Autor:

El floreciente estado de excepción impuesto gradualmente por Felipe Calderón, con la complicidad de la mayoría de los priistas y panistas del Congreso, quien decidió abandonar sus deberes como Ejecutivo de la “democracia” a la mexicana para convertirse en el jefe del Estado militar-policiaco, ofrece una amplia gama de beneficios a los seducidos por la satrapía.


Por ejemplo, le permite a Calderón gobernar por medio de la ilegalidad y la anticonstitucionalidad; fabricar el espectáculo del terror con la creciente montaña de cadáveres que cotidianamente deja como saldo la cruzada en contra del narcotráfico, con el objeto de someter a la población a través del miedo; aprovechar la alteración de la realidad como sucedió con la epidemia de influenza para experimentar por primera vez, a escala nacional, el control social; impávidamente, que los militares combatan de manera ilegal con la ilegalidad, asalten el espíritu federalista de la Carta Magna o agredan con toda impunidad a los ciudadanos que nada tienen que ver en el asunto, sin que sean sancionados civilmente, hecho que los ha convertido en los líderes de la violación de los derechos humanos y de las legítimas denuncias de Human Rights Watch, Amnistía Internacional y otras organizaciones, ante la indiferencia oficial. Al cabo esos atropellos no se cotizan en el mercado de valores ni son tomados en cuenta por las empresas des-calificadoras del llamado “riesgo-país”. También posibilita cercenar las libertades civiles y los derechos ciudadanos con inconstitucionales leyes patrióticas, de estilo bushoniano, que abrieron las puertas al inescrupuloso manejo político o de otra naturaleza del espionaje telefónico, las detenciones o el arraigo con argumentos de dudosa calidad jurídica, endebles o artificiales creados, sin la protección consagrada por las leyes, y que son operados por autoridades de oscura reputación, desde los altos mandos del Estado policiaco-militar y sus subordinados, hasta los jueces. Sólo basta la presunción o la invención de algún eventual indicio que sea considerado dentro del catálogo de ilícitos para que sea aplicado el puño de hierro. Las tentaciones sediciosas no dejan indemne a cualquier ciudadano. Puede suceder lo que alguna vez escribió el poeta Blas de Otero: “Bien lo sabéis / vendrán por ti, por mí, por todos / (…) Escrito está / tu nombre está ya listo / temblando en un papel / aquel que dice Abel o yo, tú, él”.

El manto protector de la excepción sirve, asimismo, para manejar caprichosamente el gasto público, desmantelar al Estado, su sistema de salud, subrogar guarderías del Instituto Mexicano del Seguro Social a la depredación empresarial y de familiares, u otorgar contratos para Petróleos Mexicanos por encima de la ley. Los muertos de la influenza y los infantes calcinados en Sonora, víctimas de la privatización del Estado y la voracidad de los hombres de presa, entre ellos Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, tía en segundo grado de Margarita Zavala de Calderón, son consecuencia del genocidio neoliberal; los “ahorros” presupuestales a costa de los muertos.

Según Manlio Fabio Beltrones, el Congreso está “preocupado” porque Calderón abusa del arraigo, “una figura de buena fe, que costó mucho trabajo dársela al Ejecutivo”, que si las próximas detenciones asociadas al narcotráfico no son acompañadas de las consignaciones directas del Ministerio Público “se estará lastimando [la] figura [del arraigo], que fue elemental y que nunca se la habíamos dado a otro gobierno. Utilizarla políticamente va en contra del Estado mexicano” (La Jornada, 4 de junio de 2009). ¿Atribulados? ¿“Buena fe”? ¿Temor porque su empleo “político” atenta en contra del “Estado mexicano”? Manlio, como Calderón y la elite política, supone que los mexicanos son un hatajo de retrasados mentales.

Si de algo no se puede acusar al priista es de ingenuo. Tampoco de actuar de “buena fe”. No se llama Cándido. No se necesita tener una dilatada carrera política como él ni conocer las turbias catacumbas de los laberintos del poder donde se mueve con alegre soltura para saber los riesgos que implica otorgar jurisdicciones excepcionales a quien pueda ejercerlas, tengan o no tentaciones autoritarias, sin establecer los límites legales e institucionales. Quien tiene al menos dos dedos de frente sabe que no es necesario otorgar más atribuciones. Por el contrario, lo fundamental no sólo es obligar a los príncipes a ajustarse a la Constitución, sino recortar las atribuciones que le concede el sistema político presidencialista para establecer un verdadero y democrático equilibrio de poderes. Con los instrumentos que legalmente dispone el Ejecutivo, es más que suficiente para hacer una limpieza del sistema en todos sus ámbitos, desde los relacionados con el narcotráfico hasta con los que usufructúan de sus parcelas de poder, medran y se enriquecen a costa del Estado y la sociedad. Como bien sabe, lo esencial es ceñir a los grupos dominantes y los aparatos represivos del Estado al imperio de las leyes. El “pulcro” desempeño de la Procuraduría General de la República, la Secretaría de Seguridad Pública o la policía política no admite el lujo del equívoco. Lo testifica el lúgubre destino de los militantes de la guerrilla desaparecidos entre sus fauces. Con ello se hubiera evitado involucrar al Ejército en tareas ajenas a las claramente señaladas por la Constitución que han redundado es su mayor descrédito.

Desde su campaña, Calderón manifestó nítidamente sus pavlovianos estímulos despóticos como para darle más facultades. Tampoco se precisaba darle la oportunidad de que las manifestara descaradamente, si es que el panista michoacano alguna vez hizo el mínimo esfuerzo para ocultarlos. En la pantomima de la “democracia” mexicana, los priistas contribuyeron al albazo de Calderón para encumbrarlo y legalizarlo. Manlio y los congresistas conocen perfectamente hasta dónde llegaron los excesos cometidos por los gobiernos priistas, al carecerse de los controles que los restringiera o que existiendo los poderes Legislativo y Judicial se volvieron los cómplices de sus tropelías. Vicente Fox actuó como los ejecutivos priistas, al igual que lo hace Calderón, aunque han tenido que negociar cuotas de poder con los priistas para alcanzar sus fines personales, conservadoras y teocráticas. Los gobernantes estatales y municipales se ajustan a esa norma, independientemente del ropaje partidario. Manlio apela a la “buena fe”, pero quien puede dudar que los asesinatos de los priistas Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, en 1994, cuando era gobernador de Sonora, no fueron más que suficientes para terminar con su “inocencia” y entender que el Cronos mexicano también devora impíamente a sus hijos.

Pero aún bajo el supuesto de que el sistema político mexicano fuese impoluto, un ave raris de la historia, ocho años de gobierno de nuestro “socio” George Bush fueron suficientes para demostrar hasta dónde pueden llegar tanto las “guerras infinitas” como el terrorismo de Estado contenido en la “ley patriótica”, similar a la que la mayoría de los legisladores aprobaron para México. El apoyarse en los militares para legitimarse, para compensar la debilidad política y falta de credibilidad, también tiene históricamente sus experiencias siniestras. María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabel o Isabelita Perón, que gobernó Argentina entre el 1 de julio de 1974 y el 24 de marzo de 1976, quiso afianzarse en los militares para combatir la guerrilla y el ascendente movimiento social. Para salir a las calles e intervenir arbitrariamente, éstos exigieron y obtuvieron poderes excepcionales. José López Rega, el Brujo para sus enemigos y Daniel para sus cómplices de la ultraderecha, se encargó de la otra parte de la Guerra Sucia, de los otros secuestros, torturas, asesinatos, con los paramilitares de la Alianza Anticomunista Argentina o “Triple A”, que recuerdan a los Tecos, el Muro o la Guía en México, orígenes del famoso Yunque y los diferentes grupos de la ultra mexicana que llegaron con Fox y Calderón al gobierno. Los militares se comprometieron en esa tarea como un paso táctico en su estrategia: tomar sangrientamente el poder con el grupo encabezado por Jorge Rafael Videla, y llevar a cabo su “proceso de reorganización nacional”, el cual duró hasta su derrumbe en 1981, dejando una estela de decenas de miles de muertos y exiliados. Alberto Fujimori también obtuvo poderes excepcionales, antes de asaltar el Congreso e imponer el Estado de excepción.

Manlio Fabio no puede apelar a la “buena fe” porque mentiría descaradamente. Puede sentirse engañado, traicionado por el nuevo Huitzilipoztli sediento de sangre y dispuesto a emplear cualquier medio para tratar de asegurar una mayoría legislativa para su gobierno mesiánico y ultra. La “preocupación” de Manlio y los legisladores priistas no es por las consecuencias del huevo de la serpiente que ayudan a incubar y sus perversos costos para la sociedad. Si fuera así, ya estarían legislando para enmendar su desmesura. Su temor se debe a que, en su asalto a la razón, Calderón declaró que no distingue partidos, que como al doctor Víctor Frankenstein, el monstruo que ayudaron a crear y que creían tener acorralado se les escape de su control y con su odio y la sed de venganza los destruya; que inicie una persecución en contra de ellos y los someta por su turbio y dinosáurico rabo, o que les invente anomalías. Su acobardada respuesta después del asalto michoacano es sospechosa. Que se les difumine la Presidencia que ya sienten entre sus manos; que demuela las ambiciones presidenciales del sonorense.

Las evidencias indican que Calderón liberará a los funcionarios que ha apresado ilegalmente después de las elecciones. Pero el daño sociopolítico ya está hecho sin que lo conmueva.

Los intereses de su añejada “nueva actitud” electoral que publicita son más que suficientes para que los votantes le den la espalda a los priistas. También la de nuestro “policía-militar valiente”, más que “presidente valiente”, que busca borrar los vestigios de sus injusticias, oscurecer el clima del país y tratar de que su partido gane las elecciones de julio con el escándalo, el miedo, el terror.

Pero la estrategia del estado excepción no es infalible. Su tamiz es incapaz de evitar que emerja el rostro de su fracaso económico, tema que ha tratado a toda costa de ocultar, pero que llevará a la derrota electoral del Partido Acción Nacional.

A principios de febrero habló Casandra. Carlos Slim les dibujó el sórdido escenario que ha sentado sus reales: “No quiero ser catastrofista, pero ante el colapso económico, el Producto Interno Bruto se va a desplomar, va a haber desempleo como no lo hemos visto desde la década de 1930, van a quebrar muchas empresas chicas, medianas y grandes, van a cerrar comercios, se verán locales cerrados por todos lados, los inmuebles estarán vacíos. Será una situación muy delicada. No quiero ser catastrofista, pero hay que prepararse para prever, y después no estar llorando. De lo que hay que preocuparnos es de cuidar el empleo, la masa salarial y el ingreso familiar. La globalización no es una alternativa, es una necesidad. Me llama la atención que sigan los dogmas después de 26 años de fracasos”. Sin embargo, fue linchado por las Furias panistas al atreverse a perturbar el artificial orden impuesto por Calderón, el de la ínsula paradisiaca neoliberal, la “fortaleza” y todo lo demás.

Eran los meses cuando Calderón deambulaba como profeta de los buenos tiempos actuales y luego los que están por venir, antes de que termine 2009, antes de empequeñecerse aún más en el papel de policía, dejándole la Presidencia a sus súbditos. Es de sobra conocido que su estatura intelectual en nada se diferencia de la Fox o la señora Elba Esther Gordillo. Pero una accidental lectura del historiador español Josep Fontana le hubiera aclarado que el “oficio de profeta es una profesión de riesgo, condenada habitualmente al fracaso. El negocio sólo funcionaba con las reglas de los profetas bíblicos, que, al no comprometerse en señalar una fecha para la realización de sus vaticinios, no se veían obligados a rendir cuentas por su incumplimiento. Quienes llevan cerca de 2 mil años aguardando a que se realicen las profecías del Apocalipsis no se han puesto de acuerdo aún en cuál será la fecha en que se libre la batalla final de Armagedón, de modo que su confianza sigue estando a salvo”. “Las más insensatas de todas las profecías suelen ser las que hacen pronósticos globales acerca de la evolución de las sociedades”.

Agustín Carstens acaba de decir por enésima vez que la economía ya tocó fondo y pronostica que en el segundo semestre de 2009 comenzará la recuperación. Pero antes, “por la epidemia de la influenza, tendremos una caída importante en el segundo trimestre, el peor trimestre de la historia. En el tercer y cuarto trimestre veremos variaciones negativas más bajas [quiso decir menores] e incluso en el último deberían ser cercanas a cero”. El signo menos lo volvió más. También añadió que “Calderón, conforme sus capacidades” –sin precisar a cuáles se refiere, pese a que no tiene muchas– seguirá apoyando para mitigar la “calamidad económica” que vino de Estados Unidos y recuperar el crecimiento. Guillermo Ortiz también vislumbra una reactivación a partir del tercer trimestre, pero ni uno ni otro señalan los datos en los cuales basan su optimismo. Tampoco se ponen de acuerdo. Ortiz agrega que “el país presenta muchas vulnerabilidades” y Carstens “que tiene fortalezas y cimientos sanos” que le permiten “presumir que vamos a tener una buena recuperación”. (La Jornada, 3 y 4 de junio de 2009).

Dice Josep Fontana: “Una especie de profetas profesionales que han conseguido sobrevivir al fracaso de sus predicciones sin sufrir demasiado descrédito es la de los economistas, que están obligados a pronosticar acerca de un futuro inmediato, y hasta se comprometen en ocasiones a fijar fecha de duración a sus previsiones, pero suelen remediarlo después ofreciéndonos explicaciones razonables acerca de las causas que explican que no haya sucedido lo que anunciaban”. Quizá el único reparo que puede hacérsele a Fontana es a qué tipo de economistas se refiere y sobre su crédito. El actual colapso mundial dejó en ridículo a los fundamentalistas del “libre mercado”, como Ortiz y Carstens.

Culpar de los males al exterior e intentar verle su lado “amable”, se ha convertido en una epidemia entre los gobiernos neoliberales. Por ejemplo, Andrus Ansip, primer ministro estonio, dice que “la crisis va a ser positiva si nos ayuda a hacer más eficiente el Estado”, que defiende la línea de Pedro Solbes, ultra vicepresidente económico español, que llegó a celebrar que “si la recesión sirve para limpiar la economía, la situación no tendrá más importancia”.

Lo que sí es claro es que los gobiernos que se aferraron al neoliberalismo como si fueran los clavos de Cristo son los que registran el peor desempeño económico del planeta capitalista. Sin paracaídas, se desplomaron salvajemente del cielo al infierno económico, como se observa en la gráfica anexa: Lituania, Estonia y Letonia, que se independizaron de la desaparecida Unión Soviética y soñaron con emular a sus vecinos de la vieja Europa, Japón, México, Eslovaquia y Hungría. Todos están hundidos en las peores recesiones desde la gran depresión de la década de 1930.

Las “joyas” del neoliberalismo son ahora mendigos urgidos de apoyo externo. Irlanda, el “tigre celta”, se volvió en un vulgar felino callejero. En Islandia, el colapso provocó el derrumbe del primer ministro derechista Geir Haarde, después de la revuelta y la violenta represión. Su economía se derrumbará cerca de 10 por ciento en 2009. Las “niñas mimadas” neoliberales del exbloque socialista se convirtieron en mendicantes. En Letonia, el colapso le costó el puesto al primer ministro Ivars Godmanis, quien calderonísticamente les había pedido a sus compatriotas que aprendieran de los pingüinos, que se juntan unos con otros para abrigarse en tiempos difíciles, que se encontró con una violenta protesta de 10 mil personas caminando como pingüinos en Riga Godmanis, liberal, que subió el Impuesto al Valor Agregado del 18 por ciento al 21 por ciento y recortó el gasto público en un 15 por ciento y que tuvo que renunciar acusado de corrupción.

Calderón prometió el paraíso y se hunde en su propio fango. Sólo la ultra clerical o los que requieren tratamiento sicoanalítico votarán por su partido.

El actual sistema de partidos no deja más salidas que la revuelta civil para alcanzar la democratización participativa poscapitalista. El principio de crear el poder popular desde la base social, el mandar obedeciendo es más vigente que nunca. No actuar de esa manera es engañarse a uno mismo.

Comments

comments