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Contrapoder

Por todo el territorio irrumpen la violencia y contraviolencia –factores comunes del enfrentamiento–, a sangre y fuego, de los paramilitares del narcotráfico versus las fuerzas militares, por la disputa del control de los gobiernos (éstos, infiltrados por la delincuencia en todos los órdenes administrativos y judiciales) del Estado federal y de la federación. Y la nación, la sociedad, en medio y víctima de esa guerra que poco a poco está quebrando la paz social, en el contexto de una cada vez menos obediencia a la constitución y a sus leyes reglamentarias que nos están llevando a dos alternativas: golpe de Estado militar o suspensión de los derechos individuales y colectivos de los mexicanos con sus respectivas garantías. Esto último, porque la sangrienta confrontación de la manu militari contra los sicarios del narcotráfico y de la narcopolítica (servidores públicos en complicidad con los narcos) y los ajustes de cuentas entre la delincuencia han generado una “perturbación grave de la paz pública” (artículo 29 constitucional). La sociedad “está en grave peligro” y amenaza con interrumpir de plano la observancia de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Los ultras del conservadurismo de la derecha panista, con el duopolio televisivo y no pocos cárteles empresariales, en el centenario de la Revolución de 1910 ya tienen su precedente en Victoriano Huerta y a su héroe del bicentenario de la Independencia, Agustín de Iturbide, el único emperador (Maximiliano nunca lo fue, escribió atinadamente Gastón García Cantú, porque “Juárez era el presidente constitucional”). El resto del panismo, su ala calderonista, más que “miedo a gobernar”, ha demostrado que no sabe ni puede, tras el fracaso del foxismo que impidió la alternancia, acosado por la ineficacia de sus cuadros administrativos y atrapado por las crisis nativa y externa del capitalismo enjaulado en el neoliberalismo económico. Un calderonismo incapaz de resolver el dilema ¿Keynes o Hayek-Friedman?, ya que postulan con sus corifeos el “dejad hacer, dejad pasar”, que el mercado es intocable con sus invitados del “capitalismo de aventureros y de rapiña” o capitalismo salvaje que inauguraron las privatizaciones del sector público para beneficiar a banqueros, empresarios y politiquillos con disfraz de dirigentes sindicales, de partidos y demás organizaciones que integran las elites de los sectores público y privado que se reparten y concentran la riqueza nacional, como antes de la Independencia (1810) y de la Revolución (1910). Con esa sumarísima perspectiva histórica, asida a esos dos hechos, y que pone de relieve que “el terreno ganado por una o varias generaciones puede ser perdido por las siguientes” (Fisher), se apoya la reflexión de que tenemos enfrente una crisis general que está apretando del cogote al sistema presidencialista y los poderes estatales, municipal y federal, porque no hemos podido desplazar el gobierno de los hombres al gobierno de la ley. El caso es que, como escribió J.H. Plumb, citando una frase de Lenin, “en la historia siempre hay un elemento de sorpresa” para resolver las tensiones sociales, económicas y políticas, cuando ya sus élites –corrompidas y pervertidas por los abusos del poder público y privado–, “por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, se han convertido en incapaces e indignas de gobernar”, puntualiza Tocquevielle. Y así los grupos gobernantes ponen las condiciones de posibilidad para ser destituidos, o precipitan su caída, a consecuencia de inconformidades sociales por hambre, desempleo y falta de credibilidad en la democracia de representación o son objeto de revueltas, guerrillas, revoluciones y/o golpes de Estado. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo” (Alexis de Tocqueville, Recuerdos de la Revolución de 1848). El elemento de sorpresa es que a la derecha panista (con sus ultras esperando a un Agustín de Iturbide o un Victoriano Huerta, con las provocaciones de Lorenzo Servitje a Manuel Espino) irrumpa, antes, durante o después de la fiesta conservadora para celebrar el bicentenario y el centenario, el estallido de las tensiones actuales de las crisis económicas y políticas. Hay muchísimas inconformidades entre los trabajadores, los campesinos, los la degradada clase media (orillada a más desesperación por el desempleo, sacrificio de su consumo, endeudamiento y ninguna esperanza para el corto ni mediano plazo) y los profesionistas salidos de las escuelas de estudios superiores. Ya impacta en el ánimo y el bolsillo de todos ellos, el cierre de empresas, los despidos masivos. Continuación del desmantelamiento de los últimos reductos del Estado de bienestar, con la decadencia del Instituto Mexicano del Seguro Social, del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, Salud. En los tribunales obtiene “justicia” quien doble a los jueces, magistrados y ministros con sobornos (hay gobernadores, como el sonorense Eduardo Robinson- Bours, que tiene a su ministro en la Suprema Corte de Justicia, como lo tiene Enrique Peña Nieto, entre otros). Felipe Calderón, Marcelo Ebrard, Peña Nieto, Fidel Herrera y otros se gastan sumas millonarias en propaganda para sembrar su futurismo electorero o para, con su imagen, ayudar a su partido, y el Partido Acción Nacional (PAN) recibe apoyo de Los Pinos. En el Instituto Federal Electoral se aumentan (aunque hayan reculado) sus millonarios sueldos, para emparejarse a los de los ministros de la corte. Es el saqueo. Así que el pueblo, a través de sus avanzadas con más conciencia (mientras Emilio Gamboa Pascoe, en la Confederación de Trabajadores de México y el Congreso del Trabajo, con edecanes-vedettes, sella su permanencia con las complicidades de Calderón y el PAN), se prepara para los festejos del bicentenario y el centenario, que puede ser un simple asistir indiferente o que los síntomas de encabronamiento social se transformen en brotes de violencia. “¿No oyen ustedes lo que se repite sin cesar: que todo lo que se encuentra por encima de él (del pueblo) es incapaz e indigno de gobernarlo; que la división de bienes hecha hasta ahora es injusta… Y no creen ustedes que, cuando tales opiniones echan raíces, cuando se extienden de una manera casi general, cuando penetran profundamente en las masas, tienen que traer, antes o después, las revoluciones más terribles?” Antes, después o durante los festejos del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución (de 1810 a 1910), la nación bien puede crear las condiciones para manifestar que la elite gobernante se ha convertido, “por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, en incapaz e indigna de gobernar”.