El Suplicio de los Cerezo

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El 16 de febrero pasado, los hermanos Cerezo Contreras cumplieron una sentencia de más de siete años de prisión en penales de máxima seguridad y en el Centro de Readaptación Social de Atlacholoaya, Morelos. Los jóvenes universitarios, acusados de “terrorismo” por las autoridades mexicanas en un proceso plagado de irregularidades, relatan las torturas y vejaciones a las que fueron sometidos en penales destinados a capos y sicarios del narcotráfico y secuestradores.

 

Delgados, cabello corto, pálidos, dejaron su juventud en los penales “de exterminio” de La Palma, en Almoloya, Estado de México; Puente Grande, Jalisco; Matamoros, Tamaulipas –Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso), como se les conoce oficialmente–, y en el Centro de Readaptación Social Atlacholoaya, en Morelos. Afuera todo pasó de prisa. El “monstruo” ahora los sorprende con sus colores brillantes: la ciudad de México. En el encierro se perdieron del avance tecnológico, estudios, proyectos, amigos, familia, la vida. Vivieron en una película blanco y negro, que no quieren volver a repetir. Los hermanos Antonio y Héctor Cerezo Contreras cumplieron la sentencia de siete años seis meses de un juicio modificado en dos ocasiones. Su calvario inició el 13 de agosto de 2001. Acusados de “terroristas”, señalan que fueron torturados por agentes de la Procuraduría General de la República (PGR) y efectivos de la Secretaría de la Defensa Nacional. Los golpes y vejaciones propinados por sus captores tenían como objetivo arrancarles la confesión de que habían sido ellos los autores intelectuales y materiales de las explosiones en tres sucursales de Banamex –aún propiedad del consorcio financiero estadunidense Citigroup–, el 8 de agosto de 2001. El “atentado” fue reivindicado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo, grupo aparentemente escindido del Ejército Popular Revolucionario (EPR). En entrevista con Contralínea, los hermanos Cerezo relatan las violaciones a sus derechos humanos. El hostigamiento, las amenazas y el miedo que se vive al interior de los penales hablan de la impunidad que prevalece en el sistema judicial mexicano y de la criminalización de la protesta social, dicen.

 

El fin

El 16 de febrero pasado concluyó el encarcelamiento por una sentencia “injusta” para Antonio y Héctor Cerezo Contreras. Afuera del Centro de Readaptación Social (Cereso) Atlacholoaya, más de 200 personas estaban a la espera. Música, consignas estudiantiles, el vaivén de la gente, machetes alzados. Dentro de los altos muros de concreto: la espera, el papeleo, la burocracia. Una, dos, tres horas y nada. Su salida se había fijado a las 10:00 horas; pero a las 13:00 horas aún no se encontraban en libertad La incertidumbre era tal, que integrantes del Comité Cerezo y su hermano Alejandro –preso por los mismos motivos y exonerado el 1 de marzo de 2005– habían llegado desde una noche antes, “por si los sacaban en la madrugada”. Ahí se encontraban los “compañeros” del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), de San Salvador Atenco; de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México; del Movimiento de Unificación de Lucha Triqui; y del Partido Obrero Socialista. Integrantes de las Brigadas de Paz Internacional también estaban presentes para verificar que no hubiera anomalías. Emiliana Cerezo iba y venía del penal. Las noticias no eran las mejores: el médico del reclusorio no se encontraba para validar la salida de los jóvenes; su firma era lo único que faltaba. Bajo el sol, los representantes de los medios de comunicación esperaban y las canciones de José de Molina se oían por un altavoz. Francisco, el hermano mayor, atendía a la gente que los había acompañado en caravana para recibir a sus hermanos. Salieron de Ciudad Universitaria en tres autobuses distinguidos por las pancartas que exigían la “liberación de los presos políticos”. La cita fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde lo jóvenes iniciaron sus estudios universitarios. Ésta sería la primera vez, después de más de siete años, que los Cerezo Contreras volverían a encontrarse. Pero sólo ellos: sus padres continúan resguardados en algún lugar, desde 1990, ante la probabilidad de ser aprehendidos por las autoridades mexicanas, quienes los señalan como supuestos integrantes del EPR. Vestidos de beige, Antonio y Héctor se asoman a la sociedad 10 minutos después de las 13:00 horas. Sólo llevan consigo tres pinturas y grabados, elaborados por ellos mismos; cobijas, y algunos objetos personales en bolsas de plástico. “¡Presos políticos, libertad!”, se oye al unísono; música de José de Molina se escucha por el altavoz.

 

El regreso

“Fueron siete años y medio de lucha, de resistir las condiciones carcelarias, pero también de impunidad”, dice en entrevista Antonio Cerezo Contreras, quien aún porta los lentes que le asignaron en el Cereso –gruesos, de plástico y con micas opacas–, pues no cuenta con recursos económicos para cambiarlos por unos que le hagan dejar el recuerdo de su encierro. Acusados de daño en propiedad ajena, terrorismo, fabricación de artefactos explosivos, los hermanos Alejandro, Héctor y Antonio Cerezo Contreras fueron consignados el 11 de diciembre de 2002 a cumplir 13 años de prisión. Así lo dictó el juez tercero de distrito B en materia penal del Estado de México, quien afirmó que los jóvenes eran responsables de los delitos de violación a la Ley Federal contra la Delincuencia Organizada. Alejandro fue exonerado tres años y seis meses después. Mientras, a sus hermanos se les reducía la condena a siete años y medio, dictó el Segundo Tribunal Colegiado. Nunca se les comprobó ninguno de los cargos por los que habían sido consignados. El razonamiento del juez fue que, si bien no se podía comprobar su participación en ningún hecho ilícito –relata Antonio–, “es cierto que estaban organizados para delinquir por su coincidencia ideológica con los grupos armados”.

 

El encierro

Dormían. Eran las cinco de la madrugada del 13 agosto de 2001. Fueron despertados violentamente por agentes de la PGR, quienes los amagaron con pistolas, los sacaron al patio de su vivienda en calzoncillos. Iniciaron dos horas de tortura: los vendaron, golpearon y les colocaron bolsas de plástico en la cabeza. En el interrogatorio, “nosotros no firmamos nada, no nos declaramos culpables, no tanto porque fuéramos muy valientes, sino porque no sabíamos de qué nos estaban acusando”, dice Antonio. Tras 96 horas de permanecer en la subdelegación de la PGR de Azcapotzalco, fueron trasladados al penal de máxima seguridad de La Palma, hoy Altiplano, en donde fueron ubicados junto con *** capos de la droga en México, como Arturo Guzmán Loera (hermano del líder del cártel de Sinaloa, Joaquín Guzmán, alias el Chapo), asesinado en el mismo penal el 31 de diciembre de 2004; Miguel Ángel Beltrán Olguín, y Miguel Ángel Caro Quintero; así como del secuestrador Daniel Arizmendi, el Mochaorejas. “Ahí llegamos. En el recibimiento se le somete y humilla al preso: gritos, un perro ladrando a la oreja del interno; se te desviste, revisan, te ponen a hacer sentadillas y después de ese proceso te llevan corriendo esposado a donde vas a estar: el área de castigos”, cuenta Antonio Cerezo, quien ingresó al penal a los 24 años de edad. En el “área de conductas especiales” permanecieron 15 días en aislamiento. “No sabíamos cómo eran las cosas ahí. Nunca te explican nada, y es que hay que entender que en los Cefereso al último que se le explica algo es al preso”, agrega. Héctor, preso a los 22 años de edad y quien mantiene el semblante más pálido de los dos hermanos, relata: “En los penales, cuando eres de nuevo ingreso, te aplican un régimen mucho más duro y eso es a todos. Hay quienes llevan consigna, tienen que ser castigados, humillados o golpearlos más. Con nosotros, la consigna era la de no permitirnos dormir durante la noche. Cada 15 minutos iban a molestarte, a azotarte la reja. No había acceso al patio, al sol; fue un proceso muy difícil”. En La Palma, los hermanos Cerezo intentaban leer lo más que podían. Aprendieron a pintar al óleo y trataban de estudiar las leyes mexicanas para contribuir con su defensa desde dentro, “con los pocos elementos que podíamos tener porque te dificultan mucho la defensa”, dice Antonio. Ahí leyeron novela universal, los clásicos: La guerra y la paz, Los miserables, El conde de Montecristo… todo lo que estuvo a su alcance. Eran dotados con un libro a la semana, que ni siquiera era elegido por ellos mismos. Después del asesinato del hermano del Chapo, las autoridades de la Secretaría de Seguridad Pública iniciaron operativos para retomar el control de los penales, que supuestamente ya eran controlados por capos del narcotráfico, como Osiel Cárdenas Guillén. Los hermanos Cerezo fueron separados y trasladados a diferentes penales federales: Puente Grande, Jalisco (Héctor); Matamoros, Tamaulipas (Antonio); Alejandro permaneció en La Palma.

 

Del encierro a la realidad

Para los Cerezo hubo dos momentos que marcaron su vida en prisión: el encierro en 2001 y la separación de los tres hermanos a otros penales federales en 2005. Aunque no se podían ver dentro del mismo reclusorio, sabían que estaban cerca y podían estar al pendiente el uno del otro. Los hermanos relatan que después del asesinato del hermano del Chapo Guzmán, la vida en el penal se recrudece. Les eliminan el acceso a periódicos, revistas, material de estudio; se acaban las actividades físicas, les quitan todo lo que podían tener: libros, objetos personales, escritos, cuadernos, cartas y el poco dinero con el que contaban. “Los custodios se justifican diciendo que cumplen órdenes, aunque las mismas violen el reglamento del Cefereso, lo que los convierte a ellos en delincuentes y violadores de los derechos humanos. Hay un alto grado de deshumanización. ¿Quién los convierte en violadores de los derechos humanos? El sistema. ¿Quién está produciendo violadores de derechos humanos? El sistema. Las autoridades actúan con impunidad, se ponen un pasamontañas, te sacan en la noche, te golpean y no va a pasar nada, a ellos no les va a pasar”, dice Héctor, quien asegura que actualmente la misma impunidad se vive en todo el país. Los Cerezo llaman a los Centros Federales de Readaptación Social “penales de exterminio”. Ahí, “tratan de destruir tu humanidad y dignidad. Es un lugar en el que te pueden hacer lo que quieran y cuando quieran. Ellos (las autoridades) lo expresan abiertamente. Hay torturas como el ocio forzado, perma- *** necer con la luz prendida las 24 horas del día, incluso te dicen en qué posición dormir, y así lo tienes que hacer”. Para Antonio, “los Cefereso se han convertido en los centros de exterminio del Estado, que intenta justificar sus actos diciendo que los presos son criminales que deben pagar lo que han hecho; pero, ¿cuál es la diferencia entre los criminales que hacen cosas inhumanas e increíbles y el Estado, que hace lo mismo, para hacer pagar los delitos?” Héctor relata: “Alguna vez tuve un castigo de 15 días en el que me quitaron las cobijas, el colchón, dormí en el cemento, a temperaturas muy bajas. Me dio gripe, calentura, me dolía el pecho y no recibí atención. Tuve que mojar mi playera y ponerla en mi frente para controlar la fiebre. Afortunadamente salí, pero hay gente que se ha muerto ahí, del apéndice o paros cardiacos. El servicio médico es muy deficiente, depende del criterio del custodio que seas atendido o no”.

 

Criminalizada, la protesta social

Con los machetes en alto, integrantes del FPDT de Atenco recibieron a los Cerezo a las afueras del penal de Atlacholoaya, en Morelos. Ahí se encontraba Trinidad Ramírez Velázquez, esposa de Ignacio del Valle. Su esposo cumple una sentencia de más de 100 años de prisión, mientras su hija América del Valle permanece resguardada, sin que pueda conocer su paradero. Antonio y Héctor hacen un balance de la situación política y social en el país: Atenco, Oaxaca y Guerrero, detenciones y asesinatos de luchadores sociales y defensores de los derechos humanos. No olvidan la muerte de su abogada Digna Ochoa, a dos meses de que fueron aprehendidos. Tampoco, el día que vieron entrar al campesino Ignacio del Valle, de San Salvador Atenco, a los módulos del penal de La Palma. “Es doloroso llegar y enterarte que hay presos políticos en todas las prisiones. Salir y dejar ahí a los mismos y ver llegar a más presos. El mismo clima represivo que vivíamos adentro se vive afuera. La libertad es bonita, volver a las calles, reencontrarte con los amigos y los hermanos, pero es sumamente preocupante ver la criminalización de la protesta social”, dice Héctor. Antonio lo secunda: “Hoy, hay más represión en diversos sectores de la sociedad, no solamente a los indígenas y campesinos, sino defensores de derechos humanos, periodistas, todo aquel que se oponga al sistema. El Estado no hace distinción a la hora de reprimir. Ésta es una continuación entre el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional (PAN). Habría que recordar que el primero llevó guerra sucia justificada por el PAN. Fox creó una fiscalía que lo único que hizo fue simular que investigó y no fue aclarado nada. Ahora vemos la continuidad de una política represiva; duele ver a nuestra patria así. “Cuando caímos nosotros, se justificó nuestra aprehensión por pertenecer, supuestamente, a un grupo armado. Hoy ya ni siquiera los llevan por pertenecer a un grupo armado: la gente de Atenco está por bloquear una carretera y porque se les fincaron delitos de secuestro. ¿Hacia dónde vamos?”, cuestiona. Ante la movilización social y pacífica que se gesta en el país, con movimientos como el de La Otra Campaña, que impulsa el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), los hermanos excarcelados dicen que las personas tienen el derecho de organizarse para defender los derechos humanos, económicos, sociales y políticos. “Lo van a hacer de diferente forma, porque aunque la situación es la misma, tienen sus circunstancias particulares: el caciquismo de Oaxaca o el atraso en Chiapas. “Sabemos muy poco del movimiento que lleva el EZLN, porque en la cárcel es difícil tener derecho a todos los medios. Nos da gusto que existan en el país diferentes esfuerzos y expresiones para tratar que nuestro pueblo viva de mejor manera, económica y culturalmente; ésa es la parte que nos anima, porque es esperanzador saber que hay muchos esfuerzos”, dice Antonio.