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La actitud pendenciera de Felipe Calderón y de los barriobajeros panistas que le acompañan, que les lleva a actuar con las vísceras y no con la prudencia y el raciocinio, les ha llevado a olvidar el valor de una inestimable herencia construida minuciosamente durante poco más de 70 años por el bloque dominante (la oligarquía, los priistas, populistas y neoliberales, y sus aventureros y depredadores amigos de viaje). Ese legado es el autoritario presidencialismo mexicano. Gracias a esa entelequia, aún con lo ajado que se encuentra, ha logrado gobernar como cualquier déspota tropical, sin grandes tropiezos, con la complacencia y la complicidad sistémica pese al cúmulo de yerros y tropelías que cometen cotidianamente. Gracias a esas estructuras de dominación, la mayor parte de la población ha permanecido contenida durante décadas: despolitizada, desorganizada, sumisa, paralizada por el pánico de ser arrojada a las calles en plena recesión –como sucede actualmente– obligándole a aceptar toda clase de abusos que cometen las elites en contra de ella. Y cuando la política, las instituciones y los mecanismos de control son insuficientes para persuadir a los descontentos, corromperlos, cooptarlos o aislarlos, han sido eficaces para reprimirlos, sin mayor peligro para el orden establecido.

Esa situación ha asegurado, hasta el momento, la obediencia de la población. Pero en otras naciones, esas circunstancias de injusticia, inequidad, opresión y humillación, como la nuestra, han desbordado la capacidad de sus habitantes para soportar indefinidamente las realidades opresivas, convirtiéndose en las razones sociales de su rebelión que han derrumbado a regímenes autoritarios, con sus respectivos ajustes de cuentas, “cuando las cabezas de los peleles empiezan a caer como espigas de arroz bajo la hoz”, como diría Huynh Minh, campesino y uno de los dirigentes sudvietnamitas que resistieron y derrotaron a los estadunidenses. En México ya es perceptible el creciente malestar y descrédito de las instituciones y sus responsables, de futuro incierto, también traspasado por los priistas, y que la extrema derecha hipócritamente confesional se ha encargado de amplificar.

Ante la cada vez menos eficacia del sistema, Calderón utiliza uno de los expedientes extremos de “convencimiento”, clásico de los sistemas decadentes, incapaces de legitimarse y afianzarse por otras vías: el terror de Estado, pues saca a los militares a las calles, cuyas arbitrariedades son protegidas y premiadas con aumentos salariales, becas y otras prebendas, aún cuando esa institución, desmerecida por sus históricamente brutales represiones en contra de la sociedad, se convirtió en el generoso semillero de los alumnos aventajados que hoy día se enseñorean con el espectáculo sangriento de los narcotraficantes. Kramer contra Kramer.

Con sus desvergüenzas, su desprecio e intolerancia política y social, al pretender imponer sus fundamentalistas valores católicos que rememoran a los cavernícolas, sus políticas antisociales y favorables a los hombres de presa, a la extrema derecha no le queda más que el recurso del terror.

Desconoce y, además, no le importan los límites impuestos por la camisa de fuerza de la democracia que dicen que, súbitamente, se entronizó en México con el pedestre Vicente Fox. Sus principios e intereses son claros en la transición gatopardista del autoritarismo priista al despotismo arrabalero panista.

Las épocas de crisis tienen la virtud de colocar nítidamente en su lugar, en el circo, a los actores políticos y acabar con el mimetismo nauseabundo –Jean-Paul Sartre dixit– de los bufones. El Fondo Monetario Internacional (FMI) siempre recomienda aprovechar esos momentos de conmoción para obligar a la sociedad, paralizada sicológica y socialmente, a tragarse de inmediato la píldora de los programas estabilizadores y las contrarreformas estructurales neoliberales. El doctor shock Milton Friedman también recomendaba esos momentos oportunos de trauma colectivo para imponer rápidamente la terapia, pues de ello dependen sus alcances. Uno y otro saben –o sabía el difunto Friedman, a Dios gracias, uno de los padres putativos de los chicago boys como Pedro Aspe, Guillermo Ortiz, Agustín Carstens, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y demás– que es el tiempo del puño de hierro, porque su modelo y el capitalismo en general son alérgicos a una democracia participativa. Las causas de la militancia del rupestre Calderón, los panistas, los priistas y la “izquierda” adocenada, para aquellos que aún tengan dudas de sus sacrosantas intenciones, han sido más que obviadas por la recesión.

La descarada postura antipopular y pro empresarial de la derecha extrema es monumental, como la grotesca estatua de Juan Pablo II, el cruzado anticomunista y protector de pederastas como Marcial Maciel, que fue accidentalmente derribada por un joven alcoholizado (¿castigo divino?). Los ejemplos crecen como los hongos después de la lluvia: el desplante de los consejeros electorales, defensores de los intereses del duopolio televisivo contrarios a los de la nación, que oscurece las futuras y normalmente turbias elecciones; el fallido intento del retrógrada secretario de Salud por tratar de “enmendar” a su libre arbitrio la Norma Oficial Mexicana 046, que le concede mayores beneficios a las mujeres en materia de aborto, en sintonía con la línea interpretativa de Calderón y su aliada, la Iglesia Católica, la mexicana y el Vaticano, que en su esquizofrenia fundamentalista pretenden imponer a la sociedad su rancia concepción burguesa de la concepción de la vida: la mujer sumisa, la familia mononuclear, su pro Sida sexualidad –mientras se protege y se oculta celosamente la pederastia y otros delitos debajo de los hábitos o cometidos por otros devotos–, la enseñanza religiosa o el derecho divino de los reyes, esa cultura dominada por un dios bicéfalo, una testa supuestamente indulgente o que aplica crueles castigos a su rebaño fiel o infiel, y otra simbolizada por el capital que exige la inmolación terrenal de los asalariados para acrecentar la tasa de ganancia; la complicidad oficial ante los panistas, cruzados de Dios antiabortistas y partidarios de sus “buenas costumbres” católicas que reinan como cavernícolas y depredan generosamente al erario, sin olvidarse de la lonja para la iglesia en Guanajuato, Jalisco, Querétaro o Puebla –junto con los “renovados” priistas, encabezados por Mario Marín, encubridor de pederastas y agresor de la periodista Lydia Cacho–; la tolerancia ante la inconstitucional militancia política de la Iglesia Católica, cuyo dedo flamígero exige terribles castigos a los que no comulgan con sus creencias, excomulga a la oposición de los santurrones Calderón y los panistas, cuyas tribus han sido pontificadas como el “partido de Dios”.

Si el uso de la razón, la búsqueda de la legitimidad por medio del consenso o el respeto al estado de derecho, la pluralidad cultural y política no han sido las luces guiadoras de la praxis de los panistas, tampoco ésta se ha caracterizado por el virtuosismo en el uso del dinero público que tanto criticaron a los priistas.

Según los resultados de la Auditoría Superior de la Federación, encabezada por Arturo González de Aragón, los foxistas-calderonistas resultaron iguales de insaciables.

De acuerdo con su más reciente supervisión, a la cuenta pública 2007, en cada año teñido de azul panista se ha incrementado la corrupción; el doloso manejo discrecional de los recursos y su desviación para fines diferentes para los que fueron asignados; el subejercicio; la ineficiencia; la creación de instrumentos jurídicos como fondos, fideicomisos y partidas novedosas para escabullirse de los mecanismos de control y supervisión; el abuso de las figuras de “soberanía” y “autonomía” de las entidades federales, los estados y municipios para ocultar pillerías y saquear púdica o desfachatadamente al tesoro público; el otorgamiento de donativos públicos a entidades privadas como la Iglesia, las organizaciones que sirven de fachada a la pudorosa extrema derecha u otras instituciones y personas; la falta de transparencia; la omisa fiscalización y rendición de cuentas; la complicidad protectora que obstaculiza la aplicación de las leyes, desde las secretarías de la Función Pública y Hacienda hasta la Procuraduría General de la República y la Suprema Corte, entre otras plagas que contribuyeron al derrumbe priista (Reforma, 15 de marzo de 2009). Los panistas no sólo no hicieron grandes esfuerzos para evitar infectarse de esa otra herencia priista; por el contrario, parece que quieren imponer nuevos “récords” en menores tiempos. En ese estercolero se hermanan todos los poderes, los fácticos y los de fachada legal, en todos los niveles y de todos los partidos.

También las primeras “damas” chapotean en la misma ciénaga, como nos recuerda la periodista Lydia Cacho.

Esas distinguidas y pulcras señoras usan alegre y rumbosamente la caja chica del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), y no precisamente “para jugar a la casita”, como dice Lydia. Alguna desquiciada por el poder soñó convertirse en la parodia de Evita Perón; otras, indiscutiblemente devotas como Marta Sahagún, no sería extraño que quieran desdoblarse como la madre Teresa de Calcuta. Entre evitas y teresitas, empero, desconozco si alguna aspira a emular a una digna soldadera.

Ni siquiera Chayito Robles, por ejemplo, de lastimoso desenlace. “Un vistazo a la hemeroteca de los 32 estados –agrega Lydia– permite ver el reiterado uso de dichas ayudas para fines electorales y partidistas” que realizan “las primeras damas de buena voluntad: el DIF de Nuevo León gastó, en un baile de gala para festejar a los abuelitos, 100 mil pesos; en la posada para mujeres, 55 mil, y para el área de atención sicosocial para menores invirtió sólo 126 mil pesos. En las fiestas, las primeras damas entregan regalos, y sus maridos son, a ojos de las y los convidados, quienes invierten en su bienestar y felicidad.

En los actuales tiempos preelectorales, gobernadores y alcaldes que suspiran por otros puestos acompañaron a sus esposas a entregar, casa por casa, cobertores, chocolates y galletas. En Cancún se gastaron casi 1 millón de pesos; en Nuevo León, 880 mil en cobijas y chocolatotes preelectorales”. ¿Cómo será la discrecionalidad en el DIF de Zapopan, Jalisco, que, según la periodista, “obtiene 127 millones de pesos al año, más los jugosos donativos de empresas; el de Tijuana maneja 280 millones y el de Culiacán, 132 millones anuales”? (El Universal, 16 de marzo de 2009).

Excepcionales son realmente los que no ensucian su plumaje de esa manera.

Generosos en el banquete presupuestal, los panistas no olvidan a sus comensales. Pemex, que para el auditor no escapa de las prácticas señaladas –y que publicaciones como Contralínea y Fortuna. Negocios y Finanzas han documentado profusamente–, reparte contratos como si fueran estampillas a las empresas trasnacionales Dowell Schlumberger de México, Drillers Technology de México, Halliburton y algunos empresarios. Hacienda, que se dedica a la cacería de pequeños y medianos contribuyentes cautivos ante la caída de los impuestos, dispensa a las grandes empresas. Según Arturo González, en 2007 condonó pagos por 8 mil millones de pesos a 57 empresas, cantidad que supera lo recaudado por el impuesto al activo: 7.6 mil millones (La Jornada, 13 de marzo de 2009). No hay que olvidar el trato privilegiado con los impuestos diferidos de la banca “mexicana”.

Por desgracia, la magnanimidad panista es estrecha.

No logra ocultar su desprecio por la chusma a la que está dispuesta a inmolar, aprovechando las épocas de conmoción, como alecciona el FMI y Friedman. La naturaleza antipopular de los calderonistas, el propio Calderón, Agustín Carstens, Guillermo Ortiz y Luis Pazos, y los panistas, queda de manifiesto por su feroz rechazo a imponerles límites a las usureras tasas de interés y comisiones cobradas por los bancos, organismos que además, junto con los inescrupulosos despachos de abogados, aterrorizan a los usuarios que, por desgracia, cayeron bajo sus garras y carecen de mecanismo legales para defenderse. Para ellos, el “libre mercado” es la insolente e ilimitada expoliación. También por su negativa por acotar los insultantes salarios y prestaciones (dietas, aguinaldos, gratificaciones, premios, recompensas, bonos, estímulos, comisiones, compensaciones, primas vacacionales, seguros médicos y de vida), que se han convertido en fuentes de enriquecimiento, sangría presupuestaria y despojo de los contribuyentes. En cambio, al 80 por ciento de los trabajadores subordinados (23.6 millones) les imponen anualmente la “ley del hierro”: sus poco más de 2-8 pesos diarios de aumentos que los condena a vivir en la pobreza y la miseria. Allí se olvidan del “mercado libre”, de la homologación de los precios internos y externos, argumento que se utiliza para elevar las tarifas de las gasolinas, el gas u otros bienes y servicios.

En México, por ejemplo, en 2008, el salario medio por hora pagado por la industria manufacturera equivalió a 3.16 dólares; en Chile, 3.71; en Francia, 13.14, y en Estados Unidos a 17.59 dólares. En 1985, las remuneraciones en ese sector eran de 1.33 dólares por hora, y en México de 2.30. En 2008, los trabajadores coreanos percibían poco más de 12 dólares y los mexicanos, 6.30. Los japoneses, 21.20, y los canadienses poco más de 20 (gráficas 1 y 2).

¿Libre mercado? Entonces ¿por qué no se igualan los salarios y prestaciones de México a las de Estados Unidos? La respuesta es sencilla: porque los bajos salarios de los trabajadores representan la riqueza empresarial: la redistribución del ingreso de los sectores bajos de la población hacia los de arriba. En la gráfica 3 se ve cómo, mientras aumenta la productividad, el costo de la mano de obra se reduce.

La brecha entre ambas líneas es la “competitividad” y las ganancias de los empresarios, obtenida a costa de la miseria de 70 millones de mexicanos.

El “filántropo” Carlos Slim, dadivoso, dice que hay que repartir los frutos, no el árbol. La gráfica señalada muestra cómo se han repartido. Las mayorías ya no deben al reparto de los “frutos”, pues siempre les tocan los podridos o envenenados. Lo que hay que repartir es el árbol; la lucha es por él.

En plena crisis, los panistas aspiran a imponer la contrarreforma laboral. Pretenden desmantelar la parte laboral de la Constitución para aplicar los contratos por hora y a prueba por 30 días, supuestamente para “beneficiar a muchos egresados que no encuentran empleo, adultos mayores, madres solteras o personas con capacidades diferentes, quienes no tienen opción de trabajo alguna”, según dice el cínico senador panista Javier Castelo. ¿Ésa es la manera en que el “presidente del empleo” quiere crear nuevas plazas? Es decir, ¿quitándoselas a unos para dárselas a otros, con igual o peores salarios y prestaciones casi inexistentes? Curiosa manera de socializar la miseria.

En todo caso, Castelo debió decir que lo que desean es legalizar lo que ya se realiza ilegalmente, violando la Constitución con la complacencia de Calderón. De 29.5 millones de asalariados que había en diciembre de 2008, 13.8 millones, el 46.7 por ciento, carecían de contrato y 11.5 millones, el 39 por ciento, no tenían prestaciones.

Apenas 12.8 millones, el 43.4 por ciento, tenían un contrato permanente. Esa situación es injusta para los panistas y los empresarios: quieren resolverla quitándole los contratos y las prestaciones a todos.

Calderón quiere convertirse en el Pinochet mexicano, pues no hay que olvidar que ese asesino dictador fue el que convirtió en realidad el sueño empresarial: la “flexibilidad” laboral.

Para quienes no lo entiendan, como los trabajadores electricistas, no olviden que los militares están ávidos por cubrirse de “gloria”.

Con esas políticas, las elites únicamente lograrán que, como dice un poeta argentino: “Nos salga el indio de adentro y empecemos a cobrar injusticias”.