediante un intensivo programa de inmigración, y en los albores del siglo XXI dos de cada siete nacionales residentes en la isla provenían del extranjero, unos 5.9 millones.

Muchos recuerdan que tras la abolición de la política de la Australia Blanca, en 1973, iniciativas de sucesivos gobiernos estimularon el desarrollo de una sociedad multicultural.

Ya en 2001, el 23.1 por ciento de los australianos era nacido en otros países, como el Reino Unido, Nueva Zelanda, Italia, Vietnam y China.

Entretanto, los aborígenes crecieron hasta unos 460 mil, el 2.4 por ciento del total de habitantes. Esta minoría soporta las mayores tasas de encarcelamiento, desempleo y bajo nivel de educación, además de vivir menos, indican datos oficiales.

“Todos sabemos que tenemos temor a que este tipo de gripe en particular se expanda entre las comunidades remotas y las haga su bastión, declaró a la ABC australiana el doctor Paul Bauert, presidente de la Asociación Médica en el territorio norte, quien vaticinó que “entonces las muertes serán muchas”.

El gobierno debe enviar tantos profesionales de la medicina como sea posible a las poco pobladas regiones desérticas, para contener el virus en los pueblos remotos donde viven los aborígenes, dijo Bauert.

A pesar de los 1 mil perdones pedidos por el gobierno y el Parlamento en febrero de 2008 a esa comunidad reprimida y marginada durante siglos por los colonialistas, la llamada nueva gripe insiste en denunciar que poco cambió la vida de los aborígenes australianos, ubicados en el lugar 103 en el Índice de Desarrollo Humano de la Organización de las Naciones Unidas, recuerdan los defensores de esa minoritaria etnia.

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