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Republicanos o demócratas, todos los mandatarios de Estados Unidos emprendieron operaciones destinadas a eliminar al régimen cubano a lo largo de 50 años.

En cinco décadas, la Revolución Cubana desmanteló la herencia colonial española y estadunidense al construir el socialismo en la Isla; participó en la lucha “antiimperialista” de países de África y Asia, y reconfiguró las relaciones geopolíticas del mundo durante y después de la Guerra Fría.

La fortaleza del régimen revolucionario, que se formalizó el 1 de enero de 1959, le permitió sobrevivir a la animadversión política de 13 administraciones estadunidenses que, incluso, organizaron operaciones encubiertas para eliminar físicamente a la dirigencia cubana: Dwight David Eisenhower (1953-1961), John Fitzgerald Kennedy (1961-1963), Lyndon B. Johnson (1963-1969), Richard Nixon (1969-1974), Gerald Ford (1974-1977), James E. Carter (1977-1981), Ronald W. Reagan (1981-1989), George Bush (1989-1993), William Jefferson Clinton (1993-2001) y George Walker Bush (2001-2009). Ahora, los cubanos se aprestan a observar cómo Barack Obama construirá su relación con la Isla y administrará, la que es ya, la peor recesión económica en Estados Unidos desde 1929.

Barack Obama

Barack Obama

Desde sus albores, el gobierno revolucionario atrajo el interés de la Unión Soviética, el otro gran protagonista de la llamada Guerra Fría, que vio en la mayor de las Antillas la posibilidad de que fuera su aliado en América Latina. Nikita Krushov (1964-1972) entendió la importancia de tener una relación estratégica con Cuba y entonces advirtió que su país tomaría “represalias si Estados Unidos ataca militarmente a la Isla”. Por su parte, Leonid Brezhnev (1964-1982) consolidó la relación especial de la Unión Soviética con Cuba hasta su fragmentación, en 1991, cuando se interrumpió el flujo de ayuda financiera del Kremlin a La Habana y, simultáneamente, se trastocó la relación política La Habana-Washington-Moscú que prevaleció por 30 años.

Entretanto, los cubanos dejaban atrás el analfabetismo, el desempleo y el latifundio y expulsaban de su territorio todas las operaciones de la mafia estadunidense; es decir, se borraba la herencia de una economía tributaria que desde 1898 impuso la Enmienda Platt, cuando Estados Unidos, tras su guerra con España, argumentó que los cubanos eran incapaces de gobernarse a sí mismos. El mismo discurso que también inspiró a la Doctrina Monroe (atribuida a James Monroe) y que John Quincy Adams lanzó a los europeos con la frase: “América para los americanos”.

Desde el principio, el régimen revolucionario se planteó transformar el orden económico y social. Promulgó la Reforma Agraria en mayo de 1959 y nacionalizó las empresas de capital privado y la industria, además, redistribuyó el ingreso a través del aumento de salarios, como Ernesto Che Guevara recordó en uno de sus escritos y describió que el primer gremio que se favoreció de esa medida fue el de los mineros, por la precariedad y riesgo de su labor. Además, se redujeron las tarifas de los servicios públicos y la renta de las casas.

Esas medidas suscitaron el repudio del gobierno estadunidense que animó a la fuga de capitales y de cuadros académicos y técnicos, así como de los propietarios de las escasas empresas cubanas. En 1961, Estados Unidos decretó el bloqueo comercial sobre todos los bienes que Cuba importaba y exportaba, sin prever que esa medida también perjudicaría al comercio que históricamente mantenían con la Isla miles de empresarios de aquel país. Hasta entonces, ese flujo comercial beneficiaba a trabajadores portuarios, productores y comerciantes. Al cesar el intercambio, muchos de ellos cayeron en la ruina. Esos sectores son los mismos que, cuatro décadas después, piden el fin del bloqueo a sus congresistas.

Para los cubanos, el colapso de la Unión Soviética significó su peor crisis. No obstante, ese periodo especial trajo la autocrítica y redefinió las metas del país; se denunció el burocratismo y la extrema dependencia hacia el bloque socialista. Con la intención de mantener el socialismo como la vía de la Revolución, la dirigencia del país reviró su política de monoproducción azucarera, último reducto del colonialismo decimonónico, y en el último tramo apostó por crear pequeñas empresas privadas que atiendan las necesidades de producción de bienes que no provee el sistema estatal, y formó alianzas binacionales y regionales en turismo y energía.

Pese a esos avances y desafíos internos, la Revolución Cubana y sus dirigentes constituyen, para las administraciones estadunidenses, un tema de alta sensibilidad, que el investigador John Saxe Fernández describe de esta manera: “Cuba siempre ha sido un centro, un puntal, un nudo, una espina y una piedra en el zapato de Washington”. Para explicar esa figura, el académico apunta que, gracias al proceso revolucionario “desde la óptica y los intereses vitales de la mayoría de los cubanos, ese país sigue siendo suyo, es el lugar en que efectúa su autoidentificación y al que refiere su orgullo nacional”.

La relación con México

En contraste, la Revolución Cubana constituyó para el sistema político mexicano “una conmoción” que lo obligó a “negociar hacia Cuba una posición que le permitiera conservar una cierta independencia de Estados Unidos, que ya en 1960 se había declarado acérrimo enemigo de Fidel Castro, y evitar, al mismo tiempo, un conflicto serio con su poderoso vecino”, de acuerdo con Kathy Doyle, autora del estudio La Revolución Cubana: un dilema para México (del Centro de Recursos Hemisféricos, 12 de julio de 2004).

México estableció relaciones diplomáticas con Cuba el 20 de mayo de 1902, cuando Estados Unidos aún administraba la Isla. Al triunfo de la fase armada de la Revolución, Adolfo López Mateos decidió mantener su embajada en La Habana y, en opinión de Doyle, directora del Program of Mexico del National Security Archive, “de manera notoria, Cuba impulsó una revitalización de la izquierda mexicana que desde el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) no sucedía; y, aunque el gobernante Partido Revolucionario Institucional continuó utilizando la retórica de la Revolución después de la caída de Batista, sus dirigentes consideraron el resurgimiento de la izquierda como una seria amenaza hacia” su hegemonía.

La política de López Mateos hacia la Revolución Cubana se narra a partir de los documentos desclasificados que Doyle encontró en los archivos nacionales y en la biblioteca presidencial John F. Kennedy. La minuta de la reunión entre López Mateos y Lyndon B. Johnson, del 20 al 22 de febrero de 1964, revela: “México ha tomado medidas no públicas para restringir los viajes desde y hacia Cuba y ha cooperado con nosotros contra Castro en otras formas que no han tenido la atención pública. Sin embargo, por razones de política interna, el gobierno mexicano trata de evitar cualquier pronunciamiento público, en la Organización de los Estados Americanos o cualquier otro foro, sobre el tema de cualquier acción contra Cuba”.

Aunque Fidel Castro visitó México en seis ocasiones como jefe del Estado cubano, los altibajos de la relación México-Cuba han sido manifiestos. Así sucedió en agosto de 1981, cuando José López Portillo aceptó que Ronald Reagan condicionara la presencia del líder cubano en la cumbre Norte Sur de Cancún y a última hora dialogó con él en un encuentro privado que sostuvo en Cozumel.

Apenas dos meses antes, el 10 de junio, el diario español El País informaba que López Portillo “aceptó colaborar con Estados Unidos en el programa de ayuda económica a los países de la zona del Caribe”, tras reunirse en Washington con Ronald Reagan. Se trataba de una estrategia semejante al Plan Marshall, que destinaba 1 mil 500 millones de dólares a fomentar la agricultura, el turismo, comunicaciones y la pequeña industria en Centroamérica e islas del Caribe. Según el tabloide madrileño, el mandatario mexicano habría expresado: “Comprendemos que la paz es el desarrollo” y, a cambio, la Casa Blanca ofreció moderar sus controles sobre los “inmigrantes clandestinos” mexicanos.

El comienzo del desencuentro entre ambos gobiernos ocurrió en 2002, cuando Vicente Fox condicionó a Fidel Castro su estancia en la Cumbre de Monterrey. Meses después, el líder cubano divulgó la conversación telefónica que mantuvo con Fox, quien, presionado por George Bush, lo “invitó” a asistir a esa cita y luego le dijo: “Comes y te vas”. En 2006 sobrevino la expulsión de funcionarios cubanos del hotel María Isabel Sheraton que, para los senadores de todos los partidos, constituyó la aplicación extraterritorial de las leyes estadunidenses contra el mantenimiento de vínculos comerciales con Cuba, y violó los artículos 1, 14 y 16 de la Constitución, por lo que exigieron a Fox una reacción diplomática enérgica.

En el trasfondo de este caso estaba la vigencia en México de las directivas de la Oficina de Control de Activos en el Exterior, dependiente del Departamento del Tesoro y que administra las reglas y sanciones contra lo que denomina “entidades hostiles”, en función de los objetivos de política exterior y seguridad nacional de Estados Unidos.

Al respecto, Olga Pellicer, exembajadora alterna de México ante Naciones Unidas y exdirectora del Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos, explica a Contralínea el impacto de la Revolución Cubana en la política exterior del México:

“La política hacia el régimen revolucionario cubano tuvo varias etapas que coinciden con los sexenios mexicanos; los intereses que inspiran su política hacia la Revolución tienen tres objetivos: uno, mantener la coherencia con los principios de gran arraigo en la política exterior mexicana, como el de autodeterminación y no intervención; dos, un interés por encontrar cierta identificación entre los ideales cubanos y los de la Revolución Mexicana; y tres, el gobierno mexicano desea que el cubano no busque extender su ideología al interior de México.”

Entonces, México manifiesta su apoyo a Cuba en los foros internacionales y no rompe relaciones con la Isla, por lo que, en términos generales, esa política tuvo éxito y se basó en esos tres grandes objetivos. Para fines de la década de 1990, esa política cambió: Cuba se debilitó y ocupó un lugar de menor importancia en la política mexicana. Hubo tensión, cercana al rompimiento de relaciones, que duró hasta el fin de la gestión de Fox y que comenzó a virar con la llegada de Felipe Calderón a la Presidencia de la República.

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