De la ostentación a la miseria

Autor:

Como si despertara todos los días en una nueva pesadilla, Ana Bonet recuerda aquella época donde la vida era más fácil y lujosa. Ya hace un mes que cerró la puerta de su hogar para salir a la calle. Ahí encontró una banca donde vive como otros indigentes. El hambre, el frío y las penurias se hacen presa de ella. No volverá a ser la misma

Con el viento, polvo y hojas secas vuelan hasta el abrigo de Ana Bonet.

Sacude el cuello de piel de zorro y apenas se mueve. Devastada y encogida sobre la banca, la rodean bolsas de plástico que agita el aire.

Ahí guarda las dádivas: el papel, la comida, las cobijas y la almohada.

Ana despierta miradas, llama la atención. No, ella no es indigente, lleva ropa fina y la postura de una dama.

“Usted no debería estar aquí”, le repiten quienes se sientan a su lado para oír su historia. Le ayudan por hoy, quizás mañana no. Ella, una “mujer de sociedad”, vive en la calle desde hace un mes.

De las Suites Atenas, en la colonia Juárez, salió maquillada, con el tocado en el cabello (la cinta envuelta como un turbante), las botas de tacón de punta y el abrigo de lana. Con ese garbo, Ana Bonet caminó por la avenida 1 de Mayo en Buenos Aires, ataviada con alhajas y piel de mink o astracán.

Asistía al teatro o cenaba en el restaurante; nada había cerrado, la noche nunca concluía entre bocadillos y charlas.

Los días tampoco tenían fin en la campiña francesa. Ahí sus veranos transcurrían lentos y dulces. Fue ahí que conoció al explosivo Pablo Picasso, en su periodo de Vallauris, el último de su vida. Un momento guarda especial lugar en su memoria: el boleto a Tailandia, la sorpresa que le dio su padre.

Sin embargo, sus dichas que1daron en el pasado. Debe salir del que fue su hogar (la suite que la hospedaba, donde había una pequeña cocineta, sala de estar, tres armarios repletos de ropa y servicio al cuarto); no visitará más ese hotel ni se servirá del bufete; no recibirá la pensión de su abogado, y vagará hasta llegar a esta banca en la avenida Juárez. Siempre acicalada con el porte y el linaje francés.

El dinero es la solución; traerá la holgura y la tranquilidad. Es lo más importante, califica Ana. Pagaría un plato de comida, un vaso con agua y un cuarto de hotel. Es fácil pensar así cuando se rodeó por lo “mejor”.

Su niñez, un cuento de hadas, pasteles y fiestas. Su juventud, un relato en Manhattan: la joven estudiante de publicidad en la Cornell University en Nueva York que intima sólo con estadunidenses, “fabulosamente bellos, amigos de verdad”. Su madurez, una novela que se narra entre viajes, dictaduras, personalidades, bodas, divorcios y muerte. Su vejez, podría decirse que es la crónica de un mes decadente y terrible: la crudeza de la calle y el maltrato del tiempo.

Hace más de 20 años que la argentina Ana Rosa Bonet Suárez reside en México; entonces su padre trajo sus negocios. De origen francés, Francisco Bonet Bobet, fue un bussinesman, dueño de Sanders, procesadora de comida para ganado. Su madre, Antonia Suárez de Bonet, fue literata y se dedicó al hogar. La pareja decidió que Ana no trabajaría; ellos serían los benefactores de su hija única. No previeron lo inevitable y murieron intestados.

Sin poder reclamar su herencia (el capital y los inmuebles en la ciudad de México y en Argentina), Ana recibía de su abogado una pensión para sufragar una vida cómoda; sin embargo, él sufrió un infarto y fue llevado a Houston. Ana dejó de percibir un ingreso y previendo que sería corrida de las suites, decidió salir.

Ana sigue esperando el regreso de su protector y que cambie su suerte.

Ella se refugia en el recuerdo para mantener la cordura. Frente al pasado brillante y de exquisitez, el de los padres que adoraba, el presente es oscuro.

Sin ellos, está indefensa. Siente que despierta a una pesadilla. En aquella banca de la avenida Juárez, Ana intentó dormir por siete noches.

Como el primer día, es presa del insomnio y el desconcierto. Jamás se buscó problemas, éste la supera.

Ana no puede medir los daños en su cuerpo. Los siente pero no los ve. Pasa los dedos por la prenda de lana. El roce le dice que raspa; ella sabe que la tierra y la lluvia apagaron su lujo. Ana ve cada vez menos. Cierra los ojos y aparecen puntos de luz; los abre y sólo distingue siluetas y formas. Bajo el trágico antifaz que trazó la infección (cae el verdoso humor por sus mejillas), Ana percibe todo tras una cortina de humo: se diluye el paisaje, se borran los rostros; distorsiones hasta en sí misma.

Se siente desfigurada y se dice devastada.

De fina complexión –presume su virtud, ser delgada le encanta–, está en los huesos y los labios secos se pierden entre su piel. “Espero dejen pasar por alto que no ría”, pide, se ruboriza y apenas insinúa una sonrisa.

Tiene detenida la quijada y apenas mastica. La tristeza paraliza y deteriora.

No revela su edad, pero cree verse de 80 años. Sus pasos son los de una niña –los pies están dormidos– y no reconoce su voz: “Se entrecorta, es de angustia, no es mía”, y aún así se le oye la tonada sutil del acento argentino.

Deja caer la mano sobre la otra.

Cuenta que no puede sostener nada.

Un jaloneo la hirió. Es diestra, sin la izquierda no puede (ella que se declara de derecha, partidaria de los golpes de Estado y la dictadura). A toda costa debía impedir que un hombre le arrebatara la bolsa. Ahí iba todo lo que es: credenciales, actas, fotografías. No queda ya nada, ni familia ni amigos.

Ana fue volátil: un móvil aéreo que no permanecía quieto; viajando.

Sin raíces que echar, no frecuentó a sus amistades que se fueron olvidando de ella y de su familia tan “pequeñita”, sólo sobrevive ella. Se casó dos veces: la primera boda con un joven argentino, “muy celebrada”; la segunda, con un hombre mexicano, con el rumor de las olas de Acapulco.

Las separaciones fueron cordiales, como un apretón de manos que se da y se despide. Como no había más que arreglar, cada quien tomó su camino.

Otra vez Ana voló y no supo más de los hombres con los que compartió 15 y 20 años.

Ya no es más ese papalote que flotaba.

Está enterrada a esta banca y los indigentes duermen a su lado. Quizás para atenuar el frío o tal vez porque les urge el contacto, aunque trazan celosos su distancia.

Ana lo hace. Por eso abandonó la Alameda (“hay gente muy mezcladita”) y rehúsa la ayuda de asistencia social.

Con dificultad, Ana come. ¿Será que los daños son irreparables? No le queda más que esperar que su vida vuelva a ser lo que fue y de nuevo sea ella la misma.


Indigencia en el Distrito Federal

Según el Instituto de Asistencia Social del Distrito Federal, 6 mil adultos viven en situación de indigencia. El 60 por ciento, formado por varones de entre 30 y 55 años. En su mayoría, concentrados en las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Benito Juárez, Miguel Hidalgo, Iztapalapa y Gustavo A. Madero.

El Informe sobre la situación de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales en el Distrito Federal 2008 (informe DESCA), del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria, advierte que la población callejera es de los sectores más “invisibilizados”.

Expone que los estereotipos y prejuicios sobre los indigentes, que los califican de ser poblaciones sin higiene, descuidadas y peligrosas, se traduce en maltrato, exclusión social y discriminación en los servicios básicos de salud.

El informe DESCA observa que la violencia institucional niega o limita el ejercicio de derechos. Enumera que sufren falta de acceso físico, económico o atención al momento de comparecer ante servidores públicos.

“Estas circunstancias particulares y peligrosas –concluye el reporte– en las que viven quienes habitan en la calle niegan por completo su derecho a un estado de completo bienestar físico, mental y social”. (PM)


Fuente: Semanario Contralínea 127 / Año 7 / 19 de abril de 2009

Comments

comments