Sacudimiento político

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No obstante que la mayoría de las informaciones aparecidas en Derecho de réplica –el libro donde Carlos Ahumada blande una manguera y llena de estiércol a decenas de personajes de la vida pública– ya se conocían, el que los haya sistematizado y presentado como su versión definitiva creó expectación

Pocos escritos han llamado tanto la atención como el mencionado.

Ha sido un éxito editorial, sobre todo entre quienes desean saber alguna faceta terrible de aquellos que anduvieron en las reuniones e, incluso, en las chequeras del mencionado personaje.

Varias son las cuestiones que trajo aparejada la necesidad morbosa de adentrarse en el texto: la impopularidad creciente de los políticos mexicanos, el autoritarismo evidente de todos los gobernantes, el distanciamiento cada vez más amplio entre los ciudadanos y el pequeño grupo de millonarios que eleva sus ganancias no obstante las crisis y la mafiosa forma en que unos cuantos se golpean y conviven, a ratos.

Carlos Ahumada llena todas esas expectativas, incluso tiene discutiendo a varios escribanos que han tomado partido según sus intereses, sin analizar qué sucedió hace tiempo en el país, quiénes lo han llevado a la ruina y cómo salir adelante de los problemas que se ahondan cada vez más.

Claro, hubo excepciones de periodistas analíticos, los cuales encontraron en las evidentes contradicciones del material –de un yoísmo exacerbado– dos respuestas básicas: la corrupción existente en casi toda la clase política y la maquinación de las más diversas fuerzas: grillos, empresarios, Televisa, miembros de los partidos Revolucionario Institucional, Acción Nacional y el de la Revolución Democrática; un expresidente de la República (Carlos Salinas), varios miembros del gabinete de Vicente Fox y hasta éste mismo haciendo campaña abierta en contra de Andrés Manuel López Obrador.

No se puede, sin embargo, pensar que el tabasqueño está exento de yerros terribles, desde la no supervisión a subordinados cercanos hasta seguir confiando en la empresa de Azcárraga antes de la elección de 2006, pasando por no escuchar opiniones de varios compañeros independientes que lo alertaron a tiempo de lo que se maquinaba en su contra.

Carlos Ahumada omite, por ejemplo, cómo logró cientos de millones de pesos en tan poco tiempo: de cadenero en un bar nocturno y mini empresario de dos carros de perros calientes, pasa a realizar obras importantes en delegaciones capitalinas y aporta cuando menos 200 millones de pesos para cubrir adeudos a una campaña del sol azteca.

Tampoco aclara por qué tenía una relación tan estrecha con Carlos Salinas, a quien visitaba en varias ocasiones con Rosario Robles, a la cual incluso el expresidente ilusionó con que podría llegar a la máxima jefatura del país.

Seguramente todo se deba a que Ahumada empezó sus negocios con Francisco Ruiz Massieu en Guerrero, excuñado de quien al ser acusado de estar metido en esta conspiración, dijo que sus opositores hacían “política ficción”. Estamos hablando del mismo Salinas que ha mentido todo el tiempo, incluidos sus dos grandes mamotretos donde intenta explicar que dejó una nación cercana al primer mundo.

Y aquí se cruzan dos egos desbordados, el de Carlos “Primero” y Carlos “Segundo”. Uno corrompiendo de muchas formas desde el poder político, entre ellos a decenas de intelectuales; otro, subiendo como la espuma y, ya con dinero e influencias, sobornando para obtener más favores y someter, incluso mediante videos, a diferentes personajes.

El vehículo perfecto era Televisa, a la que tenía acceso por favores recibidos Salinas de Gortari. Y eso da cuenta del “periodismo” en la mencionada empresa; para ella lo importante es el sensacionalismo y la relación con los poderosos.

Nadie puede exculpar a quienes se vieron lo mismo recibiendo dinero (Bejarano, Ímaz, etcétera) ni entregando (Sosamontes).

Tampoco a los regañados e incluso sometidos por los favores y prebendas, desde clérigos hasta abogados, notarios e incluso llamados jefes políticos. Todos parecen cortados por la misma tijera: la sumisión a hombres aparentemente bien educados e incluso con un lenguaje pedestre (Ahumada), pero que dan beneficios inmediatos.

El asunto es que en una sociedad donde el dinero sirve para tener fama y aparente respeto, hacer política, ganar posiciones y aplastar a los rivales porque no se subordinan, el caso de Ahumada no es el único. Con sus diferencias, vemos que actualmente algunos multimillonarios someten a legisladores y funcionarios, organismos no gubernamentales y periodistas.

Carlos Ahumada descubrió algo que ya se conocía, insistimos, pero justamente al hacerlo patente es necesario rechazarlo de tajo y exigir a los poderosos: rendición de cuentas, supervisión de sus actividades, verificación de sus ofertas y una verdadera dignidad juarista.

¿Utopía? Tal vez, pero si el constatar ese negro panorama no lleva a la acción, qué será necesario hacer para entender que los ciudadanos deben, hoy, modificar el orbe.

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