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Descendientes de esclavos negros aún luchan por su inclusión definitiva en la sociedad brasileña. La discriminación y el saqueo de sus comunidades son las nuevas formas de explotación de una de las raíces culturales de Brasil y América Latina


Fabiana Frayssinet / IPS

Campinho da Independencia, Brasil. Una comunidad negra del sureño estado brasileño de Río de Janeiro busca, en medio de los retos de la modernidad, mantener la cultura de sus antepasados en 287 hectáreas cedidas por el gobierno en 1999 en el marco de un plan de reparación histórica a la descendencia de los esclavos.

“Yo clasifico el quilombo como la resistencia del pueblo negro; como su esencia”, define a IPS Vagner do Nascimento, presidente de la Asociación de Moradores de Campinho da Independencia.

Ubicado al sur de Río de Janeiro, a 20 kilómetros de la ciudad de Paraty y en medio de la exuberante Mata-Atlántica (selva), Campinho, como lo llaman simplemente sus habitantes, es uno de los 3 mil 524 quilombos desparramados por Brasil, según ha identificado la Fundación Cultural Palmares, del Ministerio de Cultura. No obstante, se calcula que existen alrededor de 1 mil 500 más.

En su origen, en el periodo de la esclavitud en Brasil que se extendió entre los siglos XVII y XVIII, se les llamaba quilombos a las regiones de grande concentración de esclavos, alejados de los centros urbanos y en lugares de difícil acceso, generalmente mimetizados en medio de la selva.

Allí se refugiaban los esclavos que conseguían huir de sus apropiadores y reproducían la cultura y vida que traían de África, como sus formas de subsistencia tradicionales. Luego también se constituyeron en verdaderos baluartes de luchadores por la libertad.

Después de la abolición de la esclavitud, concretada el 13 de mayo de 1888, muchos quilombos se transformaron en aldeas, que sobrevivieron con una economía de subsistencia, a veces del pequeño comercio.

“Nuestra mayor referencia es el Quilombo Zumbi dos Palmares”, acota el líder de Campinho. Para nosotros, los quilombolas, como se les llama a los habitantes de estos lugares, son el sinónimo, por así decir, de una sociedad a la que le fue bien”, compara.

Zumbí dos Palmares fue un quilombo del periodo colonial ubicado en Serra da Barriga, en lo que es hoy el norteño estado de Alagoas.

Palmares, que resistió durante más de un siglo y que llegó a albergar a unos 50 mil esclavos que habían logrado huir hacia la libertad, se transformó en el símbolo y referencia brasileña de la lucha contra la esclavitud.

“Allá las personas vivían juntas, trabajaban juntas, buscaban sus valores. Por eso Palmares es una referencia muy fuerte para nosotros, porque aquí en Campinho la tierra es colectiva, y tenemos una manera colectiva de producir, de hacer cultura, de producir trabajo”, enfatiza Nascimento.

Campinho tiene una historia peculiar. Sus poco más de 80 familias son descendientes de sólo tres esclavas: Antonia, Marcelina y Luiza; y según la historia que fue transmitida oralmente de generación en generación, no eran esclavas “comunes”, porque habitaban en la “Casa Grande” (casa de los amos) y tenían cultura.

Cuentan que en la región había tres haciendas y que poco después de la abolición de la esclavitud los terratenientes abandonaron sus propiedades y las distribuyeron entre los que las trabajaban.

Antonia, Marcelina y Luiza “juntaron a todo el pueblo disperso y lo trajeron con ellas”, cuenta otra descendiente de la quinta generación de esas esclavas, Laura María dos Santos, coordinadora de Proyectos de Educación y Cultura de Campinho.

Laura, la joven Daniele Santos y la anciana Albertina do Nascimento son las encargadas del comité que recibió a IPS. Ellas son parte de tres generaciones de mujeres que hoy representan la fuerza que originó su tierra.

“Esta herencia se transmite a nuestras niñas que son mujeres que saben cuál es su papel”, subraya Laura y narra una anécdota: “Ante un comentario machista de un tío, una niña de nuestra comunidad dijo: ‘tío, en tierra de mujeres, la mujer nunca muere’”.

Tampoco quiere que muera su herencia cultural. La asociación dirigida por Nascimento promueve proyectos recuperación de la memoria histórica, de artesanías, turismo étnico, recuperación de cultivos originales de forma sustentable, como mandioca, arroz, frijol y maíz.

Campinho fue el primer quilombo del estado de Río de Janeiro que obtuvo su título colectivo de tierra, el 21 de marzo de 1999, después de una lucha que se extendió desde la década de 1960.

Por un lado, la creación del Parque Nacional de Bocaína les impidió ejercer la caza y recolección de frutos en el bosque, que tradicionalmente practicaban para sobrevivir.

Además, la construcción entre 1970 y 1973 de la carretera BR-101, entre Río de Janeiro y Santos, causó una sobrevalorización de la tierra y la consecuente especulación inmobiliaria. Toda la región de Paraty fue blanco del interés de grandes iniciativas turísticas, y muchos pobladores originales comenzaron el éxodo de sus tierras.

Los que quedaron, como la comunidad de Campinho, ganaron esa batalla, pero les surgieron otras, como el de la convivencia con ese nuevo mundo turístico de “ricachos”, como dice Laura María do Santos, y la de la preservación cultural.

“Se trató de continuar lidiando con nuestro ser étnico y tradicional, y, al mismo tiempo, con la tecnología a la que la juventud tiene derecho”, resumió la dirigente. Por otra parte, como añade la tía Albertina, muchas familias de su comunidad terminaron trabajando en los condominios turísticos cercanos.

“De aquí a poco nadie va a querer trabajar la tierra”, lamenta la anciana, quien afirma que no cambiaría por nada su tierra donde tiene “a gusto” fríjol, arroz y cachaza (cachaça, como se llama en portugués al aguardiente destilada de la caña de azúcar). Las haciendas de la región desde los tiempos de las tres esclavas originarias producían cachaza artesanal.

“Ellas ven a las ricas con sus modelitos y quieren imitarlas. Tienen una casa linda, pero cuando ven las de sus patronas, comienzan a sufrir por querer tener una igual”, añade Silvia.

Otro desafío es el surgimiento de nuevas tecnologías, a las que los niños, niñas y jóvenes de Campinho tienen acceso, en general, a través de un telecentro con internet, sin olvidar sus valores y su cultura.

Según Daniele Silvia, “no hay mucha receta para eso”, más que la de promover la concientización política de la comunidad: mantener la cultura.

Para ella, es importante tener acceso a servicios como internet, radios comunitarias y cámaras de video para así poder registrar su historia.

El reto es “dominar la tecnología y no que la tecnología nos domine a nosotros. Enseñamos a nuestros jóvenes que el peor pecado es dejarse esclavizar por cualquier cosa”, sentencia.

Cuando era chica, la joven Silvia emigró de la comunidad; luego fue líder comunitaria de favelas (barrios pobres hacinados) en la ciudad de Río de Janeiro, donde fue a vivir como otros quilombolas.

El temor de la dirigente es que precisamente los quilombos repitan el proceso de “favelización”, con falta de infraestructura y saneamiento, por la falta de tierras. Con el crecimiento de las familias y la tierra cada vez más dividida, las casas están cada vez más juntas.

Silvia recuerda que muchas favelas eran “espacios aquilombados”, con estructura de huerta, espacios abiertos y fuentes de agua naturales. Por eso pide que el gobierno les otorgue más tierras a las que dicen tener derecho en la región.

“Las casas tienen que estar alejadas una de las otras, de tal forma que, cuando una mujer se pelea con el marido, nadie la escuche”, bromea.

La comunidad de Campinho también impulsa proyectos ecológicos. “Aunque algunos ambientalistas digan lo contrario, los espacios más preservados son los habitados por quilombolas”, se defiende Silvia –proyectos como de producción de palmito de forma sustentable y otros para la supervivencia de la comunidad como una agro-floresta–. “Primero la comunidad y después lo que sobra para vender afuera”, destaca Daniele.

Albertina do Nascimento, a quien los jóvenes de la comunidad siempre escuchan respetuosamente, comenta: “En mi quintal terreno no dejo a nadie ni matar un pajarito”. Luego recuerda que sus antepasados hasta comían tucanes para sobrevivir y que hoy volvieron a sus bosques, “lo que es un triunfo”.

Los habitantes de Campinho tienen otros medios de subsistencia colectiva, como la venta de artesanías tradicionales en el turístico estado de Paraty; otros, un restaurante que se especializa en comidas típicas heredadas de la cultura afrobrasileña, como la “feijoada” (guiso de frijoles con pedazos de carne de res y puerco, entre otros ingredientes), hecha tradicionalmente con las sobras que quedaban luego de que los amos comían.

También tienen un proyecto de turismo étnico, que recorre su comunidad, la antigua senzala (dormitorio de los esclavos) y promueve otras actividades culturales como espectáculos de danzas típicas, caminatas en el bosque y visitas a su huerta comunitaria y lugares de producción de harina de mandioca.

El 20 de noviembre fue instituido en Brasil como el Día Nacional de la Conciencia Negra, en recuerdo de la muerte en esa fecha, pero en 1695, del líder de la resistencia negra en Brasil, Zumbi dos Palmares.

Ese día, que es feriado en algunos estados brasileños, como es el caso de Río de Janeiro y Sao Paulo, busca ser una fecha de “reflexión sobre la inserción del negro en la sociedad brasileña”.

Para el líder de Campinho, no hay duda: “Es sobrevivir con dignidad; ésa es la esencia del pueblo negro de Brasil de hoy, traído de África”, sintetiza.

CONTRALÍNEA 163 / 03 DE ENERO DE 2010

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