Ecuador: la respuesta en el viento

Autor:

Guillermo J. R. Garduño Valero*

El pasado 28 de abril Ecuador acudió a las urnas.

De acuerdo con los resultados el presidente Rafael Correa obtuvo, en la primera vuelta, el 52 por ciento de los votos. Además, el Movimiento Nacional que él encabeza obtuvo dos diputados más que la oposición, con lo cual el Congreso unicameral no tendrá problemas para la aprobación de las iniciativas de ley que el presidente promueva. Esto le concede la posibilidad de maniobra y le garantiza capacidad de gestión. Junto a lo anterior, por primera vez en décadas, el partido gobernante ganó en las dos principales ciudades: Guayaquil y Quito.


Si bien el resultado es contundente, el triunfo es tan sólo el inicio de una empinada cuesta que ahora tendrá que remontar Correa y que se desarrolla al menos en tres planos a nivel internacional: el primero nos muestra la consolidación de la alianza Caracas, La Paz, Quito, Managua, encabezada por Hugo Chávez bajo la divisa del bolivarismo; pero es evidente que toda alianza frente a un enemigo tan poderoso como Estados Unidos atravesará por muchas situaciones, aún por venir, que no pueden ser predictibles.

En un segundo plano están las diferencias entre Ecuador y sus vecinos Colombia y Perú. En este asunto se encuentran inmersos desde conflictos histórico-fronterizos, como el caso del Tratado de Río de Janeiro de 1942 mediante el cual Ecuador fue obligado a ceder la mitad de su territorio a los peruanos y que pese al acuerdo Mahuad-Fujimori sigue siendo repudiado por todo ecuatoriano. En cuanto a Colombia, el hecho reciente de la crisis de marzo de 2008 –cuando las narcoguerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, después de larga estancia en la selva de la provincia Sucumbíos, fueron atacadas por el ejército colombiano dentro de territorio ecuatoriano– generó un conflicto que aún no tiene resolución definitiva por las partes.

Por último, pero no menos importante, estaría el plano de la relación Ecuador-Estados Unidos, cuyo punto toral estaría en la salida este año de la base antinarcotráfico que ha venido ocupando Estados Unidos en el puerto de Manta y cuya salida está planteada por la nueva constitución. Además, el reingreso de Ecuador a la Organización de Países Exportadores de Petróleo y su acercamiento con Irán no han sido vistos con buenos ojos por la potencia del norte.

Al difícil panorama externo se añaden las debilidades internas que no son para ignorar: comencemos por el precio del petróleo que el año pasado produjo, hasta octubre, ingresos extraordinarios que sirvieron para financiar los programas sociales del mandatario y que generaron la visión de que esto continuaría a largo plazo, al menos durante los próximos cuatro años de su gestión; pero, como sabemos, el precio se ha derrumbado y las expectativas de hace unos meses no son las de este momento y es evidente que en el primer cuatrimestre de 2009 los recursos estatales sirvieron para mantener la sobreoferta electoral.

Al mismo tiempo, los precios del banano, camarón, café, cárnicos y azúcar, a los que habría que añadir el precio de los metales, han bajado drásticamente, junto con los ingresos por turismo, y los provenientes por envíos de migrantes en el exterior que han sido mermados por efectos de la crisis internacional.

Por si fuera poco, Ecuador entró, a partir de 2000, en la dolarización, pues la crisis inflacionaria del sucre llevó en su momento a una desvalorización de la moneda nacional y adoptar el dólar estadunidense como moneda de circulación. Hoy, esta situación se refleja en las condiciones de vida de los ecuatorianos, quienes tienen sueldos nacionales que en promedio van sobre los 250 dólares mensuales, en contraste con los precios internacionales que mantiene el comercio local.

En materia de finanzas públicas, el problema central son los ingresos y las vías están cerradas: comencemos por el crédito internacional que ha sido cortado por no pagar a la banca internacional los intereses sobre préstamos de gobiernos anteriores, por 60 millones de dólares (esto al tiempo que la presidencia adquirió un lujoso avión del mismo precio). La segunda fuente sería imponer una severa reforma fiscal afectando al capital, lo que uniría como un solo hombre a todas las fracciones en su contra. Otra medida sería el paquetazo que consiste en elevar el costo de servicios y productos públicos, pero con ello perdería en menos de 24 horas al electorado; por último estaría la utópica ayuda externa de Caracas cuyas cuantiosas inversiones están sólo en el discurso.

Al diagnóstico anterior hay que incluir un proceso que aún se espera. En efecto, Rafael Correa ha ganado tres rounds: el de su primera elección en 2006, en la segunda vuelta donde se presentó solo, sin partido y sin candidatos al Congreso. La segunda ha sido la destitución de los poderes Legislativo y Judicial y su triunfo por 80 por ciento para la promulgación de una nueva constitución. Y hoy: su segundo mandato donde han descendido sus partidarios, pero aún mantiene la hegemonía de más de la mitad del electorado.

Al parecer habría condiciones para no amargar el triunfo, pero la historia de América Latina nos ha demostrado que, si bien Correa asciende en un momento en que el viejo modelo político –iniciado en 1979, en la que concluyó la dictadura militar– se ha derrumbado, la posdemocracia nos indica que, para la región, las elecciones y partidos no trajeron consigo el bienestar ni el desarrollo, sino prácticas frustradas y promesas fallidas, al tiempo que el agotamiento biológico de la clase dirigente concluyó el pasado diciembre con la muerte de León Febres Cordero, líder del Partido Social Cristiano, y para el cual no hay hoy en día una figura carismática semejante a Correa.

Concluyamos pues: las derechas ceden el poder a las izquierdas cuando no pueden enfrentar las crisis, y las izquierdas se agotan en el proceso de remontar la crisis, al momento en que las demandas sociales superan la capacidad institucional para resolverlas. Y así se obliga a las izquierdas, en condiciones de desprestigio, a retornar a una nueva derecha la formación del nuevo consenso. Pero en esto la respuesta está aún en el viento… .

*Doctor en sociología por la UNAM y especialista en América Latina por la Universidad de Pittsburgh; catedrático de la UAM Iztapalapa, experto en seguridad nacional y fuerzas armadas

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