Los sacrificados de siempre

Autor:

Durante la presentación de los estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en 1864, Carlos Marx señaló: “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores. (…) El sometimiento del trabajador al capital es la fuente de toda servidumbre: política, moral y material”.

Los tiempos actuales no tienen horizonte para los trabajadores, son siniestros. Bajo la dialéctica del amo y el esclavo, no tiene más que tres opciones:

1) Asumir de nueva cuenta, sumisamente o con el inútil derecho al pataleo del ahorcado, el papel de la sempiterna víctima propiciatoria que le han asignado las elites empresariales, los panistas y los priistas, para tratar de sacar de su naufragio al capitalismo neoliberal mexicano.

2) La movilización táctica y organizada de los trabajadores en una doble perspectiva: a) la defensa de sus intereses laborales: evitar el cierre unilateral de las plazas laborales o de las compañías, el recorte de las jornadas de trabajo con la reducción de los salarios; el despido con las indemnizaciones fijadas por la ley; evitar la mutilación de las prestaciones sociales; promover la recuperación de sus organizaciones sindicales; atajar los intentos empresariales por modificar arbitrariamente los contratos de trabajo, entre otras prácticas ilegales impuestas por los dueños de las empresas; b) presionar a las elites, el gobierno, el Congreso y los empresarios, para que se modifique la política económica instrumentada desde 1983 y el perfil de sus programas anticrisis adoptados desde finales de 2008, así como tratar de bloquear las contrarreformas estructurales neoliberales que se pretenden imponer, medidas que, globalmente, sólo han privilegiado los intereses de los grandes empresarios nacionales y trasnacionales a costa de las mayorías.

Es obvio que el escenario es completamente adverso para los asalariados, no sólo debido a la grave crisis económica que sufre el país y el temor al desempleo que los ha paralizado, también por su desorganización, atomización o la pérdida del control de sus organizaciones gremiales, además de que los dirigentes sindicales, el gobierno y los empresarios han conformado una santa alianza en contra de ellos. La anticonstitucional conversión calderonista del Estado en un ente policiaco-militar-paramilitar en la lucha en contra del narcotráfico, legitimada por los panistas y priistas del Congreso, que le han dado al Ejecutivo poderes extralegales, y aplaudida por los empresarios y parte de la población, tiene otro propósito velado: aterrorizar a la sociedad, desalentar el descontento social, atacar y desmantelar a las organizaciones sociales opositoras a sus políticas antipopulares. Pero tampoco tienen otra elección si quieren evitar que todo el peso de la recesión y el derrumbe del proyecto neoliberal de nación recaiga exclusivamente en ellos. No les queda más que recurrir a los instrumentos conocidos en defensa de sus intereses de clase, la huelga, la parálisis sectorial o del conjunto de la economía, etcétera, para enfrentar en el corto plazo las formas más salvajes de la acumulación capitalista impuesta por los primitivos empresarios, desde un gobierno cavernícola que administra el Estado sólo para ellos.

3) La organización y movilización estratégica para subvertir el capitalismo neoliberal y su Estado crecientemente autoritario –la “colombización” de México– y tratar de construir una nación poscapitalista, ante un sistema que no le ofrece absolutamente nada, más que la miseria y su degradación humana, en donde los asalariados sólo son vistos como objetos susceptibles de ser explotados, humillados y desechados. Las políticas keynesianas que el bloque dominante no está dispuesto a desempolvar, apenas atenuarían los costos económicos y sociopolíticos del colapso neoliberal.

Con todo y su indolencia y las medidas impuestas, calificadas como insuficientes o equivocadas hasta por los empresarios, diversos analistas, incluso del sector privado, o los organismos multilaterales, los calderonistas y los dueños de las grandes firmas ya trazaron y aplican una estrategia anticrisis, según sus propios objetivos y la manera en que distribuirán los costos para tratar de reestablecer la acumulación de capital. Cuando Ernesto Zedillo señaló recientemente que el gobierno tendrá que tomar decisiones difíciles e impopulares, pues de lo contrario “sería engañarnos si se piensa que la situación se resolverá con buenos deseos, con fantasías o castillos en el aire”, y “recomendó” aplicar medidas que “fomenten la competencia”, como las contrarreformas a las “leyes laborales”, o una nueva “reforma fiscal definitiva que reduzca la dependencia de los ingresos petroleros y del endeudamiento externo, que le dé la solidez financiera al Estado mexicano para que éste pueda honrar el cumplimiento de sus responsabilidades”, no hizo más que mostrar la cuerda en casa del ahorcado (El Universal, 19 de mayo de 2009). Calderón y sus chicago boys ya imponen algunas de las encarecidas “sugerencias” del doctor Zedillo y hacen exactamente lo que hizo durante el colapso de 1994-1996, o como sucedió con los de 1976-1977, 1981-1983, 1985-1987 o 2001-2002, aplican la terapia fondomonetarista, que se cimienta en un principio que tanto despreciaba Adam Smith, el teórico admirador y promotor de la empresa individual, la “máxima vil de los amos: todo para nosotros, y nada para los demás”. Como ha sucedido durante el ciclo económico neoliberal (1983-2009), con sus efímeros y mediocres años de expansión y sus recurrentes crisis, los calderonistas han recurrido al mismo expediente que define la esencia del sistema capitalista: privatizar los beneficios, socializar las pérdidas. En la gráfica 1 se muestra cómo se ha modificado la distribución del ingreso nacional disponible: la participación de las remuneraciones de los asalariados cayó de 37.5 por ciento del total a 29 por ciento entre 1981 y 2006. El ingreso se redistribuyó hacia el Estado por la vía de impuestos y fundamentalmente hacia los empresarios (excedentes de explotación), cuya participación subió de 9.5 a 20.3 por ciento y 46.5 a 61.9 por ciento, respectivamente.

Una manera de atenuar la recesión y acelerar la reactivación es el uso de los instrumentos keynesianos, que, por cierto, han resultado poco eficientes en los países que los han utilizado ante la naturaleza de esta crisis: el gasto público masivo y la política monetaria agresiva, con el objeto de estimular la demanda efectiva, por medio de las obras públicas, cuyos efectos multiplicadores se trasladen hacia la cadena productiva, los subsidios, los bajos réditos, la creación de nuevas plazas laborales, los seguros contra el desempleo, los aumentos salariales de emergencia para compensar la pérdida en la capacidad de compra de la población. Otra es el ofertismo, que han preferido los neoliberales priistas y panistas, es decir, concentrar los apoyos en los empresarios bajo la “ley” de Say: “Toda oferta crea su propia demanda”, cuya inutilidad fue señalada por Keynes, una gran cantidad de economistas y la propia historia capitalista. El estancamiento de México en el periodo de 1983 a 2009 es una clara expresión de ella.

En cualquier época de crisis, caracterizada por la destrucción de la riqueza, la parálisis de la acumulación de capital, las pérdidas o el deterioro de las ganancias y la incertidumbre ante la magnitud del desplome, el tiempo que durará la recesión y se reactivará la economía, la preocupación esencial de los gobiernos y los empresarios es redistribuir el menor ingreso nacional existente, desde los sectores de bajos recursos hacia arriba de la pirámide social. Eso es exactamente lo que hacen los calderonistas. En términos de valor real, la crisis ha implicado una pérdida de riqueza por 1 billón de pesos (el Producto Interno Bruto cayó de 9.1 billones a 8 billones entre la segunda mitad de 2008 y el primer trimestre de 2009).

Todas las fracasadas medidas contracíclicas aplicadas desde finales del año anterior se han orientado a favorecer al empresariado, en especial al gran capital: los 8.8 mil millones de dólares sacrificados de las reservas internacionales para apoyar a las empresas víctimas de su propia manía financiera especulativa; la contratación de los swaps y el eventual uso del endeudamiento externo negociado con el Fondo Monetario Internacional; los diversos estímulos otorgados en los últimos seis meses; la tolerancia oficial ante el impune traslado empresarial de los costos inflacionarios de la devaluación a los precios finales o para compensar sus bajos beneficios o resarcir sus pérdidas, así como la violación de los contratos colectivos de trabajo; el trato fiscal “amigable”. El titular de la Secretaría del Trabajo, Javier Lozano, ha resultado un feroz cancerbero de sus intereses, como representante de Calderón, quien, asimismo, ha establecido acuerdos con los más turbios dirigentes sindicales, enemigos de la democracia, heredados de los gobiernos priistas, con el objeto de usar la vieja estructura corporativa para imponer las políticas antipopulares neoliberales y clericales: la analfabeta déspota dirigente de los maestros Elba Esther Gordillo, los señores de horca y cuchillo Joaquín Gamboa, Víctor Flores, Cuauhtémoc Paleta o Isaías González, junto con los priistas.

Al acusar a Calderón de ser responsable del estrepitoso derrumbe económico y calificarlo como inepto para enfrentar la recesión, de que el país esté pagando “el amargo costo de la improvisación, el amiguismo y la inexperiencia en el equipo de gobierno”, que existan “cientos de miles de nuevos desempleados, (que hayan cerrado) 10 mil empresas en seis meses”, y que “la mayoría de los mexicanos” se encuentren empobrecidos, no es más que un recurso electoral del vicepresidente Manlio Fabio Beltrones, corresponsable, junto con su partido, del desastre nacional. El calderonismo ha logrado profundizar las políticas neoliberales que los priistas inauguraron, gracias al apoyo legislativo de Beltrones, Emilio Gamboa y la restante pandilla de priistas. ¿Acaso ya se le olvidó a Beltrones que apoyó el “plan” económico anticrisis anunciado por Calderón en octubre pasado, criticado por su inutilidad? ¿Dónde están los resultados del espectáculo circense llamado “Foro México ante la crisis: Qué hacer para crecer”? Beltrones no es más que un trapecista de la política.

Los calderonistas-panistas, los empresarios y los priistas han hecho todo lo necesario por trasladar el costo de la crisis hacia los trabajadores. No les importan sus penurias pasadas, presentes y futuras. Sólo les interesan sus votos y mantener un régimen político por encima de la sociedad y sin mecanismos que los obliguen a rendir cuentas y puedan ser sancionados. ¿Dónde están las políticas de esos partidos que cogobiernan para proteger el empleo y los salarios reales? ¿Dónde están los seguros contra el desempleo, como el que aplica el gobierno capitalino de protección, los ingresos de los trabajadores, de castigos efectivos a las ilegalidades empresariales en los precios y la violación de los contratos colectivos, que garanticen una renta mínima universal? ¿Dónde quedaron los límites a la usura de los banqueros y la voracidad de las administradoras de los fondos de pensión? ¿Por qué no han nacionalizado a estos últimos como hicieron los argentinos? Lo único que han aprobado son puñaladas traperas en contra de los trabajadores y la nación: la reprivatización petrolera y energética; que los desempleados se coman sus ahorros de los fondos de pensión. Si son insuficientes durante su paro y para cuando tengan que jubilarse, es cosa de ellos. Peor aún, en poco tiempo panistas y priistas aprobarán las contrarreformas laborales para desmantelar las conquistas constitucionales de los asalariados y que por la vía de los hechos ya realizan los hombres de presa con su tolerancia y complicidad. Esas son algunas de las despóticas píldoras amargas que recomendó Zedillo y que esos partidos impulsarán desde el Ejecutivo y el Legislativo. Sin olvidar, desde luego, que, con el inicio de la crisis fiscal del Estado, el recorte del gasto y el aumento de impuestos, con que nos han amenazado los calderonistas, recaerán sobre las mayorías.


El desastre económico, el aumento del desempleo y el deterioro de los salarios reales (véase gráficas) no son responsabilidad exclusiva de los calderonistas-panistas. No es un producto distintivo de su probada incompetencia, es un genocidio deliberado compartido entre priistas, panistas y empresarios. Así actuaron los priistas cuando eran gobierno y fueron respaldados por los panistas; así actúan ahora que se han invertido los papeles.

Ése es nuestro Estado mafioso

A los trabajadores tiene que quedarles claro quiénes son los responsables de sus tragedias personales y sociales. Sus empleos y sus salarios seguirán afectados en los meses subsecuentes. La recesión aún no toca fondo; probablemente lo haga en el segundo semestre del año. Es altamente probable que en 2009 se pierdan cerca de 1 millón de empleos. El millón de personas que ingresará por primera vez al mercado no encontrará nada. En las condiciones económicas actuales y con la indiferencia de las elites, salir del pozo en que nos hundieron los neoliberales se llevará cuando menos tres años que serán de penurias. Superar el desastre zedillista consumió 33 meses y después no hubo mejorías para la población. Salir de la crisis anterior representó la “década perdida” de 1980. Para los que quieran protestar o sobrevivir de alguna manera, Calderón y los priistas ya prepararon el Estado policiaco-militar-paramilitar.

En esa perspectiva, el proceso electoral y los votos de “castigo” son completamente infecundos. Son tiempos de explorar alternativas radicales anticapitalistas.

Comments

comments