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De nueva cuenta, la principal derrotada de las elecciones es la población y sus afanes democráticos. Son esos sectores que suponen, pasivamente, que algún día, por sí mismo, el sistema político mexicano hará a un lado la farsa electoral actual, renegará de su esencia autoritaria, desmantelará las estructuras corporativas y se reformará en una democracia incluyente, participativa, que se extienda hacia todos los ámbitos de la vida nacional. La actuación de los grupos dominantes y la experiencia histórica nos indican que la transformación económica, social y política de México no llegará con la ilusión electoral; tendrá que venir, inevitablemente, por fuera y contra el sistema; tendrá que ser derribado para democratizar el sistema.


Los resultados de las votaciones no ofrecen indicios, aunque sean endebles, de una inminente alteración en la naturaleza y funcionamiento del país, más allá de los que inevitablemente provocarán el reacomodo de las fuerzas políticas en el ámbito nacional, estatal y municipal; los asociados a los intereses grupales, los compromisos partidarios y los acuerdos que tendrán que llegar entre ellos. La alternancia en el gobierno en 2000 nunca tuvo por objeto desechar el antisocial neoliberalismo ni el autoritarismo presidencialista heredados por los priistas, sino asegurar la continuidad de ambos, íntimamente indivisibles; obstaculizar y descarrilar las exigencias y las presiones democratizadoras de las mayorías, y aparentar que con el desplazamiento del partido tricolor del gobierno, esos anhelos habían sido mágicamente alcanzados.

Carlos Marx escribió en 1850: “Después de la revolución de julio, cuando el banquero liberal Laffite acompañó en triunfo al Hotel de Ville a su compadre, el duque de Orleans (quien sería poco después el rey Luis Felipe) dejó caer estas palabras: ‘desde ahora dominarán los banqueros’. Laffite había traicionado el secreto de esa revolución”. En 2001, el deslenguado Vicente Fox también develó el secreto de la alternancia y la contrarrevolución de la derecha cuando dejó en claro que su gobierno “es de empresarios, por los empresarios y para los empresarios” (La jornada, 16 de junio de 2001). Felipe Calderón, con su gobierno, refrendó la continuidad por ese sendero cuando declaró al diario La Vanguardia, de España, que México se convirtió en un “seguro contra populismos”. “Hay una preocupación entre los inversionistas sobre lo que pueda pasar en América Latina”. Para tranquilizarlos, Calderón añadió: “Lo ocurrido en Venezuela, Bolivia y otros países, donde ha habido expropiaciones que los inversionistas consideran atentan contra su patrimonio, no debe ser una percepción que englobe a toda la región. En México, refrendo las garantías de mi gobierno para respetar los derechos del patrimonio y la legalidad de todo mexicano o extranjero que viva o invierta en nuestro país” (El Universal, 29 de enero de 2009).

El panismo sólo representó la puerta de escape para las elites dominantes ante el desacreditado priismo, luego de la sangrienta lucha por el poder en el ocaso salinista –Ernesto Zedillo nunca pudo ocultar su desprecio por ese partido e hizo lo necesario para que fuera derrotado en 2000– y el riesgo del triunfo electoral de Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. En 1989, cuando Ernesto Ruffo se convierte en el primer gobernador de la oposición, en Baja California, con la bendición de Carlos Salinas de Gortari, iniciándose la alternancia entre las falanges de la derecha neoliberal priista y la reacción clerical panista, otro boquiflojo, el empresario yunquista Eduardo García Suárez, declaró orondo: “El sistema que dominó a la sociedad durante casi 60 años está liquidado”. “No admitimos un cambio sin nosotros; el que se produzca deberá ser con nosotros”.

En realidad, lo anterior sólo es un detalle periférico para los grupos empresariales, nostálgicos de los gobiernos gorilas –en 1976 el “respetado” Ricardo Margáin Zozaya decía que el mandato de Gustavo Díaz Ordaz “no fue el más grande de los gobiernos, pero permitió el progreso”, es decir, el de ellos, mientras bramaba que el sucesor de Luis Echeverría no debería seguir su “senda del socialismo” (sic)– que empezaron a conspirar a partir de la década de 1970 en contra de Luis Echeverría y José López Portillo, con el objeto de doblegarlos, asaltar el Estado, confiscarlo y ponerlo a su servicio. Con Miguel de la Madrid tomaron el poder político y junto con él, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón demolieron el Estado surgido de la Revolución Mexicana y la Constitución de 1917 que lo amparaba (en particular, los artículos 3, sobre la educación; el 27, sobre la propiedad del Estado y las nacionalizaciones; el 28, sobre la rectoría del Estado; el 123, sobre el trabajo, y el 130, relativo a las restricciones de la iglesia, entre otros); mantuvieron las viejas formas despóticas de dominación política e instauraron su proyecto de nación soñado, las formas más salvajes de la acumulación capitalista, conocidas como neoliberalismo.

Bajo la reestructuración políticamente despótica y económicamente neoliberal, la única “izquierda” que tiene espacio es la “moderna”, la que decidió emascularse a sí misma, como los chuchos, que aceptan su marginalidad dentro del sistema. Que han demostrado no representar ningún peligro político. La que ha abandonado su interés por el cambio y en nada se diferencia de las hetairas de la derecha panista y priista-beltronista en la defensa de los intereses empresariales. Que abandonó todo escrúpulo por las prebendas ofrecidas por sus pequeños espacios de poder, y para mantenerlos está dispuesta a sabotear a otros movimientos de la izquierda.

Honduras es el nuevo recordatorio de los límites impuestos por las elites.

A los grupos dominantes no les interesa su legitimidad, sólo la legalidad formal; no les preocupa que las recientes elecciones sean pírricas, si se considera que poco más del 60 por ciento de los electores decidió clara o ingenuamente demostrar su rechazo a la representación del sistema de partidos. Nunca les importó la involución observada con la ley electoral de 2007, ni el cúmulo de tropelías cometidas por el Ejecutivo, los propios partidos –los dueños de la franquicia de los mercenarios de los “verdes” resultaron alumnos aventajados y, como las rameras de la más baja estopa, vendieron sus servicios a Ricardo Salinas Pliego–, las autoridades electorales, los empresarios, como los dueños del duopolio televisivo; la iglesia católica. Mientras no existan mecanismos legales de sanción y de efectiva participación social, ellos seguirán operando e imponiendo sus intereses a la sociedad, tal y como ocurre desde la década de 1920.

Las elecciones fueron una lucha fratricida entre las Gorgonas.

Para Calderón y su pandilla del panismo, fue un verdadero desastre y se avizora su derrumbe de la Presidencia.


Después de la sociedad, fueron los principales derrotados del proceso electoral. Si el mandato de Calderón, montado sobre los hombros del aparato policiaco-militar, se ha caracterizado por su ilegitimidad, su debilidad se agravará en lo que resta de su mandato. Es víctima de sí mismo, su despotismo, su deprecio a la sociedad, su indiferencia ante los costos de la recesión, los abusos de los órganos represivos del Estado que comanda, los infantes muertos en Sonora. Su dilema es dramático. Ahora depende del fortalecido Partido Revolucionario Institucional (PRI); él y su partido están en sus fauces. Su agenda depende de ellos, a quienes golpeó. Negociar con ellos será como cavar su tumba. Si rechaza sus amores, cada vez más caros, como medida desesperada para salvar a su sucesor, su partido y sus espacios de poder, sucederá lo mismo. Quedó atrapado en su propia trampa.

Calderón ya tuvo que arrojar la cabeza de su troglodita Germán Martínez a los perros.

Después seguirá la suya.

Se dice que los principales ganadores son los beltronistas y las hordas del PRI, y que se avecina el retorno de los dinosaurios, dado sus espacios obtenidos en la Cámara de Diputados y los de sus caciques regionales. Pero su triunfo es miserable, si se consideran los votos de rechazo del sistema. Además nunca se fueron; cogobiernan. Ese partido abandonó todos sus principios que formalmente decía que lo caracterizaban. Junto con los panistas es responsable de las peores causas en contra de las mayorías: la contrarreforma electoral; la reprivatización petrolera; los fondos de pensión; la defensa de los intereses de la banca y las televisoras; su participación en la cruzada contra los derechos constitucionales de la población, como es la decisión de la mujer a abortar; el uso de sus tradicionales y corruptas prácticas electorales; su defensa de infanticidas como Eduardo Bours Castelo y delincuentes como Enrique Peña Nieto; su solapamiento del pisoteo de la Constitución cometida por la iglesia católica.

El PRI es un fiero cancerbero de los intereses de los hombres de presa y ahora se prepara para demostrarles que es el heredero ideal para defenderlos a partir de 2012.

Los que desencantados del panismo votaron por ellos y lo harán en 2012 tendrán que asumir los costos, tal y como lo hicieron con los panistas en 2000 y 2006.

La “izquierda” tendrá que llevar hasta sus últimas consecuencias la disputa por el partido y su representación dentro del sistema de partidos; entre el colaboracionismo descastado o la opción lopezobradorista que tampoco propone un cambio trascendental y que también es corresponsable de la crisis de esa “izquierda”.

Los tiempos históricos son ominosos. Oscilan entre el viejo régimen decimonónico, panismo del Estado clerical y el despotismo oriental priista.

El oscurantismo por todos lados. El juego electoral es palaciego.

Gane o pierda el PRI o el Partido Acción Nacional, las elites empresariales serán las ganadoras. De todos modos, ellas ya preparan su Silvio Berlusconi.

El cambio democrático, antineoliberal y anticapitalista tendrá que venir como una tempestad que arrase al sistema cuando el bloque dominante cierre todos los espacios.

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