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El manual de táctica contrainsurgente que desclasificó el Pentágono en abril pasado concentra la experiencia de décadas de lucha a nivel global y la adapta a las ciudades, futuro escenario de los conflictos. El documento, que sirve de base para combatir guerrillas de todo el mundo, dicta que la contrainsurgencia debe ser total: involucra “todas las acciones políticas, económicas, militares, paramilitares, sicológicas y cívicas que puedan ser tomadas por un gobierno para lograr su objetivo”

Contrainsurgencia (Coin) es la lucha armada que puede ganarse o perderse si la nación anfitriona intercambia la información que tiene sobre la insurgencia con Estados Unidos y si existe o no un gobierno representativo y fuerte con el que este país establezca un acuerdo de cooperación, sentencia el manual de campo de las fuerzas armadas estadunidenses Tácticas en contrainsurgencia que, además, anticipa que el campo de batalla será urbano y no rural como en el pasado.

Añade que esa lucha implica eliminar a los insurgentes que amenazan la seguridad y bienestar “de la población”. Admite que por sí solas las unidades militares no pueden derrotar a la insurgencia, por lo que, describe, la contrainsurgencia debe involucrar “todas las acciones políticas, económicas, militares, paramilitares, sicológicas y cívicas que puedan ser tomadas por un gobierno para lograr su objetivo”.

Desde su primer capítulo, el manual pone el acento en que gran parte del trabajo del ejército, de las fuerzas armadas y de los gobiernos radica en descubrir y solucionar “los asuntos subyacentes en la población que son las causas de raíz de su insatisfacción”: el desempleo, un liderazgo opresivo o tensiones raciales. Explica también que para solucionar esas causas, los líderes tácticos de la contrainsurgencia deben negociar acuerdos, operar con agencias no militares, orquestar acuerdos políticos y conocer “la voz de la calle”.

Considera que para derrotar a la insurgencia es “vital” evitar la creación de nuevos insurgentes, por lo que se les debe forzar a terminar su participación “cueste lo que cueste”. Y esto se logra a través de las Operaciones Coin –como las denomina el manual–, que incluyen programas de asistencia en seguridad, programas de ventas de equipos militares extranjeros, de financiamiento extranjero militar y apoyos internacionales de entrenamiento y educación militar.

De acuerdo con la visión del siglo XXI del Pentágono, que figura en el nuevo manual, la insurgencia es un movimiento organizado dirigido a derrocar a un gobierno constituido, a través del uso de la subversión y del conflicto armado. Asegura que la clave distintiva entre una insurgencia y otros movimientos es “la decisión de usar la violencia para alcanzar sus objetivos políticos”, con lo que una insurgencia es, típicamente, una lucha interna dentro de un Estado, no entre Estados. Ahí será normal una lucha política y militar prolongada, destinada a debilitar el poder gubernamental existente, el control y la legitimidad, mientras que se incrementa el poder de la insurgencia, control y legitimidad.

En su numeral 1.1, el manual afirma también que la mayoría de las insurgencias “se han limitado a regiones locales o países específicos”. Sin embargo, las comunicaciones instantáneas ahora permiten a los insurgentes y a sus líderes comunicarse en todo el mundo para encontrar apoyo a su causa y para apoyar causas que consideran compatibles con sus propios objetivos. Estima que las fuerzas externas, incluyendo las naciones-Estado, pueden apoyar una insurgencia por su mismo beneficio; “ellas también pueden oponerse a una nación-Estado competidora que apoya al gobierno existente” y, como resultado, las insurgencias modernas pueden, a menudo, cruzar múltiples países.

Luego de definir lo que entiende por insurgencia y sus formas de expresión, el manual se ocupa de la ideología de estos grupos. Aunque en 2009 el comunismo ya no figura como un enemigo, sí se establece que los insurgentes “usan su ideología” para mostrar a la población que pueden dirigir y brindarles lo que el gobierno no logra hacer.

Apunta que la ideología insurgente intenta dar una visión de cómo una sociedad, incluyendo un sistema político y económico, deberían estructurarse. Por esa razón, señala el Pentágono, la ideología no debería confundirse con la estrategia insurgente, que es la manera en que los insurgentes intentan lograr el fin del gobierno.

Detrás de la portada verde del manual, se leen las 300 páginas que elaboró el Comando Estadunidense de Entrenamiento y Doctrina, bajo el nombre en código “FM 3-24-2” y cuyo responsable es el general Dennis J. Reimer. Este oficial fungió como jefe de personal del ejército de Estados Unidos del 20 de junio de 1995 al 21 de junio de 1999, y hasta antes de su retiro, en agosto de 1999, dirigió el Instituto Nacional para la Prevención del Terrorismo en la ciudad de Oklahoma.

Aunque algunas de las páginas del documento permanecen en blanco como efecto de la censura castrense, este manual amplía los conceptos de contrainsurgencia que manejó su antecesor, el FM 90-8 de diciembre de 2006 y que en su momento se convirtió en un best seller –como señala el responsable de la desclasificación de documentos de seguridad en la Federación de Científicos Americanos (FAS, por sus siglas en inglés), Steven Aftergood–, pues fue el primero en salir del Pentágono al concluir la Guerra Fría. Asimismo, se le integraron partes del manual FM 100-20, como el concepto del ejército sobre el espectro total de las operaciones y todos los elementos de la contrainsurgencia.

El nuevo manual “circuló antes como una versión preliminar y luego, abruptamente, fue retirado del acceso público y ahora ese proceso de retiro terminó para quedar formalmente liberado”, completa el representante de la FAS. Así, la versión pública de Tácticas en contrainsurgencia permite conocer la concepción que en pleno siglo XXI tiene el comando estadunidense de las tácticas para combatir a la insurgencia.

La premisa reiterada del documento es que cada contrainsurgencia “es única” y, por tanto, sus líderes deben usar siempre su buen juicio, paciencia táctica e innovación para derrotar a la insurgencia. Asimismo, juzga que en virtud de que el ejército de Estados Unidos continúa sus “pesadas batallas contra la insurgencia alrededor del mundo”, las unidades tácticas deben asegurarse el apoyo de la población, lograr la unidad del esfuerzo y aprender y adaptarse más rápido al medio que los insurgentes.

Indica que en la lucha contrainsurgente, las unidades tácticas estadunidenses “aprenden y se adaptan” mientras descubren más acerca de sus propias fortalezas y limitaciones, así como las fortalezas y limitaciones del gobierno de la nación anfitriona, la población y los insurgentes. Adicionalmente, avanza la teoría de que “en contrainsurgencia el lado que aprende más pronto y se adapta más rápidamente –la mejor organización para el aprendizaje– es el que usualmente gana”.

El campo de batalla

De acuerdo con el numeral 1-7, la explosión demográfica –de 2.5 mil millones de personas en 1950 a 6.5 mil millones en 2008– brinda oportunidades a la insurgencia para ocultarse entre la población y le asigna como “premio” ganarse su apoyo en la guerra contrainsurgente. De continuar el incremento poblacional, los gobiernos lucharán para proveer a sus ciudadanos de comida, agua, energía, y un clima confuso que dará oportunidad a los grupos potencialmente insurgentes para explotar a una población vulnerable.

La urbanización, vista como el desarrollo de las zonas urbanas, debido al crecimiento poblacional y a la migración rural, avanza a un ritmo tal que en 2008 vivía en zonas urbanas casi el 50 por ciento de la población mundial, contra lo que ocurría en 1950 cuando apenas vivía en ciudades el 29 por ciento de las personas. Esa tendencia permite a los estrategas estadunidenses anticipar que, para 2050, el 60 por ciento de los habitantes del planeta residirá en ciudades, con lo que “existe un alto potencial” para que las futuras insurgencias nazcan, se nutran y se combatan en zonas urbanas.

Finalmente, el numeral 1-9 ve en la globalización otro factor que determinará, en el futuro, el brote de insurgencias en las ciudades, al ser ésta una combinación de fuerzas tecnológicas, económicas, sociales, culturales y políticas que llevan a las naciones-Estado y a su gente a convivir más cerca. Podrían brotar conflictos a nivel global de no reducirse la brecha de pobreza entre las naciones pobres y ricas, de aumentar la demanda por recursos y de agravarse el cambio climático.

En la estrategia urbana, los insurgentes atacan blancos gubernamentales con la intención de que las fuerzas gubernamentales reaccionen contra la población. Los insurgentes buscan que las medidas represivas gubernamentales “enfurezcan al pueblo para que entonces ellos asciendan, apoyen a la insurgencia y derroten al gobierno”. Aunque esa estrategia puede comenzar sin apoyo popular, su éxito descansa casi exclusivamente en una chispa de rabia que se enciende espontáneamente.

Sin embargo, cuando ocurre una insurgencia en una zona urbana, eso no significa necesariamente que utilice la estrategia urbana. El manual ejemplifica que el 1 de noviembre de 1954 el Frente de Liberación Nacional de Argelia utilizó una forma de estrategia urbana al lanzar una serie de bombardeos y ataques que causaron significativas bajas civiles con intención de golpear a los franceses durante las negociaciones de paz.

Las acciones de la estrategia urbana a menudo son predecibles y poseen estas características: los insurgentes utilizan “ataques terroristas” que esperan sean visibles y produzcan muchas víctimas. “Su verdadera intención no necesariamente es causar temor o terror, sino provocar la sobrerreacción del gobierno”. Por otra parte, la propaganda insurgente se enfoca en la brutalidad gubernamental. Además, “llama la atención” que la organización política insurgente “hace poco o ningún esfuerzo” por subvertir el gobierno desde adentro.

Ante el aumento del poder urbano de la insurgencia, el manual recomienda a la nación anfitriona poner atención en el riesgo potencial de los múltiples grupos insurgentes, las organizaciones no gubernamentales y una población local dividida en varios grupos étnicos. Para enfrentarlos, propone “un plan contrainsurgente de largo alcance para que una unidad táctica combine operaciones ofensivas, defensivas y de estabilidad”, y define siete “líneas de esfuerzo” para la operación de contrainsurgencia: 1) establecer la seguridad civil; 2) establecer el control civil; 3) apoyar a las fuerzas de la nación anfitriona; 4) apoyar a la gobernabilidad; 5) restaurar los servicios esenciales; 6) brindar apoyo económico y desarrollo de infraestructura; y 7) reducir el riesgo en el intercambio de información.

Conforme al manual, esas siete líneas “son críticas” para establecer la unidad de esfuerzo en las acciones que llevan a cabo las unidades estadunidenses, las fuerzas de seguridad de la nación anfitriona y el propio gobierno. También anticipa que el rango de esas acciones oscilan desde “el asesinato o captura de una célula insurgente, conocida por emplazar artefactos explosivos improvisados, hasta en la atención al desempleo en una zona o publicitar la apertura de una instalación de saneamiento de agua”.

En la lucha contra la insurgencia, las unidades tácticas pueden conducir una amplia variedad de operaciones, describe este manual. Desde establecer un cordón combinado y operaciones de búsqueda de insurgentes, junto con las fuerzas de seguridad de la nación anfitriona, llevar a cabo una operación médica para vacunar a un niño contra una enfermedad en un caserío, hasta emprender un proyecto que comunique a un poblado con una carretera. De igual manera, la contrainsurgencia está detrás del mensaje de “un locutor que informa a una villa sobre una reciente reunión de consejo”.

Naciones anfitrionas

Tácticas de contrainsurgencia describe los vínculos entre los asesores y fuerzas armadas de Estados Unidos con sus contrapartes de la nación anfitriona en la que se llevarán a cabo las operaciones Coin.

Si el ambiente político es “crítico”, se recomienda que la contrainsurgencia atienda no sólo al sistema político formal (de los partidos políticos y funcionarios electos), sino también a los informales (como las tribus, grupos étnicos y otros centros de poder), pues la insurgencia es “fundamentalmente una lucha por el poder político”.

Entre las naciones que han aceptado la colaboración de las fuerzas armadas estadunidenses en su lucha contrainsurgente están: Nicaragua, Cuba, Panamá –con sus bases militares–, Ecuador, República Dominicana, Grenada y Colombia, con la “lucha antidrogas”. El Departamento de Defensa anticipa que el éxito de largo plazo de la Operación Coin se basa en los esfuerzos políticos: “Todos los contrainsurgentes deben enfocarse en el impacto político de sus acciones”.

Esta guía táctica subraya que uno de los grandes objetivos de la insurgencia es influir a la opinión pública contra la idea de que Estados Unidos es una “fuerza de contrainsurgencia” en las naciones anfitrionas, por lo que “los contrainsurgentes exitosos deben no sólo evitar que los insurgentes obtengan el triunfo, sino también trabajar activamente para influir a la opinión pública para la misión Coin”.

El rango político de los gobiernos con los que colaboran las fuerzas estadunidenses contrainsurgentes es muy amplio, por lo que los comandantes deben estar preparados para operar en todos. “La forma de gobierno de la nación anfitriona puede oscilar de una dictadura despótica a una combatiente democracia”, cita. Por esa razón, los comandantes de todos los niveles, incluyendo a los líderes de pelotones y comandantes de compañías, necesitan reconocer la importancia de establecer y reforzar a la nación anfitriona como la autoridad líder para todas las operaciones. Esto refuerza la legitimidad del gobierno de la nación anfitriona.

En el plano operativo, el numeral 8-23 del manual indica que los comandantes de las unidades de asesores deben “medir y evaluar” a las fuerzas de seguridad de la nación anfitriona, además de trabajar muy cerca con ellas para aquilatar su calidad. Luego de esa evaluación, los planificadores desarrollarán programas y objetivos de corto, mediano y largo plazo, y un resultado de ese ejercicio es el que permite determinar “si algunas de esas fuerzas armadas son tan disfuncionales o corruptas que deben desmantelarse en lugar de ser rehabilitadas”, indica la guía. Sin embargo, prevé que, en algunos casos, los comandantes necesitarán reemplazar a algunos líderes de la nación anfitriona antes de que sus unidades sean totalmente funcionales.

Esa manera de “aquilatar y recomponer a las fuerzas de seguridad” de la nación anfitriona no comenzó en Irak y Afganistán, indica el manual. En 1898 ocurrió algo similar al comienzo de la guerra filipino-americana que no era popular entre los estadunidenses y aún así “resultó en una república filipina estable y libre, luego de establecerse el alguacil filipino”, el 8 de agosto de 1901, a cargo del capitán Henry T. Allen. Él organizó, capacitó, equipó y armó a los hombres que asistieron al ejército de Estados Unidos en el combate de los revolucionarios filipinos. La figura de la cuadrilla de alguaciles o de una guardia civil fue el instrumento para “derrotar a la insurgencia”, y originalmente estuvo bajo comando estadunidense y lentamente los filipinos tomaron las operaciones de esa unidad.

Sintetiza que, en un nivel táctico, inicialmente los alguaciles utilizaron las crecientes fuerzas estadunidenses y se movieron hacia su propia zona de operaciones, para crear cada vez más posiciones que sirvieran al ejército y, aunque pobremente armados con pistolas y revólveres, los alguaciles pronto mantuvieron a salvo a provincias enteras.

Detrás del triunfo de uno u otro bando está la atención a la población de la nación anfitriona, así como la evaluación del estado de su infraestructura. En este rubro, la guía táctica describe la necesidad de identificar a un responsable en cada grupo demográfico que sea capaz de atender lo que se requiera, “para salvar, sostener o mejorar la vida” antes, durante y después de la lucha contrainsurgente.

Puentes, torres de comunicaciones, plantas de poder y represas son importantes para los comandantes que evalúan su utilidad, así como iglesias, mezquitas, bibliotecas nacionales y hospitales, pues son sitios culturales y juegan un rol importante para la comunidad. De igual manera, se examinan las prisiones, bodegas, imprentas, estaciones de radio y televisión.

En la lucha contrainsurgente se estudia también la habilidad de las autoridades locales para proveer a los ciudadanos con servicios clave, tales como administración pública, seguridad pública, servicios de emergencia y alimentos, antes, durante y después de las operaciones contrainsurgentes. Asimismo, las fuerzas de asesores evalúan las capacidades, es decir, los recursos y servicios que puede necesitar la población “después de operaciones de combate”, tales como salud pública, economía y comercio.

Adicionalmente, esas capacidades se refieren a otros recursos y servicios que pueden ser contratados para apoyar a la misión militar: intérpretes, servicios de lavandería, materiales de construcción y equipamiento. En algunos casos, la nación anfitriona u otras naciones pueden proveerlos, aunque “los comandantes y su personal analizan las capacidades desde diferentes perspectivas”. El nuevo manual no explica el éxito que tuvieron contratistas como Halliburton y Kellog & Brag para atender a las tropas estadunidenses estacionadas en Irak, en cuanto al aseo de su indumentaria, el servicio postal y el abastecimiento de gasolina.

Entre Pancho Villa e Irak

Al analizar los cambios doctrinarios sufridos por el ejército de Estados Unidos a lo largo del tiempo, el manual describe que por más de dos siglos “el ejército estadunidense ha sido llamado a derrotar insurgencias”, como la rebelión del whisky en el oriente estadunidense, la de los indígenas del norte del continente en las planicies occidentales, la rebelión de los Boxers en China, las luchas de Pancho Villa, en México, a Augusto Sandino, en Nicaragua, y al Vietcong, en Vietnam.

Como resultado de la creciente complejidad del mundo de la Guerra Fría, los gobiernos se enfrentaron al desafío de mantener su tenue control ante las insurgencias que, una vez organizadas y fortalecidas, optaron por la vía armada; de ahí que las fuerzas estadunidenses condujeron operaciones de contrainsurgencia a lo largo del mundo: en Colombia, Somalia, Kosovo, Afganistán, Filipinas e Irak.

Entretanto, la contrainsurgencia que libra en Irak y Afganistán ha sido fallida, de acuerdo con Jorge Mariscal, veterano de la Guerra de Vietnam. “La línea oficial del Pentágono es que sus teorías de la contrainsurgencia no han fracasado en absoluto y ponen como ejemplo principal el mal llamado ‘surge’ (levantamiento popular) en Irak”.

El especialista en cultura chicana de la Universidad de California, ubicada en San Diego, observa que las fuerzas estadunidenses no mencionan que en ese país “tenían que pagar a los insurgentes sunitas para que dejaran de luchar”, pues están convencidos de que su teoría es factible y piensan aplicarla en Afganistán.

Para el académico de origen latino, el énfasis de la lucha contrainsurgente radica en lo que los estadunidenses llaman “competencia cultural”, donde los soldados se convierten en “antropólogos” para poder ganar “los corazones y las mentes” del pueblo ocupado y que son “resonancias de los sacerdotes españoles durante la conquista de México”.

Respecto del manual Tácticas de contrainsurgencia, dice que es “un caso del imperialismo con la cara humana, y temo que la administración (de Barack) Obama y los suyos lo han aceptado como su filosofía oficial”. (NE)

Destino: América Latina

El más reciente manual sobre táctica contrainsurgente apunta hacia la nueva estrategia regional estadunidense. Para el investigador especialista en fuerzas armadas, Jorge Luis Sierra, actualmente Estados Unidos reúne al narcotráfico, terrorismo y guerrilla bajo el mismo concepto de insurgencia.

Apunta que la tesis que está de por medio es que esas organizaciones comparten tácticas y estrategias, además de mecanismos de financiamiento y espacios de operación. “Este nuevo rostro de la contrainsurgencia va a tener un impacto profundo en la configuración de las fuerzas armadas de Estados Unidos y por consiguiente también en las de Medio Oriente, Asia Central y América Latina”, explica.

El también autor de la investigación El enemigo interno: fuerzas armadas y contrainsurgencia en México estima que, bajo esa perspectiva, para América Latina el problema es doble: primero, porque el narcotráfico persiste a pesar de la estrategia de atacar la fuente de producción de narcóticos, que ha seguido Estados Unidos durante más de 20 años. Segundo, porque la insurgencia también persiste. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia no han sido totalmente destruidas, Sendero Luminoso está dando muestras de un resurgimiento y los movimientos armados mexicanos, principalmente el Ejército Popular Revolucionario están en estado latente y sus direcciones estratégicas intactas.

Sierra dice que si predomina la inclinación por una solución exclusivamente militar y se hacen a un lado componentes sociales y políticos de largo plazo, entonces es posible que las insurgencias latinoamericanas involucionen hacia el terrorismo, y la presión estadunidense en la región alcance niveles muy altos de intensidad. En este contexto, América Latina, y particularmente México, puede ser motivo de una estrategia por estratos, en donde Estados Unidos aplica diferentes niveles de intervención diplomática y militar que pueden ir desde la promoción de acuerdos de cooperación, el establecimiento de asesorías y bases militares en los países de la región y, finalmente, la entrada de tropas.

Sierra, quien pertenece al Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia, estima que en Estados Unidos –al contrario de lo que sucede en México, donde los manuales militares son de circulación restringida y confidencial– es relativamente sencillo tener acceso a documentos de doctrina militar, incluso los más recientes. Muchos son públicos y están en internet. En las bibliotecas públicas hay versiones desclasificadas y los documentos del Congreso frecuentemente divulgan aspectos importantes de ellos. Hasta cierto punto, a Estados Unidos no le preocupa que la doctrina militar sea divulgada con amplitud. Lo importante es que se traduzca en fuerza y que esa fuerza sea aplicada en el momento y espacio más oportuno, detalla el analista. (NE)

Fuente: Revista Contralínea 137 / 28 de junio de 2009

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