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La carnicera filípica de Felipe Calderón en contra de los banqueros, a quienes acusó de ser los causantes de los problemas financieros de México, no constituye más que otra de sus estrambóticas ocurrencias, al estilo de Vicente Fox, para tratar de eludir, con patéticos resultados, las razones fundamentales de los problemas nacionales.

Las desmesuras de los intermediarios financieros son responsabilidad de los gobiernos neoliberales, como el de baby Bush o el de Calderón. De su tolerancia y complicidad ante los abusos de los depredadores financieros. Por su actitud cómplice, pasiva, indiferente, más allá de su retórica huera, ante el grave conflicto existente entre el interés público que representa la actividad bancaria y el privado de los dueños de los conglomerados financieros, que involucra a otras empresas de sus grupos: aseguradoras, arrendadoras o casas de bolsa, que manipulan con la misma voracidad. Felipe Calderón también es responsable de la crisis por la que atraviesa el país. En lugar de asumir la postura de un estadista –las peras del olmo– y aplicar una estrategia de Estado anticrisis, simplemente ha dejado que el país se hunda en la recesión, con inflación y desempleo.

Su equipo económico fue incapaz de advertirle de los síntomas de la depresión mundial que se avecinaba, en especial en Estados Unidos en 2007 y 2008. Tallado a golpes de hacha en los dogmas económicos de la escuela de Chicago, no vio sus nítidas manifestaciones. Al cabo, en el catecismo monetarista no existen las crisis ni el desempleo involuntario. Sólo los desequilibrios temporales que el dios “mercado” resuelve automáticamente si se le deja funcionar libremente, sin la sucia participación estatal, y el paro voluntario (la “tasa natural de desempleo”), porque los trabajadores lo asumen conscientemente (no aceptan la “flexibilidad” laboral, por ejemplo menores salarios), por su pésima información del mercado de trabajo o por desajustes fugaces del mercado que pronto desaparecerán. Ellos “planearon” como si no pasara nada. Sólo se preocuparon por controlar la inflación, con la astringencia monetaria y fiscal, aunque se sacrificara el crecimiento. Peor aún, una vez que recuperado de la sorpresa y la parálisis que les ocasionó el derrumbe internacional, gracias al “libre mercado” financiero neoliberal y la “creatividad” empresarial, tampoco hicieron nada, salvo ajustar las metas económicas a la baja. O para ser precisos, actuaron con la presteza digna de los que piloteaban la nave donde iba el hoy difunto Mouriño. No aplicaron ningún programa antirrecesivo para el último trimestre de 2008, seguramente porque estaban ocupados en diseñar la política económica para 2009, que supuestamente ésa sí lo será. Mientras acaba 2008, el equipo de Calderón se solaza con un manejo hacendario y monetario que garantizará que el derrumbe sea más estrepitoso. Agustín Carstens se distrae como un pirómano: arroja gasolina y gas al fuego de la inflación, con el alza de los energéticos y otros bienes y servicios públicos, recorta subsidios, retiene el presupuesto y vela por el balance fiscal cero. Guillermo Ortiz, aterrado por la diversión de Carstens, el descontrol inflacionario y la especulación financiera y cambiaria, utiliza el control monetario para mantener alto el costo del dinero, desalentar la inversión productiva y estimular la crisis de pagos, e inyectar liquidez para contrarrestar la iliquidez que él mismo favorece. Uno y otro nos aseguran un aterrizaje como el del Learjet donde viajaba el titular de Gobernación.

En un escenario incierto –de violenta especulación financiera (bursátil, cambiaria, monetaria, salidas de capital), sin gobierno, con un mercado mundial colapsado, con rudeza monetaria y fiscal, con una banca desregulada que busca ganar como sea en aguas turbulentas, con crisis de demanda y de pagos debido al desplome de los salarios reales, la expoliación oficial por la vía de impuestos y precios y la pérdida de empleos– es lógico suponer que existen problemas de insolvencia, en las ganancias, los ingresos y las ventas. Que los empresarios dejen de producir e invertir, que especulen con los precios y que arrojen a la calle a los trabajadores. Esa situación es de sentido común, no para Felipe Calderón, Agustín Carstens y Guillermo Ortiz que, como si fueran los “tres chiflados”, buscan a los responsables del cataclismo.

Como Ortiz, Calderón despotrica contra los banqueros y se queja de la crisis que ha arrasado con sus fantasmales promesas de crecimiento y bienestar, e invoca a tres personas: John M. Keynes –según (dicta) la moda actual, que también exhuma las críticas de Carlos Marx al capitalismo y cínicamente dice que, después de todo, tenía razón–. Pero Keynes le propondría la regulación de los mercados, la intervención estatal y una agresiva política monetaria, de gasto público y de ingresos para la población. Algo así como el new deal (“nuevo trato”) que Franklin D. Roosevelt impuso para enfrentar la gran depresión de la década de 1930, además de ponerle el dogal de la regulación a los bancos que provocaron la depresión y que después los neoconservadores de Estados Unidos, en la década de 1970, le quitaron, con las crisis recurrentes, debido al carrusel especulativo, cada vez más devastadoras como la actual. Mencionar al inglés fue otra excentricidad de Calderón, porque él es cruzado del “mercado libre”. Como el diablo ante la cruz, le huye a las políticas keynesianas como si fuera la peste. Su recto corazón sólo hace caso a Milton Friedman, a través de sus chicago boys, Agustín Carstens y Guillermo Ortiz. Sigmund Freud sólo le serviría para una dilatada terapia, porque tiempo ha que, como Fox, sufre una alteración de la realidad. El poder y los dioses lo han cegado.

Si tanto lo enfurece el “síndrome de carnicero” de los banqueros, ¿por qué no ha interrumpido su orgía especulativa de “mercado libre”? ¿Quiere crédito, inversión y crecimiento? No tiene que devanarse los sesos. Tiene que ordenar a Carstens que use el gasto público anticíclico y cambiar la ley orgánica del Banxico, para que el amigo de los especuladores, Guillermo Ortiz, se vea obligado a aplicar una política monetaria y cambiaria subordinada a las necesidades del crecimiento y del empleo, con una paridad alta, consistente con el equilibrio externo, y no se limite al control de la inflación con altos réditos, la sobrevaluación, las importaciones masivas que afectan a los productores locales y generan el déficit externo y la dependencia financiera. Ello mejoraría el crédito, elevaría la inversión productiva y no la financiera y mejoraría las expectativas económicas.

Pero ello es insuficiente. ¿Por qué no cambia las leyes para acabar con la liberalización financiera y restaurar la banca regulada? ¿Por qué no promueve leyes y organismos con “dientes” que protejan a los usuarios de la banca ante los abusos de los banqueros? Los legisladores priistas, panistas, perredistas y demás –que entregaron al sector energético a otros depredadores y que también se desgarran las vestiduras ante los excesos bancarios– aprobarían sus iniciativas. Hasta los supremos de la Corte reconsiderarían el anatocismo (intereses sobre intereses). Los cajones selectivos de crédito, los encajes legales, la baja por decreto de los márgenes financieros (diferencia entre las tasas pagadas a los ahorradores y los demandantes de préstamos), la homologación del costo de los servicios bancarios internos a los externos, el fin de los oligopolios bancarios, la limitación de las inversiones financieras de la banca, las fuertes sanciones a los dueños que cometan tropelías usureras, la separación de las operaciones bancarias y extrabancarias; el control de las transferencias de las ganancias a las matrices de la banca trasnacional ubicada en México, la creación de auténticas entes reguladoras y no complacientes o la reconstrucción de la banca de desarrollo, entre otras medidas, mejorarían el financiamiento de la economía. Felipe Calderón no tiene que inventar nada.

Mientras la banca mexicana estuvo regulada funcionó mejor. La “moral” y “probidad” de los banqueros son tan dignas como la de cualquier delincuente. En 1931, el famoso Al Capone dijo lo siguiente: los banqueros “se encuentran entre los ciudadanos más destacados de Florida. Y yo debería conocerlos bien… ¡Son tan corruptos como los políticos corruptos! Los he alimentado y vestido durante mucho tiempo. Hasta que he entrado en este ambiente no he sabido cuántos bribones de esta clase existen, gente que viste ropa cara y habla con afectada entonación” (L. Coen y L. Sisiti, Marcinkus, “el banquero de Dios”, editorial Grijalbo, Barcelona, 1991). La crisis financiera mundial actual le da la razón a Capone. En México ya tenemos pruebas de su ética y patriotismo. Los negocios son los negocios. La oligarquía financiera fue corresponsable de las crisis de 1976-1977 y 1981-1982. La nacionalización bancaria, en 1982, acabó con sus voraces apetitos y sus ímpetus desestabilizadores y golpistas. Fue una grave afrenta para la oligarquía mexicana que limpió Carlos Salinas, al regresarles la banca y otros intermediarios, liberarles de las regulaciones y tolerar sus tropelías que llevaron a la destrucción del sector en 1994-1995, y cuyo rescate nos ha costado alrededor de 1 billón de pesos. ¿Acaso Ernesto Zedillo, cuando entregó a la banca y los grupos financieros a los usureros extranjeros, pensó que ellos eran diferentes, probos, intachables empresarios? Los banqueros hacen lo que las leyes del “mercado” y el marco jurídico les permiten: especular, esquilmar a la población, a los deudores y a quienes se ven obligados a utilizar involuntariamente sus servicios, prestar a quien quieren al precio que deseen, manejar la industria como un casino. Y también lo que no se les permite. Ellos imponen sus reglas ante los complacientes gobiernos. ¿Qué le lleva a Calderón pensar que la banca actúe bajo el interés nacional de la banca? Eso es demagogia.

Dícese que Solón, a quien la Atenas clásica reverenciaba como el fundador de la democracia, a su regreso de Egipto, encontró a los pobres literalmente convertidos en esclavos de los ricos a causa de sus deudas. Debido a ellas, los prestamistas imponían la servidumbre a los deudores y sus familias que no podían pagarles. Para restaurar la estabilidad social y establecer un mínimo de justicia social, Solón perdonó las deudas existentes y prohibió la servidumbre por deuda. Felipe Calderón se queja amargamente de los nuevos usureros.

¿Qué ha hecho Calderón para controlar los abusos de la banca, proteger a los usuarios del dinero y recuperar a los intermediarios para los imperativos del desarrollo? Sus prácticas no son nuevas, son la norma. No tiene que perdonar deudas, sino acabar con la nueva servidumbre de la sociedad ante los banqueros. Lo puede hacer con la recuperación de las regulaciones y el imperio de las leyes. No se le pide que sea un émulo de Solón o de Pericles; su talla no da para ello, apenas para la de un “filósofo rey” platónico, con sus soterradas ambiciones despóticas. Como el de Fox, el gobierno de Felipe Calderón es un gobierno de y para los empresarios. Su molestia es aparente, una broma. En la siguiente entrega analizaré cómo funciona la banca en México.

 

Revista Contralínea / 116 / 2a quincena diciembre de 2008 / México

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