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Frente a la epidemia por el virus de influenza A/H1N1, la sociedad mexicana ha sido superada por la paranoia. Sin poder contenerlo, el Estado abre el camino hacia la violencia, la desesperación y la angustia de sus ciudadanos: especialistas

Durante la tarde y la noche del 26 de abril de 2009, después de haber sido decretada la fase 4 de la epidemia del virus A/H1N1, los supermercados fueron colmados en la ciudad de México. Tres días después, Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), elevó el nivel de alerta a 5, “una señal fuerte de la inminencia de una pandemia y de que el tiempo para organizar, comunicar e instrumentar medidas de mitigación es corto”.

La Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicios y Departamentales, integrada por 117 mil comercios, exhortó a los clientes a evitar las compras de pánico, que se agrega al consumo masivo de tapabocas, guantes, gel antibacterial y medicamentos. La especulación y la desinformación, señalan especialistas, ocasionan desconfianza y que los ciudadanos actúen irracionalmente.

Jesús González Núñez, presidente honorario del Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social, expresa que la influenza por el virus A/H1N1 está ocasionando un estado colectivo de fobia paranoica. Entre la ciudadanía “hay miedo a contagiarse y a morir. La gente está descontrolada y ansiosa por ese temor, sufre de tanatofobia y se aísla”.

De esta manera, expone, el sujeto reacciona para conservar el equilibrio con conductas como la sugestión de padecer dolores físicos que no existen y que sólo se deben al estrés o con acciones como las compras de pánico: “Son formas que el sujeto adopta para controlar esa ansiedad y angustia”.

Los especialistas advierten que este estado de paranoia colectiva es provocado por un gobierno que no garantiza la seguridad de sus ciudadanos y el recelo frente a las instituciones. Explican que este fenómeno puede agravarse ocasionando fracturas sociales y posibles revueltas.


Influenza y paranoia

Jesús González Núñez, presidente del Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social, asegura que la incertidumbre daña a la mente y provoca una conducta descontrolada e irracional: “El problema fundamental es la sorpresa y ante ella las personas no saben qué hacer. Como la situación se prolonga y la gente duda de la información que recibe, pues cree que está distorsionada o tiene otros fines, se ven reacciones de angustia”. Comenta que este trastorno lo mismo afecta al gobierno que desconfía en no poder controlar la situación.

Aunque distingue a la paranoia con la histeria colectiva, admite que hay elementos de esta última en el actuar de los afectados. La histeria colectiva o enfermedad sicogénica de masas se caracteriza “por síntomas compartidos por un grupo de personas con creencias similares, que sugieren una enfermedad, pero que no tiene una causa ambiental o clínica que la evidencie”, señala Timothy F. Jones, del Departamento de Salud de Tennessee.

En su artículo “Enfermedad sicogénica de masas: el papel del terapeuta“, publicado el 15 de diciembre de 2000 en la revista American Family Physician, el doctor en epidemiología sostiene que el síndrome puede tener efectos devastadores en las comunidades y ser causa de profundas repercusiones sociales y económicas.

También, indica, es difícil diferenciarlo del bioterrorismo, el contagio de infecciones o la exposición a tóxicos.

“La enfermedad sicogénica implica la propagación de síntomas, que puede ocurrir a través de la ‘línea de visión’, es decir, cuando unos ven a otros enfermar”.

González Núñez observa que hay estados de depresión y pánico: “La ciudadanía tiene miedo de que algo pueda pasarles, sobre todo a los niños y adolescentes, y hay además repercusiones corporales producidas por las enfermedades sicosomáticas”.

Agrega además que, también, se reacciona con la negación, al asegurar que el problema no existe o que fue creado para otros fines. Correos electrónicos que levantan dudas sobre la emergencia circulan por la red, como el mensaje “La influenza no existe”, que predice que el gobierno hará un análisis de la “farsa” y decidirá si sigue o hará la estudiada declaración: “Gracias a las medidas que se tomaron a tiempo y el apoyo de la ciudadanía pudimos controlar la enfermedad”. Sugiere que se distribuya el correo, pues “no se vale que nos quieran ver la cara como lo han hecho en el pasado (chupacabras, ovnis, leche contaminada)”.

Describe que “sorpresivamente” se anuncia la aparición del virus días después de la visita de Barack Obama a México y luego de la reunión del G7 que concluyó que la economía mundial necesitaba un cambio: “México es perfecto trampolín para lanzar la enfermedad. Curiosamente, los países que reportan enfermos que estuvieron en México y que están reforzando su cerco sanitario son los países que integran el G7”.

Argumenta que a nivel internacional ya no se habla de la crisis financiera, sino del virus: “Esto de antemano es un alivio para el Banco Mundial y las bolsas del mundo. Si alguien debate que con el paro México perdería mucho, pues no: para eso es el dinero que destinó el Fondo Monetario Internacional. Imagínate las ganancias de la farmacéutica a nivel mundial; los empresarios considerarían este paro un alivio”.

Al respecto, Sergio Vega Bolaños, maestro en ciencias sociales por El Colegio Mexiquense, añade que hablar de paranoia colectiva es hablar de mitos populares.

Describe que existen tantas reacciones como personas hay, y las medidas sanitarias o se acatan, se cuestionan o provocan miedo.

Ello lo atribuye a que es una situación excepcional y nunca se habían tomado restricciones y acciones de prevención de esta magnitud. Además, a la difusión en los medios que, si bien informan y alertan, también provocan un constante temor, y a que los ciudadanos están habituados a distractores creados por el Estado: “Los ciudadanos sufren más pánico por la información que viene de otras vías”.

González Núñez dice que para vencer a esta tanatofobia que tiene en constante estrés a la gente, el Estado debe hacer entender a la población que hay probabilidades reales de contagio, pero al mismo tiempo se trata de una enfermedad que de detectarse a tiempo es curable.


Estado, responsable del pánico

Carlos Lozano Ángeles, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) enuncia que una sociedad democrática y madura se caracteriza porque el ciudadano tiene confianza en su gobernante: “Tenemos un gobierno que distorsiona la verdad y da información alejada de la raíz de los problemas. Esto se refleja en la paranoia ciudadana”.

El técnico académico del Centro de Estudios Políticos de la FCPS, Valeriano Ramírez Medina, considera que la paranoia colectiva es provocada por la ilegitimidad del gobierno actual, pues no se cree en él, y por el sentimiento de inseguridad e indefensión.

Sergio Vega Bolaños, maestro en ciencias sociales por El Colegio Mexiquense, suma que “hay un creciente número de personas que no creen en las instituciones. Somos un país con poca memoria y desconfianza eterna.

En un fenómeno como el actual, esto crece de manera inmediata”.

Ramírez Medina describe que la sociedad está siendo rebasada por la catástrofe, pues no hay una respuesta clara: “En lugar de establecer redes de comunicación e información, la gente se mantiene aislada. Ello provoca discriminación, ataques o una paranoia generalizada.

Se deberían abrir las redes ciudadanas y actuar en consecuencia”.

Para el especialista en grupos de poder y negociación política, el problema está fuera del control del gobierno. “El Estado debería ser más firme, establecer cercos y controles sanitarios y poner en marcha un plan de seguridad nacional y social”.

El también investigador en procesos históricos del siglo XX, Carlos Lozano Ángeles, apunta que hay irresponsabilidad en el Estado por las causas no dichas que generan la paranoia. Considera que el Estado ha actuado de forma desproporcionada: “No corresponden las medidas extremas con la información que superficialmente se nos da. Si se trata de un virus, como lo están manejando, que se trata con medicamentos y sólo se requiere prestar atención a los síntomas, no me parece que el problema se hubiera magnificado”.

El sociólogo e historiador expone que no hay manera de contener la paranoia.

Expone que el Estado está vulnerado y cualquier proposición agudizará más el problema: “La gente hace lo contrario a lo que dice el gobierno, se empieza a generar desconfianza y eso va a causar un descontrol. Va a tener que afrontar las consecuencias el gobierno federal de su forma de actuar en el pasado y en el presente”.

Ello, dice, se ve reflejado en la caída de consumo y venta de carne y productos porcinos. Y es que el miedo colectivo ha castigado la producción nacional.

No obstante, la Organización Mundial de Sanidad Animal y la OMS aseguran que la gripe no puede ser transmitida al comer carne de cerdo. En el primer fin de semana, después de declarada la contingencia, la venta nacional cayó en 80 por ciento.

El precio del cerdo en pie disminuyó 3 pesos, lo que significó pérdidas económicas para 3 mil familias en la ciudad de México, que van de 1 a 2 millones de pesos diarios. La Organización Nacional de Porcicultores solicitó que se apoye a los productores y cambiar el nombre de la influenza porcina por el de virus A/H1N1, y seguir la reacción de los mercados, pues este problema puede ser utilizado para iniciar una guerra comercial en contra de México.

Mientras que en países como China, Filipinas y Nicaragua se ha cancelado la importación de carne de cerdo mexicano, en Egipto se decidió el sacrificio masivo del total de cabezas porcinas en el país.

Valeriano Ramírez apunta que la paranoia colectiva puede jugar contra el partido en el poder y afectar la estabilidad del Estado: “Catapultará las contradicciones, agravando el desempleo, la delincuencia, el desabasto de medicamentos y los problemas sociales.

Si había descontento, esto aumentará la sicosis y la tendencia a la violencia social.

Eso sería caldo de cultivo para grupos extremistas o provocadores”.

Por el contrario, para el docente Lozano Ángeles no hay posibilidad para que la paranoia se traduzca en una acción generalizada, toda vez que las instituciones educativas, que sirven como centros de reflexión y análisis, han sido cerradas.

Julio Hernández en su columna El Astillero, publicada en La Jornada, advierte que “la política (y el negocio) del miedo pretende abatir la libertad de pensamientos y convertir a los ciudadanos en rebaño”.

De esta manera, los que ayer tan mal obraban, hoy han de ser aceptados como próceres dignos de olivo: “La patria asustada deja el terreno de lo público para refugiarse en lo privado.

La verdadera contracción económica ha comenzado y la dimensión de la crisis global pasa ahora por el retraimiento social y el riesgo de la abstención cívica y política extremas.

Cual si hubiese sido activado un mecanismo de desmemoria programada, todos los expedientes malditos del sistema pretenden haber sido borrados para dar paso al disquete de la unidad nacional por razones de epidemia mayor”.

El analista advierte que el personaje que ha aprovechado toda oportunidad para legitimarse no debe caer en la hipótesis de “manipular electoralmente la realidad innegable de una crisis de salud, mucho menos de ocultar la información o de haber atendido tardíamente un problema grave del cual se tenían indicios desde semanas atrás”.

El maestro en ciencias sociales Vega Bolaños prevé que, en un estado de mayor emergencia, el Estado se verá rebasado: “No existe la capacidad para elaborar vacunas y detener la enfermedad.

Se habla de un antiviral que no tiene suficientes unidades. Si esto crece, las instituciones serán superadas y el fenómeno más exacerbado”.

Por otro lado, el técnico académico del Centro de Estudios Políticos de la FCPS, Valeriano Ramírez, observa que el fenómeno ha tocado las relaciones internacionales del país con el mundo, pues ven a México como el foco de infección y lo tienen cercado. Agrega que la percepción internacional “genera una visión diferente en el país en donde aparentemente son miles los enfermos y cientos los muertos, hacen ver que en México la pandemia se generalizó”.