Desde el exilio

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El periodista Carlos Pulgarín tiene casi ocho años fuera de su país. En su natal Colombia fue uno de los corresponsales de mayor credibilidad en el periódico El Tiempo, de Bogotá, hasta el día en que amenazas de grupos paramilitares lo obligaron a internarse en el exilio.

Silvia Cruz McAllen, Texas

No le fue fácil dejar la tierra donde nació. Más aún al salir bajo la amenaza de silenciar por las buenas o por las malas su voz de denuncia. El plazo de unas cuantas horas que recibió para salir de Montería, Colombia, y más tarde del país, no fue suficiente para llevar consigo lo más indispensable, su familia.

Se fue conforme se lo pidieron, llevando en su interior la vocación de periodista y un equipaje involuntario de miedo, delirio de persecución, más una carga de indignación y soledad que se acrecentó en el exilio.

Carlos Pulgarín es colombiano y es periodista de corazón, no de los que se forman en algún lugar sino de los que nacen con la vocación.

Durante 14 años ejerció su profesión prestando especial atención a la crónica y el reportaje. Durante los últimos siete años de su carrera se desempeñó como corresponsal del periódico El Tiempo de Bogotá, cubriendo los conflictos armados en diversos lugares del territorio nacional y metiéndose en problemas con quienes no querían que la verdad detrás de los combates se exhibiera a la luz pública.

Su último año en Colombia recibió advertencias para dejar de escribir lo que todo el pueblo sabía; sin embargo, la gota que derramó el vaso para sus agresores fue la publicación del la pieza periodística “Aquello fue un infierno: soldado Moreno”, la cual dio pie al despido de altos mandos del ejército y marcó el inicio de su destierro.

Poco más de ocho años después, en su oficina de McAllen, Texas, Pulgarín accedió a contar al periódico Hora Cero su historia.

La guerra interna

Pulgarín es periodista desde el año 1993, siempre laboró en periódicos dedicado a la crónica y al reportaje, pues son los géneros que le agradan. En sus inicios hizo lo que él llama un “periodismo tranquilo” donde no se metía con el orden público sino narraba las vivencias de la población, escribía de economía y política.

Para nadie era un secreto los problemas del país donde los grupos guerrilleros, paramilitares y los grandes cárteles del narcotráfico, libraban una guerra interna por el territorio, y el riesgo de informar era la constante, se vivía también una transición donde las amenazas a la libertad de expresión ya no venían sólo del crimen organizado.

Dejar el periodismo tranquilo para el reportero significó cubrir los combates entre los grupos armados que enfrentaron al comunicador a la realidad social que vivía su país.

Conflicto ético

A excepción de un casete roto o algunas fotos confiscadas mientras realizaba sus reportajes, el periodista no había tenido grandes problemas con la guerrilla o los paramilitares. No fue sino hasta que el periódico El Tiempo lo envió como corresponsal de Montería y se interna al territorio paramilitar, cuando vive de primera mano las amenazas.

Fue enviado a organizar la oficina del El Tiempo en aquella ciudad, donde desde el comienzo es reconocido como periodista en una ciudad plenamente identificada con los grupos guerrilleros por lo que el comunicador se sabía un extraño en el ambiente, y tenía fundamento para sentir una diana en su espalda.

Los secuestros, asesinatos selectivos sumados a los conflictos armados y el hostigamiento al realizar su labor, eran el pan de todos los días.

“En una ciudad así tú vives con ardor en el estómago y delirio de persecución. Cuando llegas a Montería la gente te dice como son las cosas, comienzas a ser un puntito negro en medio de un vaso de leche, todo mundo te está viendo y piensa ‘a este le va a pasar algo’ y por un lado pues entras en conflicto con la ética ¿informo o no informo?, ¿digo las cosas o nos las digo?”, aseguró.

Para el interlocutor es importante hacer una pausa en su relato para emitir una opinión al respecto, y es que fue su compromiso con la ética de la profesión lo que le orilló al destierro.

“Tenía un compromiso con el periódico, un compromiso ético como periodista. Había algo muy importante también, ya yo era cristiano, no se trataba solamente de la ética periodística, se trataba de cumplir con lo que tienes que hacer. Es un estilo de vida con los fundamentos cristianos y una cosa va agarrada de la otra”, asegura.

Siguiendo esa convicción decidió escribir de la única forma como lo sabía hacer, con la verdad. Creía en el beneficio de informar los hechos de la ciudad donde vivía y que se conocieran a nivel nacional a fin que tuviera un eco en la sociedad.

Sin negociar su convicción el periodista hizo su trabajo y mantuvo una serie de reportajes especiales para la sección Nación de El Tiempo, piezas que le valieron las primeras “advertencias”.

“A mí primero me mandaron avisar con gente y al principio fueron advertencias muy sutiles, que había que pensar en la familia, hasta que poco a poco se van volviendo más fuertes, yo ya empezaba a salir a las montañas y ahí es difícil, pero mientras las amenazas fueron sutiles, siempre me aguanté”.

Informando con una diana en la espalda

Después de un año en Montería, el periodista ya estuvo en varias situaciones difíciles y ya se había ganado y la confianza de las fuentes que le informaban de los combates que a veces se prolongaban por varios días. En uno de los enfrentamientos recuerda haber sido secuestrado por los paramilitares junto con otro periodista de Radio Caracol.

Tras una revisión los periodistas fueron encerrados en una casa donde se les advirtió tenía el terreno minado, donde después de largas horas les permitieron entrar a la zona.

“Es bien curioso porque en un lugar estaban los paramilitares, controlando la entrada y salida del área de combate y dentro del combate está el ejército y la guerrilla combatiendo y se supone que el control lo deberían tener los paramilitares”, relata Pulgarín.

Hay diversos olores que al interlocutor le hacen recordar su tierra, el aroma de un buen café de grano, o la fragancia de la guayaba, olores que de todas formas ha encontrado en otros lares. Pero hay un tufo que nunca podrá olvidar aunque no lo ha vuelto a percibir, la hediondez de la sangre mezclada con pólvora.

“En esa parte el terreno era muy fangoso, entonces cuando empezaron los tiroteos entró un helicóptero artillado, mi compañero y yo nos tiramos al piso y el suelo era fango agua que se había acumulado en un terreno pantanoso.

“En ese terreno había muchos muertos recientes, cuerpos mutilados y se te pega ese olor a sangre en el cuerpo. Uno no lo siente hasta después, porque en ese momento estás pendiente de que no te vuelen la cabeza y de conseguir información”.

Como si recordara el olor, el interlocutor hace una pausa en el relato para tomar un sorbo de café colombiano y prosigue.

“La primera crónica de esos combates fue ‘Réquiem bajo presión’, era la historia de unos paramilitares que habían matado en un pueblo y una de las órdenes de la guerrilla fue que no los recogieran, la intención era dejarlos en la calle hasta que se descompusieran y bajaran los zopilotes y los despedazaran con el único fin de crear más temor.

Pero hubo un sacerdote que venía de una iglesia católica que junto con otra gente se armó de valor y sepultaron a los que estaban tirados en la calle, de ahí surgió esa historia y una serie de historias, la última fue la del soldado Moreno”, recordó.

El último de sus reportajes sería la gota que derramó el vaso para sus agresores quienes después de la publicación de la pieza, le dieron unas cuantas horas para salir de su territorio.

Aquello fue un infierno: soldado moreno

El 25 de junio de 1999, la primera página del periódico El Tiempo mostró al mundo la muerte de casi todos los integrantes del Batallón Rifles, adscrito a la Brigada Once, el testimonio de Andrés Moreno Moreno puso al descubierto la falta de estrategia militar que le costó la vida a decenas de jóvenes soldados el artículo “Aquello fue un infierno: soldado Moreno”, una entrevista exclusiva que causó el despido de un coronel del ejército con veinte años de trayectoria al demostrarse que no se habían tomado las precauciones necesarias para desembarcar al batallón.

Tras la publicación un coronel del ejército lo llamó “vocero de la guerrilla” y el periódico El Tiempo fue acusado de ser enemigo del proceso de paz.

“Sucede esta situación en Colombia: si publicas algo que perjudique al ejército te dicen ‘le estás ayudando a la guerrilla’, así de sencillo. Por el contrario si publicas algo que perjudique a la guerrilla te acusan de ayudarle al ejército, lo mismo sugiere con los campesinos, si le matas una gallina o un cerdo, no porque quieras sino porque te obligan te dicen que le diste comida a los paramilitares y matan al campesino, los campesinos, las misiones humanitarias, los periodistas siempre quedan en medio”, expresa.

Aunque antes había recibido amenazas telefónicas, el hostigamiento se volvió más severo, de tal manera que se tuvo que comunicar a Bogotá para informar la situación a su medio.

“Primero me hablaron por teléfono, con groserías me decían que me iban a matar, la expresión que ellos ocupan es ‘te vamos a dar candela’, ‘que tengas un funeral muy bonito’ y cosas de esas. Después fueron directamente, dos personas me abordaron en un vehículo, uno con una metralleta y otro vestido de civil, me dieron una hora de salida y ese día me tuve que ir”.

Como había aprendido a identificar a los diferentes grupos armados supo que los visitantes que se le acercaron eran paramilitares.

Con la sensación de un arma apuntando su espalda, el comunicador informó a su medio que saldría del lugar y se dirigió a España.

El exilio Con el café en la mano y la mirada en el pasado, el entrevistado medita en los hechos referidos.

“Después de tanto tiempo me pongo a pensar, si ellos te quieren matar, te matan. A mí me hubieran podido matar en muchas oportunidades.

Yo duré un par de años con ese delirio de persecución, todavía cuando salí del país.

Cuando llegué a Bogotá después caminaba por una acera y si yo veía a alguien detrás, me cambiaba a la otra acera o me metía a una tienda o cambiaba la dirección o daba la vuelta y me metía a otro lado o agarraba un taxi de improvisto”, cuenta.

Dejar el país por primera ocasión como un fugitivo de la información, significó el inicio de un largo proceso de andar errante con las amenazas a cuestas. Sin embargo, nunca dejó de escribir, en uno de sus artículos publicados en la página del Centro Internacional de Periodistas declaró: “Mientras viva en este país, trabajaré para comer y escribiré para vivir”.

Sus manos no dejaron de teclear; sin embargo, fue necesario utilizarlas también para limpiar y servir mesas, pues aunque el periódico lo seguía apoyando económicamente, su sueldo era enviado a su familia.

Pasados unos meses, cuando creyó que el peligro había pasado, regresó al periodismo en Bogotá, pero las amenazas volvieron y nuevamente tuvo que salir del país dirigién dose a Córdoba, en Argentina; donde dictó unas conferencias. Los meses siguientes se desempeñó como catedrático de la Universidad Privada de Santa Cruz, en Bolivia, y más adelante como colaborador del periódico La Nación de Costa Rica.

Se presentó la oportunidad de volver como catedrático de la Universidad de la Sabana, en Colombia, pero al llegar a su país volvió el acoso. “Después de mucho tiempo yo me pongo a analizar y pienso que no me querían matar, pero tampoco me querían en Colombia”, fustiga.

Llevando a su familia, el comunicador decide ir a Perú donde fungió como corresponsal del Instituto de Prensa y Sociedad, donde se dedicó a investigar los casos de periodistas asesinados; sin embargo, tampoco era un lugar seguro para ellos.

“Estando en Perú hubo amenazas telefónicas.

Perú es frontera con Colombia y hay muchos nexos entre paramilitares y narcotraficantes.

Cuando recibí las amenazas decidí salir y no estar tan cerca del país, aplicamos para ir Canadá y en tres meses estábamos allá”.

Los trámites se facilitaron gracias a un programa del gobierno canadiense que ofrecía refugio a profesionistas en situación de riesgo donde se les otorgó la residencia y el apoyo para vivir en aquel país.

En su estancia en Canadá se abre la oportunidad de dirigir un periódico de publicación mensual llamado La Palabra, que después de unos meses tuvo que cerrar por problemas económicos.

“Había dirigido el periódico cristiano La Palabra, pero hubo problemas económicos, que el periódico no se recuperó. Allí yo me había sentido bien porque era el director de la publicación, pero entonces el periódico tuvo una crisis económica, no logró levantarse y tuve que irme a una granja lechera, pero no fue lo único que hice, antes de eso pinté, recogí basura, hice de todo tipo de oficio mientras seguía escribiendo”, recuerda Pulgarín.

En el destierro, continúa colaborando para diversos medios electrónicos, especialmente Reporteros Sin Fronteras, Sociedad Interamericana de Prensa, Medios por la Paz, entre otros.

Comenta “El Centro Internacional de Periodistas fue muy importante para mí, fue mi válvula de escape, seguía escribiendo porque la vocación periodística una nunca la deja”, dice convencido.

Durante el tiempo que trabajó en la granja lechera, sus artículos se siguieron publicando firmados “desde algún lugar afuera de Colombia”. Más que su pasión periodística, el amor por su país y la voz de su conciencia no le permitían olvidar su vocación, no importara en que oficio se desempeñara.

Piezas como “El día que hablaron las vacas”, donde relata la guerra interna de Colombia, “Informando con una Diana en la espalda” y “Diario de un periodista colombiano en el exilio”, se dieron a conocer a la comunidad latina a través del portal de Libertad de Prensa.

Carlos Pulgarín y su familia se aferraron aún más a su fe cristiana lo que les dio entereza para soportar sus problemas. Al recordar el principio de su exilio, el entrevistado reflexiona las circunstancias que vivió desde su primera salida del país, y concluye que to do fue un proceso en su vida que le ayudó a formarse como ministro evangélico.

“Muchos de los sermones y artículos que escribí nacieron montado en un tractor, manejando el ganado vacuno y sucio en medio de un montón de animales, y la gente se reía porque en mis predicaciones las ilustraciones siempre eran de las vacas”, recuerda el pastor.

Cuando se cuestiona al comunicador que durante catorce años dedicó su vida a informar la realidad colombiana con todo y los peligros que ello significaba; el porqué cambió de profesión, la respuesta es simple para él.

“La vocación periodística no la he dejado.

He dejado el periodismo secular, pero eso va por dentro y Dios no hace nada por azar, todas las herramientas que aprendí las estoy usando en la Iglesia con la que trabajo.

Carlos Pulgarín tiene ya varios años en el Valle de Texas. Llegó con su familia como estudiante del Río Grande Bible Institute y luego de su ordenación fue enviado como pastor en la Primera Iglesia Bautista de McAllen.

Aunque se podría pensar que una cosa y la otra no tienen nada en común el presbítero asegura que el periodismo y el pastorado tienen el mismo nivel de presión y en ocasiones el mismo nivel de peligro.

“¿El peligro?, el peligro yo no lo he dejado.

Aquí hay un enemigo más grande que hay que enfrentar cuando se llega al ministerio. En realidad el peligro de la guerrilla no es nada comparado con el enemigo que se enfrenta un pastor, o un misionero. Aunque en ocasiones es un peligro invisible, de diferentes maneras que tiene que ver con brillar en medio de la oscuridad. Entonces prácticamente el peligro siempre lo he visto, la diferencia es que a mí ya no me protege el periódico El Tiempo, me protege Dios”, fustiga el pastor.

Carlos Pulgarín no descarta en un futuro regresar a Colombia, esta vez no como periodista o catedrático, pero como sí como ministro del evangelio, porque todavía tiene verdades que decir.